Carisma y coerción: cómo Hitler y Mao mantuvieron el poder en el siglo XX

Durante el siglo XX, Adolf Hitler en Alemania (1933-1945) y Mao Zedong en China (1949-1976) utilizaron el liderazgo carismático para presentarse como los salvadores de sus países y conseguir el apoyo de la población. Sin embargo, mantener el poder no dependía únicamente de la personalidad de un líder, sino también de su capacidad para controlar a sus enemigos y evitar que se opusieran a su gobierno. Aunque el liderazgo carismático fue importante porque les permitió ganar apoyo popular y justificar su autoridad, la coerción y el terror fueron más importantes para mantener su poder, ya que les permitieron controlar a la población y seguir gobernando incluso cuando su popularidad disminuyó.

El carisma de Hitler en la Alemania nazi

En la Alemania nazi el carisma de Hitler fue importante porque le dio un apoyo social que el partido por sí solo no tenía. En las elecciones de marzo de 1933 el NSDAP obtuvo el 43,9% de los votos, sin alcanzar la mayoría absoluta, pero en el plebiscito de agosto de 1934, que lo confirmó como Führer tras la muerte de Hindenburg, cerca del 90% votó a favor, y en el de 1938 sobre la anexión de Austria la cifra oficial superó el 99%. Además, el desempleo, que superaba los 5,5 millones en 1932, cayó a menos de 200.000 en 1938, y gran parte de la población atribuyó ese logro a Hitler personalmente.

Para Ian Kershaw, en El mito de Hitler, la propaganda convirtió a Hitler en símbolo de la unidad nacional y lo separó del partido, por lo que muchos alemanes criticaban a los funcionarios locales pero seguían creyendo en el Führer. Sin embargo, estas votaciones no fueron completamente libres, por lo que no muestran con seguridad lo que pensaba toda la población. Por lo tanto, el carisma de Hitler fue una fuente importante de apoyo popular, pero dependía de resultados visibles como el empleo y la revisión de Versalles, lo que lo hacía menos estable que otros mecanismos de control.

El carisma de Mao en la China maoísta

En China el carisma de Mao fue clave para que recuperara el poder después del fracaso del Gran Salto Adelante. Esa campaña (1958-1962) provocó una hambruna que mató a unos 36 millones de personas según Yang Jisheng y a al menos 45 millones según Frank Dikötter, y dejó a Mao debilitado frente a dirigentes como Liu Shaoqi y Deng Xiaoping. En 1966 lanzó la Revolución Cultural y, entre agosto y noviembre, recibió en la plaza de Tiananmen a entre 11 y 12 millones de Guardias Rojos en ocho concentraciones, mientras el Libro Rojo se difundía como texto casi sagrado.

Según Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals, en La última revolución de Mao, Mao usó su prestigio como fundador de la república para saltarse al partido y acudir directamente a los jóvenes, lo que le permitió eliminar a sus rivales políticos. Esto demuestra que el carisma fue una herramienta muy poderosa, ya que permitió a Mao volver al poder a pesar de su mala gestión económica. Sin embargo, el culto sólo funcionó porque el ejército, dirigido por Lin Biao, respaldaba a Mao, lo que sugiere que el carisma por sí solo no bastaba.

La coerción como base del poder

A pesar de la importancia del carisma, la coerción fue más significativa para Hitler, porque consolidó su poder antes de que existiera el mito y lo mantuvo cuando éste decayó. El campo de concentración de Dachau abrió en marzo de 1933 y ese mismo mes la Ley de Habilitación le dio poderes dictatoriales con los diputados comunistas ya detenidos. Del 30 de junio al 2 de julio de 1934, en la Noche de los Cuchillos Largos fueron asesinadas al menos 85 personas, entre ellas Ernst Röhm, lo que eliminó a un rival dentro de las SA y aseguró la lealtad del ejército.

La Gestapo pasó de unos 6.500 agentes en 1937 a cerca de 31.000 en 1944, aproximadamente uno por cada 10.000 habitantes. Robert Gellately, en Backing Hitler, sostiene que esa policía tan pequeña dependía de las denuncias de ciudadanos comunes, de modo que la coerción y el apoyo de la población se reforzaban mutuamente, mientras que Kershaw pone más peso en el mito. Aun así, el miedo a ser denunciado explica por qué la gente colaboraba, y esto se ve cuando la popularidad de Hitler cayó después de la invasión de la Unión Soviética y de Stalingrado, porque el régimen resistió hasta 1945 y el atentado de julio de 1944 terminó con miles de detenciones. Es decir, cuando el carisma se desgastó, el terror fue el que sostuvo al régimen.

En el caso de Mao el terror también fue decisivo, y quizás más que en Alemania. Las campañas de los primeros años de la república popular, como la reforma agraria, causaron cientos de miles de ejecuciones, y tras la Campaña de las Cien Flores la Campaña Antiderechista de 1957 etiquetó a unas 550.000 personas como derechistas y las envió a trabajos forzados o las apartó de sus empleos. Cuando Peng Dehuai criticó el Gran Salto en Lushan en 1959 fue destituido, lo que mostró a la élite del partido el costo de oponerse.

La hambruna que mató a decenas de millones habría destruido la popularidad de cualquier líder, pero Mao siguió en el poder, y más tarde la Revolución Cultural dejó entre 1,1 y 1,6 millones de muertos según los cálculos de Andrew Walder y Yang Su. Dikötter, en La revolución cultural, argumenta que Mao gobernó manipulando el miedo y las purgas, y no solo con su imagen. Esto indica que, a diferencia de Hitler, Mao mantuvo el poder después de un desastre que debió acabar con su legitimidad, y la razón principal fue que oponerse a él era demasiado peligroso.

Carisma y represión: una relación complementaria

El carisma y la represión se complementaban, ya que ambos ayudaron a Hitler y a Mao a mantenerse en el poder. Kershaw muestra con su idea de