EL IMPERIO CAROLINGIO. DESARROLLO, ESPLENDOR Y CRISIS
I.- DE LOS MEROVINGIOS A LOS CAROLINGIOS
Los hijos de Clodoveo continuaron la política expansiva de su padre. Se apoderaron del reino de los Burgundios. Consiguieron someter a los Alamanes y a los Turingios. En estos casos no se trató de una anexión, sino que estos pueblos formaron Ducados que, gobernados por Francos o indígenas, permanecieron autónomos, pero siempre bajo protectorado franco. En el momento en que alguno de los reyes fallecía, el resto de los hermanos se enfrentaba con sus sobrinos con el objetivo de arrebatarles sus herencias. El esquema de reparto se repitió una y otra vez a lo largo de los siglos VI y VII.
Como resultado de las repetidas divisiones, los rasgos propios que desde el principio habían caracterizado a las distintas partes del reino se hicieron más profundos. La presencia de fuertes poderes locales, cuyas bases se ubicaban sobre todo en importantes centros urbanos, como Soissons, Reims, París u Orleans, favoreció la consolidación, alrededor de los soberanos y de algunas familias aristocráticas, de redes de fieles, prestos a servir en sus ejércitos en caso de conflicto.
El inestable equilibrio existente entre los diversos reinos francos entró en crisis en la segunda mitad del siglo VI, tras la muerte de Clotario I. Tras su fallecimiento, el reino se dividió de nuevo en dos: Neustria, al Oeste, con capital en Soissons, y Austrasia, con capital en Reims, en manos, respectivamente, de sus hijos Chilperico I y Sigiberto I. Protagonista principal en este conflicto fue una mujer, Brunequilda, princesa visigoda casada con Sigeberto. A la muerte de su marido asumió el mando del reino y durante algunos decenios desempeñó un papel decisivo en la lucha intestina que desgarraba a los merovingios.
El hijo de Chilperico I, Clotario II, reunió los tres reinos regionales (Austrasia, Neustria y Borgoña) bajo su autoridad, permaneciendo unidos hasta la muerte de su sucesor, Dagoberto I (639), momento en que volvieron a reanudarse las luchas.
Clotario II fue quien dio nuevo impulso a la figura del mayordomo o maestro de palacio. Comenzó a designar a los tres principales funcionarios regios puestos al mando de los tres reinos. Fue en este contexto que descollaron dos importantes exponentes de la aristocracia austrasiana, cuyo apoyo había sido decisivo en la victoria de Clotario II: Arnolfo y Pipino el Viejo. El primero aparece en 614 como obispo de Metz y preceptor de Dagoberto; el segundo como maior domus de Austrasia. Por lo tanto, dos personajes entre los más influyentes de la aristocracia franca. El matrimonio entre la hija de Pipino y el hijo de Arnolfo permitió unificar los intereses de las dos familias, que iniciaron su irresistible ascenso, dando origen al linaje denominado por los historiadores como “Arnulfingos”, “Pipínidas” o “Carolingios”, en función del personaje escogido como principal.
Decisivo fue el papel adoptado a principios del siglo VIII por Carlos Martel. Este mayordomo, en 732, condujo al ejército franco a la victoria en la batalla de Poitiers, contra una expedición militar islámica, lo que le valió un prestigio y una fama casi míticos. Aunque sin duda este episodio ha sido enfatizado hasta la exageración en épocas sucesivas dentro de un plan más general de legitimación de los carolingios, lo que no se puede negar es que el episodio marcó un hito en las relaciones entre la familia de los mayordomos de palacio y la de los reyes, los merovingios. Fue el preludio de la dramática deposición de Childerico III, a manos del hijo de Carlos Martel, Pipino el Breve, ocurrida en 751. El último rey merovingio fue enclaustrado en la abadía de Saint-Bertin, tras cortarle los largos cabellos, que en la cultura tradicional franca eran el símbolo de la fuerza y, por lo tanto, también de la realeza.
Para legitimar lo que podía ser considerado claramente como una usurpación, y reivindicar el derecho de su propio linaje a guiar al pueblo de los Francos, Pipino, sirviéndose del modelo bíblico del rey David, se hizo consagrar rey con óleo santo por Bonifacio, un monje sajón que ya con Carlos Martel había desempeñado un papel fundamental al crear un fuerte nexo entre los Francos y la Iglesia de Roma. Esta ceremonia –la unción regia, que ya había sido practicada por los visigodos del Reino de Toledo–, fue repetida en una solemne ceremonia por el papa Esteban, quien viajó a la Galia para ello. Nombró Patricio Romano a Pipino, acción con la cual el Papa reconocía y legalizaba la elección de Pipino III como rey de los Francos.
El emperador Constantino había donado la totalidad de la Península Italiana al Papado (Silvestre). Pipino aceptó como verdadero el documento, entregando al Papa 22 ciudades situadas en la Italia Central, creándose los Estados Pontificios.
Las relaciones con la Iglesia franca revisten bastante complejidad, especialmente por lo que se refiere al problema de la propiedad de la tierra. El poder de los reyes carolingios residía en la clientela de fieles que les apoyaban. Para conseguirla y mantenerla, concedieron tierras o las rentas que producían. Para contentarla, apoyaron la expansión del cristianismo por todos los territorios que anexionaban y apoyaron una reforma eclesiástica, promoviendo la convocatoria de concilios que vigilaban la disciplina eclesiástica. Para acabar el tema de las tierras confiscadas, Pipino (743-744) ideó un sistema que parecía satisfacer a todos. Así, se convino que esos bienes seguirían siendo disfrutados por las personas a quienes les habían sido concedidos, aunque estos debían reconocer la propiedad eminente de la Iglesia mediante el pago de un Censo, el Precaria Verbo Regis. Con estas medidas controló completamente a la aristocracia laica y a la Iglesia.
II.- CARLOMAGNO (768 – 814)
Pipino III también repartió el reino entre sus hijos Carlos (Neustria) y Carlomán (Austrasia), pero la repentina muerte de Carlomán, en 771 cuando sólo contaba 20 años de edad, llevó a Carlos a reunir todo el reino bajo su autoridad. Carlos continuó la misma política expansiva que su padre, extendiendo el reino en todas direcciones:
- En la Galia se anexionó Aquitania, pero con el objetivo de preservar el particularismo local.
- En Hispania, aprovechó los problemas surgidos en el Emirato Cordobés y en el reino de Asturias para intentar expandir sus fronteras hasta el Valle del Ebro, no consiguiéndolo, al ser derrotado su ejército en Roncesvalles (778) por los Vascos. Consigue conquistar el territorio que se expande desde la vertiente Sur de los Pirineos hasta Barcelona, creando la Marca Hispánica.
- En la Germania se anexionó todos aquellos pueblos que aún permanecían independientes, se anexionó Frisia e inició la larga y sangrienta conquista de Sajonia. Creó varias marcas fronterizas frente a Ávaros, Eslavos y Escandinavos.
- En Italia, los Lombardos intentaron vengar las derrotas que les había infligido Pipino III. Así, en 773 el rey lombardo Desiderio marchó sobre Roma. Carlomagno acudió a socorrer a la ciudad, derrotando y deponiendo a Desiderio, proclamándose a continuación rey de los Lombardos. A pesar de ello, aún habría resistencias y enfrentamientos provocados por los Duques Lombardos que habían permanecido en sus tierras. La intervención de Carlomagno provocó la división de Italia en tres zonas:
- El Norte, llamado Reino de Italia, autónomo y del cual nombró a su segundo hijo, Pipino, como rey.
- El Centro, ocupado por los Estados Pontificios, donde Carlomagno interviene abiertamente.
- El Sur, en poder de los Duques Lombardos de Spoletto y Benevento, que permanecieron en sus tierras a cambio de un juramento de fidelidad.
Aparecieron dos movimientos ideológicos; uno, alrededor de Carlomagno, y otro alrededor del Papado, ambos intentaban llevar al rey de los Francos y de los Lombardos a ser la cabeza del “Imperio Cristiano”. El proyecto de coronar emperador a Carlomagno tomó forma rápidamente, cuando en Bizancio, la emperatriz Irene (752-803) se hizo con el trono al incapacitar a su hijo Constantino para el ejercicio del poder. Este acontecimiento evidenciaba una crisis en la cúpula del poder en Bizancio. Por otro lado, en el 799 el Papa León III fue encarcelado por los nobles romanos, y tuvo que pedir el auxilio de Carlomagno. Ante este panorama, de los tres poderes (Imperio, Papado y Realeza) tan solo este último se mostraba como el más sólido, y por tanto era a este al que le correspondía restaurar al Papado y asumir el Imperio.
En la Navidad del año 800 en Roma se celebró la ceremonia de coronación como emperador de Carlomagno. El Papa impuso la corona imperial a Carlomagno, y después, la muchedumbre de los Francos en armas aclamó al nuevo emperador. Finalmente, el Papa se arrodilló ante el nuevo emperador. Pero según cuenta Eginardo, el biógrafo del rey, Carlomagno salió furioso de aquella ceremonia, pues el Papa había invertido astutamente el rito habitual. Efectivamente, en Bizancio, las aclamaciones de la multitud y del ejército precedían a la coronación por parte del Patriarca, lo que equivalía a decir que el poder imperial procedía del pueblo y del ejército. León III, al coronar en primer lugar a Carlos, estaba asentando la idea de que todo el poder viene de Dios mediante su intermediario. La concepción laica que Carlomagno tenía del Imperio no pudo imponerse, y la independencia del emperador quedaba así fuertemente hipotecada. Esta querella es capital para la comprensión de todo el ideal político de la Edad Media. Allí empezaron las difíciles relaciones entre el Imperio y el Papado. Por ello, Carlomagno ignoró el título e intentó conseguir la legitimidad casándose con Irene, siendo rechazado, no descansando hasta que en el año 812 fue reconocido como emperador por Miguel I, emperador de Bizancio, a cambio de Venecia, Istria y Dalmacia. Tanto Carlomagno como sus sucesores no entendieron la teoría de la Renovatio Imperii, imponiéndose el concepto patrimonial del poder, como lo demuestran las reparticiones del reino que todos realizan a su muerte.
III.- EL HUNDIMIENTO DEL IMPERIO. LUÍS “EL PIADOSO” (778 – 840) Y SUS SUCESORES.
El periodo que va de la muerte de Carlomagno (814) al Tratado de Verdún (843) muestra la división del Imperio y demuestra cuán frágil era la unidad lograda.
La labor de Carlomagno ha sido frecuentemente sobrevalorada por la historiografía, que se ha fijado solamente en lo espectacular de ciertos acontecimientos y que ha subestimado, y en ocasiones olvidado, las transformaciones que sus antecesores venían operando. Por pesada que sea esa tradición histórica, difícilmente se le puede asignar a Carlomagno otro calificativo que el de un «excelente continuador» de la obra emprendida por Carlos Martel y Pipino el Breve; continuador incluso de aquello que se viene considerando como negativo, ya que, a pesar del aparente esplendor del Imperio, Carlomagno legó una estructura cargada de gravísimas contradicciones que se manifestarán cada vez con mayor nitidez en el reinado de sus sucesores. Por debajo de las intrigas palaciegas, de las sublevaciones protagonizadas por los hijos de Luís el Piadoso y de las luchas fratricidas, son estas contradicciones las responsables de un desmoronamiento fulgurante de la estructura levantada por Pipino y Carlomagno.
La degradación del poder imperial en tiempos de Luís el Piadoso (814-840) se explica, sobre todo, porque el Estado no contaba con la cohesión necesaria. La presencia de un mosaico de grupos étnicos y culturales diferentes (Aquitania, la Marca Hispánica, la Septimania, Sajonia, el conglomerado de Italia, etc.); los intereses de la nobleza que apuntan al debilitamiento del poder central; las fuerzas centrífugas separatistas de cada señor local; la cada vez mayor diferencia social entre los potentes y los pauperes, que lleva al sometimiento del campesino pero también a ejercer una resistencia al poder; los ataques del exterior (escandinavos, húngaros, sarracenos), etcétera, son algunos de los factores que explican la ruina del Imperio. A ello habrá que añadir, eso sí, que el sucesor de Carlomagno no era la persona capaz de solucionar el problema.
De temperamento mucho más débil e influenciable que el de su padre, Luís el Piadoso era un hombre muy culto y de una intensa preocupación religiosa, pero sin la capacidad de gobernante y guerrero que había tenido Carlomagno. Sus consejeros fueron acérrimos partidarios de la idea unitaria del Imperio por encima de los síntomas de descomposición que estaban emergiendo. El emperador era consciente de que el objetivo de un Imperio unido y fuerte solo podía cumplirse combinando dos elementos:
- El reconocimiento de la variedad de tradiciones políticas y sociales de las regiones del Imperio.
- El fortalecimiento de la Iglesia como único elemento capaz de conseguir, por vía religiosa y, en general, cultural, la unidad del Imperio.
Ello explicaría los espectaculares progresos de la Iglesia franca, que llegó a constituir una Iglesia de Estado y ejerció una decisiva influencia en la formación de la civilización de la Europa occidental.
La opción de salvaguardar la unidad fue la que se impuso en la Ordinatio Imperii de 817, que determina los criterios sucesorios con pleno respeto a las nociones de unidad imperial y de efectivo predominio político de su titular, el primogénito Lotario, que comenzó a actuar como asociado a su padre, en Italia. Los otros hijos recibirían título de reyes y gobierno en territorios periféricos: Aquitania sería para Pipino y Baviera, para Luís.
La situación se agravó cuando Luís el Piadoso tuvo un nuevo hijo de su segunda mujer, Judit, el futuro Carlos el Calvo, a quien el emperador quiso dotar con algunos territorios en pleno corazón del Imperio, lo que motivó que en el 829, Lotario, Luís y Pipino se lanzaran a la rebelión abierta contra su padre. Durante diez años la anarquía se apoderó del territorio franco.
En el 839, moría Pipino de Aquitania. Frente a su sucesor (Bernardo), Judit logró del emperador que el territorio meridional fuese entregado a su hijo Carlos el Calvo. Bernardo se rebeló en Italia, muriendo en la brutal represalia llevada a cabo por el emperador. La situación amenazaba en degenerar en una nueva guerra civil abierta, cuando, en el 840, se produjo la muerte de Luís el Piadoso. En tal situación, Lotario invocó frente a sus hermanos, Carlos y Luís, la Ordinatio Imperii, es decir, el mantenimiento de la unidad imperial que le había de otorgar no solo una superioridad moral, por heredar la corona, sino también territorial, ya que reduciría a estos a la simple posesión de algunas marcas fronterizas.
Carlos el Calvo y Luís el Germánico unieron sus fuerzas contra su hermano mayor. Tras una serie de batallas y de conversaciones de paz, Lotario se vio obligado a ceder en el acuerdo de Verdún (843). El territorio del Imperio fue dividido en tres partes prácticamente iguales en extensión. Lotario conservó el título imperial y una franja territorial, la Lotaringia, desde el mar del Norte al centro de Italia, en la que se encontraban las dos capitales, Roma y Aquisgrán. Carlos el Calvo recibía la Francia Occidentalis al oeste del Mosa, Saona y Ródano; Luís el Germánico, la Francia Orientalis al este del Rin y de los Alpes.
IV.- ORGANISMOS DE GOBIERNO E INSTRUMENTOS DE PODER
A finales del siglo VIII, cuando concluye la expansión territorial del Estado carolingio, su tamaño es inmenso en relación con los medios administrativos disponibles, no muy distintos de los que existían en los siglos V y VI. Los carolingios, en general, fueron hombres del Norte, que tendieron a centrar su poder en las tierras situadas entre el Rin, el Mosa y el Mosela, origen de su linaje y residencia de la aristocracia que les era fiel. Desde esas tierras septentrionales transmitían sus órdenes con mayor facilidad a las regiones germanas, a Borgoña y a la Galia del Norte, hasta el Loira. No obstante, era necesario organizar el Imperio a partir de una administración sólida, centralizada, en todos los territorios. El problema era saber en qué medida los súbditos iban a respetar la autoridad del monarca. La organización del Imperio fue más germánica que romana; apenas se introdujeron novedades en relación con la época merovingio-visigótica. Si el nombre del Imperio es el de «romano» y su dinámica es cristiana, los mecanismos administrativos siguen siendo eminentemente germánicos, de ahí su debilidad. No obstante, los eclesiásticos de palacio supieron revestirla de una conceptualización de tradición romana llamada a perdurar en los siglos siguientes: «entre el emperador, que tiene su poder por Dios, y el pueblo cristiano al que ha de mantener en la paz y guiarlo hacia la salvación», hay obligaciones recíprocas que unen a uno y otro en el servicio de la común utilidad y salvación de todos. Por este medio, la noción de bien común, la idea romana de respublica, podía renacer: el término reaparece bajo Luis el Piadoso, acompañada del adjetivo christiana. El poder de Carlomagno deriva de dos elementos germánicos:
- El ban militar, es decir, la dirección política y diplomática.
- El munt judicial supremo.
Ambos poderes debían contar con el apoyo de una Hacienda, del ejercicio de ciertos derechos económicos, como la moneda, el control de mercados y ferias, y por el poder para intervenir en la vida económica para provecho de la comunidad.
a) La Administración Central: El Palatium
El centro teórico de las instituciones por las que se administra el Estado era una reducida corte, el palatium, que perfecciona y amplía los cargos y órganos consultivos y administrativos de que ya disponía la monarquía merovingia. Al no tener una capital fija, el palatium acompañaba al emperador en sus desplazamientos hasta que hacia 795 tendió a residir permanentemente en Aquisgrán.
Dentro de él destaca como personaje más cualificado el archicapellán, encargado de los asuntos eclesiásticos del reino y de la dirección de la Escuela Palatina. Bajo su autoridad, se situaba un grupo de hombres instruidos útiles para diversas actividades administrativas, algunos de los cuales, junto con otros palaciegos, formaban el consejo habitual del rey. Por su parte, la chancillería, que podía confundir sus funciones con las de la capilla, era la encargada de la redacción de las cartas del rey, de las disposiciones legales, de la guardia del sello, etc. La desaparición del mayordomo dio mayor importancia al comes palatii, que actuaba como supervisor de todos los demás comites, entre ellos el comes stabuli (condestable), puesto al frente de la caballería.
b) La Administración Territorial
La administración territorial se hizo homogénea, aunque hubo cierto respeto a la autonomía, en cuestiones de Derecho privado, de Baviera, Lombardía o Aquitania. La pieza clave de la administración territorial son los condes (comes). Al compás de la gran expansión carolingia el número de condados fue creciendo hasta alcanzar la cifra de más de doscientos. Disponían, a su escala, de las mismas facultades que el emperador, quien reclutaba a los condes entre la aristocracia de la zona a gobernar. Es decir, el conde hacía cumplir las disposiciones reales en lo referente a administración, presidía el mallus judicial, ordenaba el gasto público, reclutaba y mandaba los contingentes militares, etc.
Los condes solían ser elegidos y revocados a voluntad del emperador de entre las personas de su confianza, y les sucedían en el cargo otros miembros de la aristocracia con los que a menudo estaban emparentados. Con el tiempo, sin embargo, la feudalización de las funciones públicas provoca que los nombramientos se hagan en el seno de las grandes familias y que, a la larga, el cargo sea objeto de una clara patrimonialización. Aunque no sean retribuidos directamente, muchas veces los condes suelen recibir del emperador como pago de su gestión una tierra en beneficio, las rentas o usufructo de una parte de los dominios fiscales que la monarquía tenía en el condado, algún monasterio para que lo administren como abades laicos, o el tercio de las multas que el rey había de percibir. Ahora bien, al permanecer largo tiempo en el cargo, era frecuente que adquiriesen grandes propiedades en el condado, o concertasen alianzas matrimoniales con otros aristócratas terratenientes del mismo. En conclusión, el conde reunía en sus manos poder social y económico, derivado de sus bienes privados, y poder político, como consecuencia de representar la jurisdicción regia delegada. Mientras la realeza fue fuerte hubo un respeto al principio de Estado y no fue posible que los condes crearan linajes; sí aparecerán cuando la monarquía carolingia entre en crisis, lo que, sumado al desarrollo de las instituciones vasalláticas, dará lugar al régimen feudal.
Por otro lado, mayor entidad van adquiriendo otras circunscripciones administrativas situadas en las zonas fronterizas o recientemente sometidas: las marcas. Desde el punto de vista territorial abarcan una extensión de varios condados, puestos bajo la autoridad de un marchio o marqués dotado de una gran autonomía. El número de marcas varió según las circunstancias: Marca de Bretaña, Marcas Septimana y Tolosana, Marca del Elba, Marca de Friul, etc.
El poder y acción administrativos de los condes resultó muy superior al de los órganos de gobierno centrales. El desequilibrio entre los términos central y territorial de la administración no podía compensarse. Desde 779 y, sobre todo, desde 800, se generalizó un sistema de inspección periódica encomendado a los missi dominici, que habían actuado esporádicamente bajo los merovingios. Enviados por parejas por todo el Imperio, sus poderes eran amplísimos: difusión de las capitulares, recepción de denuncias hechas por particulares, ayuda a las personas necesitadas, investigación sobre posibles irregularidades en la administración, imposición de sanciones a los funcionarios culpables, investigación sobre el comportamiento de los religiosos y la aplicación de los cánones, etc.; pero carecían de facultades ejecutivas. Estos visitadores comenzaron siendo miembros del palacio, pero pronto se ocuparon de la tarea los condes y los obispos.
c) Las Asambleas Políticas
Con Carlomagno, las asambleas políticas o placitum se convirtieron en auténticas instituciones del gobierno central. Se convocaban una o dos veces al año. Las celebradas en otoño tenían un sentido restringido; a ellas solo asistían los principales consejeros. Las de mayo incluían (placitum generale) a todos los hombres libres. Con Carlomagno tenían un carácter consultivo; a su muerte, las asambleas se acabaron imponiendo al monarca y las disposiciones por ellas emanadas serán el resultado del acuerdo entre el rey y los magnates, o de estos solos.
d) La Justicia
El emperador tiende a ejercer la justicia de forma directa o por mediación de sus agentes. En la cúspide del aparato judicial figura el tribunal imperial, en donde la autoridad del soberano se ejerce a través del Comes palatii. Por su parte, los tribunales normales siguen respondiendo al viejo modelo: el mallum, cuya jurisdicción abarca el territorio de un condado. La presidencia la ejercía el conde o un vicario por él designado, a quien auxiliaban unos asesores profesionales, los scabini.
Mientras se debilitaban como forma de prueba el testimonio y el juramento, se fueron difundiendo las ordalías, de origen franco. Pero estas debieron suponer el último recurso aplicado a ciertos casos extremos para evitar las venganzas privadas. En estas ocasiones, era preferible el duelo o el recurso de la ordalía, una especie de «juicio de Dios». Se suponía que el que salía airoso de pruebas como la del hierro candente, el agua hirviendo o helada contaba con Dios como garante de su inocencia.
e) La Hacienda Carolingia y la Inmunidad
Los mecanismos de la hacienda carolingia perdieron los escasos elementos romanos que habían subsistido bajo los merovingios. La principal fuente de ingresos de los monarcas procedía de las rentas de sus dominios. El ascenso de los carolingios al poder se debió, entre otras razones, a ser uno de los principales propietarios del Estado franco. Carlomagno trató de asegurarse la percepción de ingresos, lo que dio origen a la elaboración de registros de las posesiones imperiales del tipo recogido en la Capitular De villis, preocupación que no tuvieron sus sucesores.
Subsisten algunos impuestos directos, pero de forma nominal. En el siglo VIII, la contribución territorial se puede dar por desaparecida. Las cantidades que los missi dominici recaudaban eran un tanto irregulares, sin responder nunca a un criterio fijo. En último término, la extensión del principio de inmunidad a las tierras de numerosos señores transformaba a estos en perceptores de unos posibles impuestos directos que, desde ese momento, se convertían en rentas privadas.
La inmunidad comportaba la concesión formal por parte del soberano a determinados propietarios, especialmente eclesiásticos, obispos y abades, de una prerrogativa que convertía a su propiedad en “inmune” al ejercicio del poder regio por parte de los funcionarios públicos; de esta manera se creaban dentro de las diferentes circunscripciones territoriales, “islotes” en los que el conde o marqués no podían recaudar tasas, ni reclutar hombres para el ejército, ni tan siquiera administrar justicia. Si la inmunidad comportaba, por un lado, una grave limitación del poder de los funcionarios territoriales, por otro, determinaba una plena inserción de las altas jerarquías eclesiásticas en el armazón político-administrativo del reino. Efectivamente, tanto obispos como abades debían ejercer en sus propiedades las prerrogativas públicas negadas a los funcionarios, acatando, teóricamente, la autoridad regia. La instauración del privilegio de la inmunidad, desde el momento que limitaba la autoridad de los funcionarios públicos, creaba un modelo, un objetivo a alcanzar para todos los grandes propietarios que no desempeñaban cargos públicos en la administración imperial; sobre todo durante el siglo IX, con los sucesores de Carlomagno, los diplomas de concesión inmunitaria se multiplicaron sin cesar. De esta manera, la convivencia de tan numerosos centros de poder en el interior del Imperio fue posible mientras que el reino permaneció en manos de personajes carismáticos y autoritarios, que conseguían mantener en pie la red de relaciones personales que ataban a los grandes del reino con su soberano. El sistema era, no obstante, muy frágil: el poder se fragmentó rápidamente en unidades cada vez más pequeñas, hasta llegar a la escala local, quedando en manos de los funcionarios territoriales, de los inmunistas, y de aquellos grandes propietarios que, no siendo detentadores de diplomas de inmunidad, se comportaban di facto como si lo fueran.
V.- LAS RELACIONES VASALLÁTICAS EN EL IMPERIO CAROLINGIO
Una de las soluciones institucionales de más éxito en el reino de los Francos y que favoreció su extraordinaria afirmación militar en la Europa de aquel tiempo fue la formalización de las relaciones vasalláticas, a cambio de un beneficio. Normalmente se suele detectar el principio de este fenómeno en las primeras décadas del siglo VIII, durante la etapa de Carlos Martel.
El ejército de los Francos, como el de la mayor parte de los pueblos bárbaros, se fundaba en la existencia de grupos de hombres libres armados, ligados entre ellos por complejas relaciones que iban desde el parentesco amplio a relaciones de fidelidad y de dependencia personal. Eran guerreros de condición libre que voluntariamente combatían por un jefe. La Galia, la región donde los Francos se establecieron desde finales del siglo V, estaba impregnada de la cultura política del mundo romano, en el cual, el reclutamiento del ejército, al igual que el de la clase dirigente, se establecía sobre la relación de cada uno de los individuos con una realidad abstracta, la res publica (hoy diríamos el estado). Esto no excluye que existieran también en la civilización romana, e incluso que tuvieran gran importancia, las relaciones personales o clientelares; no obstante, estas últimas no constituían el modelo ideal en el que se sustentaba la organización política y social romana.
El encuentro entre ambos modelos de organización social, el de los Francos basado en las relaciones personales, y el galorromano, cimentado sobre las relaciones de tipo público, generó un proceso de recíproca aculturación: por un lado, llegaron a ser más importantes las relaciones clientelares en la selección de las clases dirigentes vinculadas aún a la tradición romana; por otro lado, se hizo evidente la necesidad de codificar, de hacer más explícitas y controlables las relaciones personales que se entrecruzaban en la población germánica de los Francos. A través de este proceso de aculturación, que duró al menos dos siglos, se llegó a la definición formal de las relaciones vasalláticas.
Se trataba de un contrato, cerrado libremente por dos personas, una de las cuales se comprometía a la fidelidad, la otra, se comprometía al mantenimiento. Con el juramento de fidelidad, el vasallo (de la palabra latina de origen celta vassus, servidor), entraba en la clientela del poderoso; este se comprometía a mantenerlo, directamente en su propia casa o bien, indirectamente, concediéndole una fuente de renta, como tierras u otros bienes de naturaleza diversa. El objeto de tal concesión fue llamado con el vocablo latino beneficium, al cual, con el tiempo, se superpuso otra palabra de origen germánico: feudum.
Este tipo de relación caracterizaba la sociedad franca a todos los niveles: era el tipo de relación con la que el rey se rodeaba de funcionarios y de jefes militares, y era la misma relación con la que, a su vez, estos conseguían reclutar combatientes y crearse en torno a ellos un círculo clientelar. La concesión de los beneficia, necesarios para vincular a sus personas numerosos fieles, presuponía la disponibilidad de ingentes recursos patrimoniales; por otra parte, tener a disposición amplias clientelas, permitía obtener cada vez más recursos, frecuentemente a costa del patrimonio eclesiástico, que solía ser confiscado a través de la simple ocupación, o bien a través de contratos de cesión a larguísimo plazo (enfiteusis). Este sistema tendía a la creación de una reducida aristocracia extremadamente poderosa, ya sea con relación al soberano, o a los propios fieles, marginando tanto de la participación en el ejército como de la vida pública a aquellos hombres que, si bien eran libres, no disponían de un patrimonio suficiente para poder crearse una clientela propia. La misma organización económica de la gran propiedad típica del mundo franco, el sistema conocido como “curtense”, contribuía a la consolidación de este estado de cosas. Las grandes haciendas, las “curtis”, tendían, efectivamente, a absorber la pequeña propiedad, reduciendo a muchos pequeños propietarios, hombres libres, al rango de dependientes del gran propietario, que a menudo ejercía también poderes de orden público.
