Crisis y división del Imperio carolingio: causas, Tratado de Verdún y organización militar

Crisis del Imperio carolingio

El proyecto sucesorio del año 806, aunque se atenía al habitual reparto del patrimonio real y preveía la existencia de tres reinos, daba mucha más importancia a uno de ellos. Sin embargo, la muerte de los demás hijos evitó la partición y en 813 Luis fue coronado como único sucesor del Imperio y de los reinos.

No obstante, el Imperio ya no sería el mismo: estaba azotado por los ataques de los normandos y por sus propias debilidades internas. Así podemos afirmar que entre la muerte de Carlomagno en 814 y el Tratado de Verdún en 843 se asistió a la ruina del Imperio carolingio.

Causas internas y externas

La degradación del poder imperial durante el gobierno de Luis el Piadoso (814-840) no estuvo causada solo por la persona del emperador, que aunque disponía de la preparación necesaria carecía de la capacidad de gobernante y guerrero de su padre. El Imperio no contaba con la cohesión necesaria y él no supo lograrla.

Por una parte, el Estado estaba integrado por una variedad de grupos étnicos y culturales, y los intereses de la nobleza perjudicaban al poder central; por otra, sufría ataques del exterior protagonizados por húngaros, escandinavos y sarracenos. Sus consejeros, Benito de Aniano y Agobardo de Lyon, trataron de mantener la unidad del Imperio a través del reconocimiento de tradiciones políticas y sociales de las regiones del Imperio y mediante la Iglesia como único elemento capaz de conseguir dicha unidad. Así, la Iglesia ejerció una decisiva influencia en la formación de la Europa occidental.

El reinado de Luis el Piadoso y la crisis sucesoria

El reinado comenzó con buenos propósitos: completó la reforma eclesiástica y Luis tomó diversas disposiciones para mejorar la administración, rodeado de un buen equipo de consejeros. En 817, mediante la Ordinatio Imperii, se determinaron los criterios sucesorios, respetando la unidad imperial en manos de su primogénito Lotario y asignándole el dominio efectivo. Los otros hijos recibirían el título de reyes y el gobierno de territorios secundarios: Pipino en Aquitania y Luis en Baviera.

Pero la situación comenzó a complicarse y la Iglesia veía amenazada su autoridad moral. Además, en 823 nació Carlos (el futuro Carlos el Calvo), hijo de su segundo matrimonio con Judith de Baviera, a quien el Emperador quiso dotar con algunos territorios en el corazón del Imperio, lo que provocó la sublevación de sus dos hijos. Durante diez años la anarquía se apoderó del Imperio. En el año 840 murió humillado por sus hijos.

El Tratado de Verdún y la partición del Imperio

En 842 Carlos el Calvo y Luis el Germánico (Pipino había muerto en 838) juraron en Estrasburgo permanecer unidos hasta imponer la paz a su hermano mayor Lotario, heredero del imperio, creando una alianza defensiva. Al año siguiente, 843, los tres hermanos llegaron a un acuerdo mediante la firma del Tratado de Verdún, por el cual el imperio se dividió en tres partes:

  1. Lotario, con el título imperial, conservaba el norte de Italia y una franja de territorio, la Lotaringia, entre el mar del Norte y el Mediterráneo, de Frisia a la Campania. Este territorio incluía, entre otras, las ciudades de Aquisgrán, Estrasburgo, Lyon, Marsella y Milán, quedando como enclave independiente los Estados Pontificios.
  2. Carlos el Calvo recibió el territorio de Francia Occidental, extendido entre el Escalda y Bretaña, con el noroeste de Borgoña, Aquitania, Gascuña, Septimania y los núcleos de Navarra y la Marca Hispánica, con ciudades como París, Burdeos, Tolosa y Barcelona.
  3. Luis el Germánico se quedó con la Francia Oriental, que comprendía Sajonia, Turingia, Franconia, Alamania, Baviera, Carintia e Istria, con cierta autoridad sobre las tierras fronterizas de Croacia, las marcas Panónica y del Este, Bohemia y Moravia, incluyendo ciudades como Salzburgo, Colonia y Magdeburgo.

El título imperial mantenido por Lotario era puramente simbólico y no fue suficiente para mantener la paz. Su calificativo de “romano” fue sustituido por el de “cristiano”, muestra inequívoca del papel que la Iglesia iba desempeñando como expresión de la unidad espiritual de los pueblos de la Europa cristiana, por encima de cualquier vicisitud del orden político.

A la muerte de Lotario en 855, sus dominios se repartieron entre sus tres hijos, y los límites quedaron fijados en el Tratado de Meersen (870). Esta división marcó la creación de lo que con el tiempo serían Alemania y Francia.

Con la muerte de Carlos III el Gordo, hijo menor de Luis el Germánico, en 888, el Imperio se disgregó en varios reinos, quedando el poder político en manos de los señores locales que se apropiaron de los derechos del rey (regalías) y reclutaban tropas para protegerse de sus vecinos o para atacarles y apoderarse de sus bienes, engrandeciendo su patrimonio. Se inició así una etapa de inseguridad y anarquía a la que intentó poner freno la jerarquización feudal.

Organización del Imperio

El ejército

El ejército: en teoría estaba formado por todos los hombres libres (excepto el clero) que quedaban vinculados a Carlomagno a través del placitum anual o juramento de fidelidad. Serían finalmente los aristócratas quienes financiasen los ejércitos. Carlomagno amplió la caballería y creó la retaguardia, que llevaba alimentos, ropa, forrajes y herreros (encargados de las armas), aligerando así las cargas de los soldados.

No era permanente, sino que en tiempos de guerra se hacían llamadas al servicio militar. Se componía de todos los hombres dueños de una propiedad territorial. Los más poderosos, además de estar obligados a servir personalmente, debían equipar a un soldado por cada tres hectáreas de tierra en posesión.

Carlomagno se preocupó por introducir reformas dentro del ejército. En tiempos de calma solo existía la compañía de guardia (escolta personal del rey) y algunos grupos de soldados, con bases en las marcas o en los países enemigos. Una vez planificada la incursión en otros territorios, se redactaba un acta capitular que se transmitía a condes, obispos y abadías; en este documento se explicaba el lugar y la fecha del combate y se señalaba el número de hombres previstos.

Para garantizar un pronto y adecuado reclutamiento dictó leyes sancionadoras en caso de no presentarse o en caso de demora en la inscripción. La deserción se sancionaba con la pena de muerte y la confiscación de todos los bienes.

Dentro de los campamentos, Carlomagno también organizó la vida militar: reguló desde la obligatoriedad de la siesta hasta las sanciones por desobediencias más graves. Era meticuloso hasta el punto de que, antes de empezar una campaña, estudiaba los cursos de agua, el camino a seguir, los mejores pasos, los lugares de resguardo, las epidemias de la zona… todo lo que pudiera influir en el desarrollo de la contienda.

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