España franquista (1939–1959): posguerra, autarquía, industrialización y Plan de Estabilización

Introducción: guerra civil, franquismo y aislamiento internacional

La dictadura franquista surge tras la Guerra Civil española (1936–1939), un conflicto que causó alrededor de 600.000 víctimas y dejó al país profundamente devastado desde el punto de vista económico, social y productivo. La guerra destruyó capital físico, empobreció a la población y rompió las dinámicas de crecimiento previas. Francisco Franco concentró el poder político y se mantuvo en él hasta su muerte, instaurando un régimen autoritario, militarizado y fuertemente intervencionista.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen mantuvo una clara afinidad ideológica con la Alemania nazi y la Italia fascista. Aunque España no entró formalmente en la guerra debido a su extrema debilidad económica, sí prestó apoyo material y estratégico al Eje. La ambigüedad estratégica de Franco, que intentó obtener ventajas territoriales y económicas sin comprometerse plenamente, acabó resultando fallida tras la victoria del bando aliado. Como consecuencia de la derrota del bloque nazi, España quedó aislada internacionalmente.

En 1946 la ONU aprobó una resolución que promovía el aislamiento diplomático del régimen franquista y el país fue excluido del Plan Marshall, el gran programa de reconstrucción europea impulsado por Estados Unidos. Este aislamiento político y económico condicionó de forma decisiva la evolución de la economía española durante la posguerra.

La autarquía franquista: intervención, escasez y estancamiento

En los años cuarenta, el régimen implantó un modelo económico autárquico basado en la autosuficiencia nacional, la intervención directa del Estado y el control administrativo de la actividad económica. Se establecieron controles de precios y salarios, cartillas de racionamiento, cuotas obligatorias de producción agraria y un rígido sistema de licencias. Los resultados fueron muy negativos.

La producción agrícola e industrial se mantuvo en niveles muy bajos, la escasez de bienes básicos fue generalizada y amplios sectores de la población sufrieron hambre y pobreza extrema. Los salarios reales cayeron de forma acusada y, a finales de los años cincuenta, apenas alcanzaban la mitad de su nivel de 1935. La falta de divisas, oro y recursos financieros agravó todavía más la situación. El profundo malestar social se manifestó en conflictos como la huelga de tranvías de 1951. La autarquía no solo fracasó como estrategia de desarrollo, sino que se convirtió en un obstáculo para la recuperación económica y la estabilidad social del país.

El contexto internacional y el fin del aislamiento (1950–1953)

El inicio de la Guerra Fría supuso un giro decisivo para la posición internacional de España. La expansión del comunismo, el triunfo de la Revolución China y el avance de los partidos comunistas en Europa occidental llevaron a Estados Unidos a reconsiderar su política hacia el régimen franquista. Desde la perspectiva estadounidense, España adquiría un gran valor geoestratégico como aliado anticomunista en el Mediterráneo occidental. Este cambio permitió una progresiva normalización de las relaciones internacionales.

En 1950 se suavizó el aislamiento diplomático y en 1955 España ingresó en la ONU. Paralelamente, el régimen redujo el peso simbólico de los sectores más abiertamente fascistas para mejorar su imagen exterior. En 1953 se firmaron dos acuerdos clave: el Concordato con la Santa Sede y los Pactos de Madrid con Estados Unidos. Estos últimos supusieron la concesión de ayuda económica y militar a cambio de permitir bases militares estadounidenses en territorio español. Entre 1953 y 1961, España recibió importantes ayudas financieras y materiales, fundamentales para poder importar alimentos, materias primas, maquinaria y energía. España pasó así de ser un país internacionalmente aislado y rechazado a convertirse en un socio estratégico bien valorado dentro del bloque occidental.

La Industrialización Sustitutiva de Importaciones (ISI) (1951–1959)

En este nuevo contexto se inicia el llamado Decenio Bisagra (1951–1959), caracterizado por un cierto relajamiento de las políticas autárquicas. El objetivo central fue reducir la dependencia exterior fomentando la producción industrial interna mediante un proceso de Industrialización Sustitutiva de Importaciones (ISI). La estrategia de la ISI consistió en satisfacer el mercado interno mediante una industria nacional protegida.

Para ello, se eliminaron algunas barreras a la producción y a la inversión extranjera, y el Estado intervino directamente en sectores estratégicos como la energía, la siderurgia, el transporte y la industria básica, priorizando claramente la industria frente a la agricultura.

Los resultados iniciales fueron positivos: crecimiento del PIB, aumento de la producción industrial, diversificación productiva y un cambio estructural que redujo el peso de la agricultura en favor de la industria y los servicios. Sin embargo, el modelo presentó importantes limitaciones. La industria española era poco competitiva frente a las economías europeas más avanzadas, por lo que las exportaciones crecieron lentamente. Al mismo tiempo, la necesidad de importar maquinaria, energía y materias primas mantuvo una elevada propensión a importar. Como consecuencia, se generaron déficits persistentes en la balanza por cuenta corriente.

La gran empresa, el Estado y la banca en el franquismo

El desarrollo industrial franquista se basó en una estrecha relación entre el Estado, el sistema financiero y un reducido grupo de grandes empresas afines al régimen. Se configuró un modelo de capitalismo intervenido en el que el acceso a licencias, créditos y autorizaciones dependía de la proximidad al poder político. En este contexto se creó el Instituto Nacional de Industria (INI), que impulsó grandes empresas públicas en sectores estratégicos.

Paralelamente, la banca adquirió un papel central en la financiación de la industria y en el control de los proyectos empresariales, consolidando un tejido industrial dominado por grandes grupos empresariales españoles. Durante los años cincuenta, la economía española creció a tasas relativamente elevadas y experimentó una rápida industrialización y urbanización. Sin embargo, este crecimiento no permitió cerrar la brecha con Europa occidental: la renta per cápita española se mantuvo en torno al 50% de la media europea, reflejando una falta de convergencia real.

La crisis de divisas y el Plan de Estabilización de 1959

A finales de los años cincuenta, las limitaciones del modelo de industrialización protegida se hicieron evidentes. Entre 1957 y 1959, la economía española atravesó una grave crisis de divisas provocada por los persistentes déficits exteriores y la debilidad exportadora. En 1959, España se encontraba al borde de una suspensión internacional de pagos.

Ante esta situación, el régimen se enfrentaba a dos opciones: provocar una fuerte contracción económica reduciendo drásticamente las importaciones, o bien financiar los déficits exteriores mediante la atracción de capital extranjero y la promoción de exportaciones, lo que implicaba un cambio radical de orientación económica. La opción elegida fue la segunda. El Plan de Estabilización de 1959 supuso una ruptura definitiva con la autarquía franquista y el abandono del discurso económico falangista.

Sus objetivos fueron corregir los desequilibrios exteriores, reducir la intervención estatal y sentar las bases de una economía más liberal e integrada en el capitalismo internacional. El Plan incluyó, entre otras medidas:

  • La liberalización del comercio exterior.
  • La apertura a la inversión extranjera.
  • La disciplina fiscal y monetaria.
  • La devaluación de la peseta.

El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OECE (antecesora de la OCDE) y la banca privada estadounidense respaldaron el Plan, aportando financiación y credibilidad internacional. Esto evitó la asfixia exterior y facilitó el acceso a los mercados financieros.

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