Imperialismo en Asia: expansión colonial en el siglo XIX y el papel de potencias europeas, Rusia, EE. UU. y Japón

El imperialismo en Asia

Al igual que sucedía en África, la presencia colonial europea en Asia antes de mediados del siglo XIX era reducida y se limitaba a enclaves coloniales costeros. En el área del Pacífico, esa presencia era todavía más escasa y dispersa. La gran diferencia con el caso africano es que el fenómeno imperialista en Asia no sería obra exclusiva de las potencias europeas, sino que contaría también con otros dos protagonistas principales: Estados Unidos y Japón.

4.1. Los imperios europeos en Asia

El protagonismo imperial europeo en Asia correspondió a Reino Unido, Rusia, Francia, Holanda y Alemania. Reino Unido tuvo en India su principal colonia, surgida a partir de los primeros asentamientos británicos del siglo XVIII. En 1857, después de un motín sangriento, la rebelión de los cipayos, el Gobierno británico impuso el control directo del territorio bajo la dirección de un virrey y constituyó el Raj, un compacto bloque que incorporaba los actuales estados de India, Pakistán, Bangladés y Ceilán. Posteriormente los británicos extendieron sus dominios hacia Birmania, Malasia, Singapur y los enclaves chinos, sobre todo el puerto de Hong Kong. El otro gran foco imperial comprendía Australia y Nueva Zelanda, donde había colonias de poblamiento de emigrantes británicos desde el siglo XVI, que pasaron a ser dominios del imperio, con un estatus muy superior al de las colonias.

Reino Unido

Reino Unido consolidó en Asia una vasta red de colonias y dominios cuya pieza central fue la India, administrada directamente tras 1857 mediante la figura del virrey y el establecimiento del Raj.

Rusia

Desde mediados del siglo XVIII y durante el siglo XIX, Rusia se expandió fuera de sus áreas europeas, ocupando Alaska (luego vendida a Estados Unidos en 1867), la zona del Cáucaso y todo el territorio de la inmensa Siberia hasta el Pacífico. Fue en esta etapa cuando se fijaron las fronteras con China mediante diversos tratados y se fundó el puerto de Vladivostok (1860). El hito que terminó por ‘coser’ Siberia al resto de Rusia fue la construcción del ferrocarril Transiberiano, iniciado en 1891. Esta obra de ingeniería permitió el traslado masivo de población campesina rusa hacia el este, transformando Siberia de un territorio de frontera y castigo en una pieza clave de la economía y la geopolítica del imperio antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. La rivalidad con Reino Unido ocasionó frecuentes conflictos, que fueron limitados con el acuerdo de mantener dos estados independientes a modo de estados tapón: Persia y Afganistán.

Francia

Francia centró sus afanes imperiales en la península de Indochina, donde ya estaba desde el siglo XVII. A partir de 1860 extendió su dominio por los actuales estados de Vietnam, Camboya y Laos, formando la Unión Indochina. El riesgo de conflicto entre Francia y Reino Unido por sus líneas de expansión en la zona posibilitó el mantenimiento de la independencia del reino de Siam, como estado colchón entre las colonias respectivas.

Holanda y Portugal

Holanda inició su presencia en Asia con la ocupación de la isla de Java en el siglo XVII. Desde entonces fue ampliando sus dominios por las otras islas de la actual Indonesia, con el visto bueno de las demás potencias, que no veían en ello ningún riesgo para su seguridad. La presencia de Portugal en Asia se reducía a puntos clave como Macao en China (dedicado al comercio y al juego), la India portuguesa (formada por Goa, Damán y Diu) y la isla de Timor Oriental en el archipiélago indonesio, restos de su antigua expansión marítima (s. XVI).

Alemania

Alemania, a partir de la década de 1880, ocupó Nueva Guinea Oriental, distintos archipiélagos del Pacífico (islas Marshall, Salomón y Carolinas) y enclaves costeros en China (Qingdao).

China: un caso especial

El destino de China es un caso especial en la historia del imperialismo. En virtud de su inmensidad, su enorme población y el orgullo por su cultura milenaria, era imposible proceder a un reparto del ‘pastel’ por parte de las potencias imperialistas. Sin embargo, todas ellas colaboraron para arrancar a la decadente administración imperial concesiones territoriales y derechos económicos y jurídicos, que generaron una profunda hostilidad popular hacia los extranjeros. La derrota china en las guerras del opio (1839–1842 y 1856–1860), como consecuencia de la prohibición de la venta de opio por parte del gobierno chino, se saldó con la firma de los tratados desiguales que supusieron la apertura de los puertos chinos al comercio internacional y la obtención de Hong Kong por parte de los británicos. Esa hostilidad motivó en 1900 la sangrienta rebelión de los bóxers, es decir, los nacionalistas chinos, llamados así por practicar unas artes marciales similares al boxeo. Aunque fue aplastada en una operación militar de todas las potencias extranjeras, su extensión y apoyo popular reforzó la idea de que China no podía ser repartida ni colonizada. También precipitó el final del imperio y la conversión de China en una república asediada por la inestabilidad política y la conflictividad social.

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