1. Introducción: el final del ciclo desarrollista
El período comprendido entre mediados de los años setenta y mediados de los ochenta constituye una de las etapas más complejas de la historia económica contemporánea de España. A la crisis internacional que puso fin a la llamada «edad de oro» del capitalismo se sumó, en el caso español, una profunda crisis política derivada del final de la dictadura franquista y del proceso de transición hacia la democracia. Esta coincidencia de crisis económicas externas y transformaciones políticas internas explica que la recesión española fuera más intensa, más prolongada y socialmente más costosa que en la mayoría de los países europeos.
Hasta 1974, la economía española había mantenido tasas de crecimiento elevadas, superiores al 8 % anual, apoyadas en la industrialización, el turismo, las remesas de emigrantes y la inversión extranjera. Sin embargo, este modelo presentaba graves debilidades estructurales: una elevada dependencia energética, una balanza de pagos estructuralmente deficitaria y una especialización productiva poco sofisticada. Estas vulnerabilidades afloraron con toda su intensidad tras los shocks petroleros de 1973 y 1979.
2. El contexto internacional: los shocks del petróleo y la estanflación
La crisis económica de los años setenta tuvo un carácter global. El primer elemento desencadenante fue el colapso del sistema monetario internacional de Bretton Woods en 1971, que supuso el abandono del patrón oro-dólar y una fuerte inestabilidad cambiaria. La devaluación del dólar redujo los ingresos reales de los países exportadores de petróleo, lo que incentivó un cambio en su política de precios.
El primer shock petrolero tuvo lugar en 1973, cuando la OPEP decidió restringir la oferta de petróleo y elevar su precio como represalia contra los países occidentales que habían apoyado a Israel en la guerra del Yom Kippur. El precio del crudo se multiplicó, encareciendo drásticamente los costes de producción y de transporte. Un segundo shock se produjo en 1979, vinculado a la revolución iraní y a la inestabilidad en Oriente Medio, lo que volvió a disparar los precios energéticos. Estos shocks provocaron una transferencia masiva de renta desde los países importadores hacia los países productores de petróleo.
Dado el carácter inelástico de la demanda energética, los países industrializados no pudieron reducir rápidamente su consumo, lo que agravó los desequilibrios externos. El resultado fue un fenómeno nuevo y especialmente problemático: la estanflación, es decir, la coexistencia de estancamiento económico con altas tasas de inflación.
3. La especificidad de la crisis española
Aunque la crisis afectó a todas las economías occidentales, sus efectos fueron especialmente severos en España debido a la estructura productiva heredada del desarrollismo. La economía española presentaba una dependencia energética extrema: mientras que los países europeos importaban en torno al 34 % de la energía que consumían, España dependía del exterior para aproximadamente el 72 % de sus necesidades energéticas. Además, el patrón de crecimiento español se apoyaba en sectores industriales intensivos en energía y poco avanzados tecnológicamente, donde la competitividad se basaba fundamentalmente en los bajos costes salariales.
A ello se sumaba un déficit estructural de la balanza de pagos, tradicionalmente financiado mediante el turismo, las remesas de emigrantes y la entrada de capital extranjero. Con la crisis internacional, estas fuentes de divisas se debilitaron: los emigrantes comenzaron a regresar, el turismo se resintió y los flujos de capital se volvieron más inestables. Estas debilidades estructurales explican que el impacto de los shocks petroleros se tradujera en una caída abrupta del crecimiento económico. El PIB pasó de crecer a tasas cercanas al 8 % anual a ritmos en torno al 2,5 %, marcando el inicio de una crisis estructural prolongada.
4. Inflación, conflicto distributivo y caída del crecimiento
La crisis económica se manifestó con especial intensidad a través de la inflación. Durante los años setenta se produjo un fuerte conflicto distributivo entre capital y trabajo. El crecimiento previo había fortalecido la posición negociadora de los trabajadores y de los sindicatos, que presionaban para obtener aumentos salariales y mejoras en las condiciones laborales.
Las empresas, ante el aumento de los costes salariales y energéticos, trataron de mantener sus márgenes de beneficio trasladando estos incrementos a los precios finales. Este mecanismo generó una espiral inflacionista que erosionó la competitividad de la economía española. El shock petrolero actuó como detonante de tensiones acumuladas, provocando la quiebra de numerosas empresas incapaces de soportar el aumento simultáneo de costes y la caída de la demanda.
5. Crisis industrial, desindustrialización, paro masivo y crisis bancaria
Las consecuencias sociales y productivas de la crisis fueron profundas. La industria española inició un proceso de desinversión y desindustrialización que se tradujo en una destrucción masiva de empleo. Entre 1974 y 1985, el número de ocupados pasó de 13,2 millones a 10,6 millones, perdiéndose más de dos millones de puestos de trabajo. Este paro masivo se vio agravado por factores demográficos, como la incorporación al mercado laboral de la generación del baby boom y el retorno de emigrantes.
La situación empresarial y del sistema financiero se tensó, con cierres, reestructuraciones y problemas de solvencia en sectores y entidades vinculadas a la industria en declive.
6. Transición política e inestabilidad institucional
A la crisis económica se superpuso una profunda crisis política. La muerte de Franco en 1975 marcó el inicio de la transición hacia la democracia, un proceso caracterizado por la incertidumbre institucional, el conflicto social y la violencia política. Aunque la dictadura dio paso a un sistema democrático, el cambio fue gradual y estuvo condicionado por la herencia del régimen anterior.
La aprobación de la Constitución de 1978 supuso un hito fundamental, al establecer un marco democrático y descentralizado. Sin embargo, la inestabilidad persistió durante varios años, como puso de manifiesto el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. No fue hasta la victoria electoral del PSOE en 1982 cuando se consolidó políticamente la democracia y se creó un contexto más favorable para abordar reformas económicas de mayor calado.
7. Los Pactos de la Moncloa y la reestructuración del capitalismo español
Ante el riesgo real de suspensión de pagos en 1977, el Estado impulsó una respuesta concertada a la crisis mediante los Pactos de la Moncloa. Estos acuerdos, firmados por los principales partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales, buscaban repartir los costes de la crisis, controlar la inflación, estabilizar la balanza de pagos y reformar el sistema fiscal.
Las medidas adoptadas incluyeron programas de estabilización basados en:
- la contención salarial,
- la reducción de la demanda interna,
- la devaluación de la peseta,
- el aumento de los tipos de interés,
- y una profunda reforma fiscal.
8. Estado del Bienestar, desequilibrios fiscales y distribución de la renta
Durante este período se inició la construcción del Estado del Bienestar en España, con una fuerte expansión del gasto público en educación, sanidad, pensiones y prestaciones sociales. Este proceso contribuyó a una reducción de la desigualdad en la distribución de la renta, aunque España continuó situándose entre los países menos igualitarios de la OCDE.
Sin embargo, el crecimiento del gasto público fue más rápido que el de los ingresos, lo que generó déficits presupuestarios elevados y un aumento sostenido de la deuda pública.
9. Reconversión industrial y límites del ajuste
Como respuesta a la crisis industrial, se puso en marcha una política de reconversión orientada a sectores en declive. Entre 1979 y 1982, el Estado intervino mediante nacionalizaciones parciales, ayudas fiscales y financieras y la utilización del INI para sostener empresas estratégicas. Sin embargo, estas políticas se centraron más en paliar los efectos sociales inmediatos que en transformar estructuralmente el aparato productivo.
La reconversión industrial no logró revertir la pérdida de competitividad ni reducir de forma significativa el desempleo, dejando importantes desequilibrios que condicionaron la evolución posterior de la economía española.
Observaciones finales
El periodo 1973–1985 en España constituye un ejemplo de cómo choques externos, debilidades estructurales y cambios políticos pueden combinarse para producir una crisis prolongada y compleja. Las respuestas políticas, sociales y económicas desplegadas entonces marcaron el rumbo de la modernización económica y la consolidación democrática en las décadas siguientes.
