La sublevación militar y la respuesta del Gobierno
La Guerra Civil española comenzó con una sublevación militar organizada tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936. La conspiración fue impulsada por sectores del ejército agrupados en la UME y contó con el apoyo de la oligarquía económica, partidos de derechas como la CEDA y grupos paramilitares como la Falange y el Requeté. El principal organizador fue el general Emilio Mola, mientras que José Sanjurjo debía asumir el liderazgo y Francisco Franco acabó teniendo un papel decisivo al tomar el mando del Ejército de África.
El golpe se inició el 17 de julio de 1936 en Marruecos y se extendió a la península al día siguiente. Sin embargo, fracasó en las principales ciudades industriales como Madrid o Barcelona, lo que provocó la división del país en dos zonas y el estallido de una guerra civil.
La respuesta del gobierno republicano fue inicialmente débil: Santiago Casares Quiroga subestimó el peligro y se negó a armar al pueblo, lo que agravó la crisis política. Tras su dimisión y el fracaso del gobierno de conciliación de Martínez Barrio, el nuevo ejecutivo de José Giral decidió entregar armas a los sindicatos y partidos obreros. Esta decisión frenó el triunfo inmediato del golpe, pero dio paso a una revolución social y al protagonismo de las milicias populares en la defensa de la República.
El desarrollo de la guerra
Tras el fracaso del golpe de Estado, la guerra se transformó en un conflicto largo y de desgaste, con frentes relativamente estables. Entre 1936 y 1937, el principal objetivo del bando sublevado fue la toma de Madrid, que fracasó gracias a la resistencia republicana, el apoyo de las Brigadas Internacionales y el armamento soviético, simbolizado en el lema ¡No pasarán!.
Ante este fracaso, Franco cambió de estrategia. En 1937 lanzó la ofensiva del norte, clave por su importancia industrial. Con el apoyo alemán e italiano, el bando nacional conquistó Bilbao, Santander y Asturias, destacando el bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor.
En 1938, la ofensiva de Aragón permitió a los sublevados llegar al Mediterráneo y dividir en dos la zona republicana, mientras que la batalla del Ebro, la más sangrienta de la guerra, supuso la derrota definitiva del ejército republicano. Finalmente, tras la caída de Barcelona y el colapso interno de la República, las tropas franquistas entraron en Madrid en marzo de 1939, dando fin a la guerra el 1 de abril de 1939.
La violencia en la retaguardia
Durante la Guerra Civil, ambos bandos ejercieron una intensa violencia en la retaguardia, aunque con características distintas. En la zona republicana, la violencia fue más intensa en los primeros meses, debido al colapso del poder estatal y al protagonismo de milicias y comités revolucionarios. Las principales víctimas fueron miembros de la Iglesia, las élites económicas y personas vinculadas a la derecha.
Aunque al principio fue desorganizada, el gobierno republicano intentó frenarla a partir de finales de 1936 mediante tribunales populares y la integración de las milicias en el Ejército Popular.
En la zona sublevada, la represión tuvo un carácter planificado y sistemático desde el inicio, con el objetivo de eliminar cualquier oposición. Las víctimas fueron militares y civiles leales a la República, dirigentes de izquierdas, sindicalistas y maestros. Se aplicaron fusilamientos, juicios sumarísimos y campos de concentración, y esta violencia continuó incluso tras el final de la guerra. En conjunto, la represión franquista fue más numerosa y duradera, generando un clima de terror que se convirtió en un instrumento fundamental de control político.
- Víctimas principales: miembros de la Iglesia, élites económicas, dirigentes de izquierdas, sindicalistas, maestros y civiles partidarios de la República.
- Métodos de represión: fusilamientos, juicios sumarísimos, campos de concentración y detenciones masivas.
- Consecuencia: un clima de terror y la consolidación del control político en la zona sublevada.
La violencia en la retaguardia
Durante la Guerra Civil, ambos bandos ejercieron una intensa violencia en la retaguardia, aunque con características distintas. En la zona republicana, la violencia fue más intensa en los primeros meses, debido al colapso del poder estatal y al protagonismo de milicias y comités revolucionarios. Las principales víctimas fueron miembros de la Iglesia, las élites económicas y personas vinculadas a la derecha.
Aunque al principio fue desorganizada, el gobierno republicano intentó frenarla a partir de finales de 1936 mediante tribunales populares y la integración de las milicias en el Ejército Popular. En la zona sublevada, la represión tuvo un carácter planificado y sistemático desde el inicio, con el objetivo de eliminar cualquier oposición. Las víctimas fueron militares y civiles leales a la República, dirigentes de izquierdas, sindicalistas y maestros. Se aplicaron fusilamientos, juicios sumarísimos y campos de concentración, y esta violencia continuó incluso tras el final de la guerra. En conjunto, la represión franquista fue más numerosa y duradera, generando un clima de terror que se convirtió en un instrumento fundamental de control político.
La sublevación militar y la respuesta del Gobierno
La Guerra Civil española comenzó con una sublevación militar organizada tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936. La conspiración fue impulsada por sectores del ejército agrupados en la UME y contó con el apoyo de la oligarquía económica, partidos de derechas como la CEDA y grupos paramilitares como la Falange y el Requeté. El principal organizador fue el general Emilio Mola, mientras que José Sanjurjo debía asumir el liderazgo y Francisco Franco acabó teniendo un papel decisivo al tomar el mando del Ejército de África.
El golpe se inició el 17 de julio de 1936 en Marruecos y se extendió a la península al día siguiente. Sin embargo, fracasó en las principales ciudades industriales como Madrid o Barcelona, lo que provocó la división del país en dos zonas y el estallido de una guerra civil. La respuesta del gobierno republicano fue inicialmente débil: Santiago Casares Quiroga subestimó el peligro y se negó a armar al pueblo, lo que agravó la crisis política. Tras su dimisión y el fracaso del gobierno de conciliación de Martínez Barrio, el nuevo gobierno de José Giral decidió entregar armas a los sindicatos y partidos obreros. Esta decisión frenó el triunfo del golpe, pero dio paso a una revolución social y al protagonismo de las milicias populares en la defensa de la República.
El desarrollo de la guerra
Tras el fracaso del golpe de Estado, la guerra se transformó en un conflicto largo y de desgaste, con frentes estables. Entre 1936 y 1937, el principal objetivo del bando sublevado fue la toma de Madrid, que fracasó gracias a la resistencia republicana, el apoyo de las Brigadas Internacionales y el armamento soviético, simbolizado en el lema ¡No pasarán!. Ante este fracaso, Franco cambió de estrategia. En 1937 lanzó la ofensiva del norte, clave por su importancia industrial. Con el apoyo alemán e italiano, el bando nacional conquistó Bilbao, Santander y Asturias, destacando el bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor.
En 1938, la ofensiva de Aragón permitió a los sublevados llegar al Mediterráneo y dividir en dos la zona republicana, mientras que la batalla del Ebro, la más sangrienta de la guerra, supuso la derrota definitiva del ejército republicano. Finalmente, tras la caída de Barcelona y el colapso interno de la República, las tropas franquistas entraron en Madrid en marzo de 1939, dando fin a la guerra el 1 de abril de 1939.
