1.1 Sociedad y economía en el Paleolítico y Neolítico. La pintura rupestre.
Hace unos 800.000 años surgieron las sociedades del Paleolítico, que eran depredadoras. Su economía se basaba en la caza, la pesca y la recolección de frutos. Eran nómadas (buscaban animales o condiciones climáticas favorables). Su organización social era colectiva y vivían en pequeños grupos sin jerarquía social clara (división del trabajo).
Hacia el 5000 a. C. aparecen en la Península Ibérica las comunidades neolíticas. Surgen la producción de alimentos (agricultura y ganadería) y la elaboración de cerámica (revolución neolítica). Al adoptar un modo de vida sedentario, aparecen los poblados, lo que provocará una mayor jerarquización social.
La Península Ibérica posee numerosas pinturas rupestres (primeras manifestaciones artísticas). La mayoría se concentran en la zona cantábrica, destacando Altamira. Se trata de un arte figurativo en el que destacan los animales, pintados con una técnica naturalista (realista). Las figuras se hallan superpuestas sin formar escenas, presentando efectos de volumen y movimiento. En la zona levantina destacan las escenas narrativas con aparición de figuras humanas esquematizadas.
1.2 Los pueblos prerromanos. Las colonizaciones históricas. Fenicios y griegos. Tartessos
Los pueblos prerromanos corresponden a las colonizaciones que transcurren durante el primer milenio a. C. (protohistoria), cuando llegan a la costa mediterránea los fenicios, griegos y cartagineses, motivados por intereses económicos. Los fenicios fundaron factorías como Malaka (Málaga) y los griegos colonias como Emporion (Ampurias). El impacto en los nativos se limitó principalmente a la costa y al valle del Guadalquivir. Estos pueblos colonizadores introdujeron esclavos, el alfabeto, el olivo, la moneda y el crecimiento urbano.
Los Tartessos fueron un pueblo autóctono asentado en la zona suroccidental de la península entre el año 1000 y el 500 a. C., que destacó por la actividad minera y el trabajo del metal. En la segunda mitad del siglo la Península Ibérica quedó dividida en dos grandes ámbitos culturales: los íberos y los celtas. Los íberos se asentaron en ciudades-estado en el Levante y el sur peninsular, donde recibieron claras influencias de los pueblos colonizadores (escritura, moneda, jerarquía social), especialmente de los griegos. En el resto de la península destacaron los celtas, que vivían en castros y se dedicaban a actividades agroganaderas y al desarrollo metalúrgico (no conocían la escritura ni la moneda). Entre ambas zonas pudo existir la cultura celtíbera.
1.3 Conquista y romanización en la Península Ibérica. Principales aportaciones romanas en los ámbitos sociales, económicos y políticos.
La conquista romana se realizó en tres etapas. En la primera etapa (finales del s. III a. C.) dominaron el este y el sur peninsular en el marco de la II Guerra Púnica (cartagineses contra romanos). En la segunda etapa (primera mitad del s. II a. C.) se conquistaron el centro y el oeste peninsular y se caracterizó por la resistencia de pueblos ibéricos (guerras de Numancia y Viriato). En la última etapa (finales del s. I a. C.) fueron sometidos los cántabros y astures (guerras del Norte o cántabras).
Tras la conquista se inició la romanización, proceso de aculturación consistente en la implantación de la organización romana y la difusión de su cultura. Este proceso no fue homogéneo: fue más intenso en el este y el sur. La ciudad sufrió un proceso de urbanización y funcionó según el régimen municipal (lo heredarán los visigodos). Culturalmente destaca la extensión del latín, el derecho romano y un gran legado arquitectónico y de obras públicas como el teatro de Mérida, las murallas de Lugo, el acueducto de Segovia y las calzadas. Se implantó la religión romana (primero politeísta y pagana; luego cristiana, a partir del s. IV).
En economía destaca la trilogía mediterránea (cereales, olivo y vid) y el desarrollo comercial y artesanal. Socialmente, se intensificó el uso de la esclavitud y se desarrollaron formas de explotación como los colonatos (sujeción de campesinos a la tierra).
1.4 El reino visigodo: origen y organización política. Los concilios.
En el 409 diversos pueblos bárbaros entraron en Hispania con facilidad debido al debilitamiento del Imperio Romano. Para frenar este avance, el Imperio autorizó la entrada de los visigodos (pueblo del Danubio) en la península para controlar el territorio. Al desaparecer el Imperio Romano de Occidente en el 476, el reino visigodo llegó a extenderse desde el Loira al Tajo, aunque la presión de los francos les obligó a asentarse en la Península Ibérica con capital en Toledo.
Los visigodos llevaron a cabo una importante homogeneización (unificación territorial, administrativa y religiosa) que se realizó en varias etapas. Leovigildo, durante la segunda mitad del s. VI, acabó con el reino suevo, y en el s. VII Suintila acabó con el dominio bizantino. Religiosamente, Recaredo renunció al arrianismo en favor del catolicismo en el III Concilio de Toledo y, jurídicamente, a mediados del s. VII se aprobó un único código legal, el Fuero Juzgo (unión de leyes romanas y visigodas). Finalmente se estableció una monarquía electiva.
El rey contaba con el asesoramiento en tareas legislativas del Aula Regia (organismo formado por la alta nobleza) y de los concilios de Toledo (reuniones eclesiásticas). Debido al surgimiento de una sociedad prefeudal, los reyes quedaron supeditados al poder de la aristocracia y de los obispos.
2.1 Evolución política: conquista, emirato y califato de Córdoba
La crisis interna y la decadencia del reino visigodo llevaron a árabes y bereberes a desembarcar en la Península en el 711. Éstos controlaron puntos clave, llegando a acuerdos con caciques locales: convertirse al islam por ventajas fiscales o no hacerlo pagando impuestos. Entre 711 y 756 Al-Ándalus fue un valí dependiente del califa de Damasco.
En 756 Abderramán I se declaró emir; asumió en él la actividad política, no la religiosa. Esta época se caracterizó por las luchas entre árabes y bereberes y por las tensiones con los cristianos y sus revueltas. Con Abderramán II (s. IX) se crearon nuevas ciudades, se organizó una armada y se consolidaron las relaciones artísticas e intelectuales. A su muerte se produjo una crisis provocada por el descontento social. En 929 Abderramán III se proclamó califa, asumiendo la autoridad política y religiosa. El califa mantuvo a raya a los cristianos. Con su hijo Al-Hakam II predominó la paz con los cristianos. Almanzor lanzó numerosas campañas militares contra los cristianos.
Tras la muerte de Almanzor, el califato se dividió en reinos de taifas.
2.2 Al-Ándalus: reinos de taifas. Reino nazarí.
Tras la muerte de Almanzor el Califato se desintegró en 1031 y Al-Ándalus se fragmentó en reinos independientes o taifas (1031-1090), en manos de familias de distintos grupos étnicos. Su debilidad militar y las continuas luchas internas les impidieron resistir los ataques de los reinos del norte, cuya ofensiva militar forzó la petición de ayuda a los almorávides (1090-1145), un imperio norteafricano con capital en Marrakech. A su llegada unificaron Al-Ándalus y lograron contener el avance de los cristianos. Sin embargo, el malestar por su rigor religioso y la inestabilidad en el norte de África precipitaron su final.
Con la caída del imperio almorávide surgieron efímeros segundos reinos de taifas (1145-1147), que fueron unificados rápidamente bajo el mando de los almohades (1147-1228), quienes lograron algunos éxitos importantes contra los cristianos (Alarcos, 1195) y dotaron al territorio andalusí de cierta estabilidad y prosperidad. Sin embargo, sucumbieron por su intransigencia religiosa, falta de repobladores y, sobre todo, por la derrota aplastante en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Esta situación permitió el resurgir breve de los denominados terceros reinos de taifas, cuya vida fue muy efímera ante el avance cristiano.
De una de estas taifas surgirá la última entidad política musulmana peninsular, el reino nazarí de Granada (1246-1492), vasallo de Castilla (Pacto de Jaén con Fernando III de Castilla), que sobrevivió gracias a la inestabilidad política castellana y al apoyo de los benimerines norteafricanos.
2.3 Al-Ándalus: economía, sociedad y cultura
La agricultura fue la ocupación de la mayoría de los andalusíes. Se impulsó el regadío y se difundieron nuevos cultivos (cítricos, arroz), aunque el cereal, la vid y el olivo mantuvieron su protagonismo. La artesanía alcanzó un gran desarrollo (textil en Córdoba). El comercio se desarrolló gracias a las vías de comunicación consolidadas (calzadas) y a la estratégica situación peninsular. Se exportaban productos de lujo y agrarios, y se importaban materias primas y esclavos.
La sociedad andalusí fue muy heterogénea. Su diversidad étnica, religiosa y el factor tribal tuvieron gran peso. Existían distintos grupos:
- La jassa, integrada por la aristocracia árabe y algunos linajes de la aristocracia visigoda convertida al islam (nobleza muladí; Banu Qasi), que controlaban la riqueza y los cargos políticos.
- La clase media, conformada por bereberes (ejército, campesinos) y sirios.
- La ammá, formada por muladíes, en su mayoría artesanos modestos o campesinos.
- Minorías religiosas, como mozárabes y judíos (gentes del Libro), que debían pagar ciertos impuestos de los que estaban exentos los musulmanes.
- Esclavos, en el escalón social más bajo.
La cultura andalusí fue producto de la fusión de tradiciones orientales e hispanas, favorecida por el establecimiento del árabe como lengua oficial. Los ámbitos más destacados fueron el científico —matemáticas y medicina (Maimónides)— y el literario, con autores como el poeta Ibn Hazm, el historiador Ibn Jaldún o el filósofo Averroes, quien difundió la obra de Aristóteles.
2.4 Los primeros núcleos de resistencia cristiana. Principales etapas de la Reconquista. Modelos de repoblación.
El primer núcleo cristiano fue el astur, surgido tras el triunfo del noble visigodo Pelayo en Covadonga (722). A lo largo de los siglos VIII y IX extendió sus dominios hacia Galicia y el valle del Duero (Reino de León). En el s. X el condado de Castilla se convirtió en reino independiente. Hacia el este, en el año 778 los vascones derrotaron a los carolingios en Roncesvalles; en el s. IX surgió el Reino de Pamplona. Los condados de Sobrarbe, Ribagorza y Aragón se consolidaron y formaron el Reino de Aragón en el s. IX. Los condados catalanes se independizaron de los francos en el s. X (Wilfredo el Velloso, conde de Barcelona).
Hasta el s. XI el avance cristiano fue lento por conflictos internos en los diversos reinos, pero la caída del Califato permitió la conquista del valle del Tajo (Toledo, 1085) y del Ebro (s. XII). Los reinos de Castilla-León y Aragón acordaron el reparto del sur peninsular en los tratados de Tudillén y Cazorla (s. XII). A lo largo del s. XIII se conquistaron Extremadura, el valle del Guadalquivir, Murcia, Valencia y las Baleares. En el s. XV se conquistó Granada.
Los diferentes sistemas de repoblación fueron:
- La ocupación libre de tierra (presura o aprisio, ss. VIII-IX).
- El establecimiento de municipios dotados de fueros que establecían deberes y derechos de los habitantes (concejil, ss. IX-XII).
- Grandes tierras encomendadas a órdenes militares para su defensa (encomiendas, ss. XII-XIII).
- Reparto de tierras a los participantes en la conquista, a veces como grandes latifundios (donadíos) (repartimientos, s. XIII).
2.5 Los reinos cristianos en la Edad Media: organización política, régimen señorial y sociedad estamental
El gobierno de los estados peninsulares recayó en reyes con amplios poderes: legislación, administración de justicia, acuñación de moneda, cobro de impuestos, ejército, etc., aunque en la práctica su poder se veía limitado por la autonomía de los señoríos. Los señoríos eran grandes dominios territoriales cuyo titular, por concesión real, ejercía, en mayor o menor grado, funciones propias del Estado. Todas las ciudades, villas o aldeas formaban parte de un señorío, en el que el señor tenía poder sobre tierras y personas: dominio territorial y derechos jurisdiccionales.
La sociedad se dividía en dos estamentos principales: los privilegiados (nobleza y clero), que disfrutaban de prerrogativas como no trabajar, no pagar ciertos impuestos y ser juzgados por sus propias leyes, y el estamento no privilegiado, mayoritario (pequeños propietarios libres, campesinos dependientes de los señoríos y grupos urbanos), que tenían la obligación de trabajar, pagar impuestos y someterse a las leyes tanto del rey como de los señores.
2.6 Organización política de la Corona de Castilla, de la Corona de Aragón y del Reino de Navarra al final de la Edad Media
La monarquía fue la institución principal de los reinos peninsulares. En Castilla la monarquía era unitaria: sólo existía un Estado y el rey era la máxima autoridad; el territorio se dividía en merindades y adelantamientos, la administración local la llevaban a cabo regidores, y la justicia se impartía en audiencias o chancillerías.
La Corona de Aragón fue federativa, compuesta por varios reinos que tenían sus propias instituciones y leyes. El rey tenía menos poder porque se impuso el pactismo: el poder del rey venía de Dios, pero se lo otorgaban sus súbditos a los que debía respeto. El rey gobernaba los reinos a través de gobernadores (virreyes) y los territorios se dividían en honores y veguerías (en Cataluña).
En Navarra, gobernada por monarcas ligados a Francia, el rey era la máxima autoridad y gobernaba con ayuda de la Cort General y la Cámara de Comptos, que controlaba las cuentas del reino.
El Consejo Real era una asamblea formada por los principales nobles del reino, obispos y abades que aconsejaban al rey en asuntos de gobierno. Las Cortes surgieron cuando al Consejo Real se unieron representantes de algunas ciudades; estaban formadas por tres estamentos: nobleza, clero y estado llano, y su función era aprobar las ayudas económicas solicitadas por el rey y los nuevos impuestos. En Castilla y Navarra existían unas Cortes únicas, y en Aragón cada reino tenía las suyas, aunque a veces se celebraban reuniones de Cortes conjuntas.
3.1 Los Reyes Católicos: unión dinástica e instituciones de gobierno
Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón decidieron gobernar conjuntamente sus territorios (Concordia de Segovia, 1475). Fue una unión personal y dinástica, pero no institucional, ya que cada reino conservó sus instituciones, leyes, lengua, moneda y aduanas.
Los Reyes Católicos fortalecieron el poder de la monarquía limitando el de la nobleza y creando instrumentos de control como la Santa Hermandad (orden público) y la Inquisición (control de la ortodoxia religiosa). En Castilla se reforzó el poder real; las Cortes perdieron importancia y se convocaron muy pocas veces. Se crearon los Consejos, con funciones legislativas y judiciales, integrados por letrados y dependientes directamente de la monarquía (Consejo de Castilla, Consejo de Órdenes Militares).
En las ciudades se creó la figura del corregidor, representante del rey con amplios poderes políticos, administrativos y financieros. En Aragón cada reino mantuvo sus instituciones, pero el rey impuso dos nuevas figuras: el virrey o delegado real y el Consejo de Aragón. Para administrar la justicia se creó una audiencia en cada uno de los reinos.
3.2 El significado de 1492. La guerra de Granada y el descubrimiento de América
Los Reyes Católicos unieron las fuerzas de Castilla y Aragón y, aprovechando tensiones existentes en el reino nazarí, conquistaron la zona que rodeaba la ciudad de Granada, dejándola aislada. La guerra duró diez años y se ganó por vía diplomática: el rey Boabdil firmó las capitulaciones el 2 de enero de 1492. Las capitulaciones eran generosas, pero no siempre sinceras: se permitía a los musulmanes (mudéjares) permanecer en el reino con su propia religión, leyes y autoridades. La paz no duró mucho; la reina y el cardenal Cisneros impulsaron la conversión forzosa en 1499, lo que provocó un levantamiento en las Alpujarras que fue aplastado en 1500.
El descubrimiento de América se debió a Cristóbal Colón, que proyectó llegar a la India navegando hacia el oeste para evitar a los turcos y a los piratas que dominaban la ruta comercial del Mediterráneo oriental. Tras ser rechazado por Juan II de Portugal, ofreció su proyecto a los Reyes Católicos, que firmaron con él las Capitulaciones de Santa Fe, por las cuales Colón sería almirante y virrey de las tierras conquistadas. Colón partió del puerto de Palos (Huelva) el 3 de agosto de 1492 y, tras hacer escala en Canarias, llegó el 12 de octubre a la isla de Guanahaní (San Salvador). Antes de regresar, descubrió la isla Juana (Cuba) y La Española (actual República Dominicana).
3.3 El imperio de los Austrias: España bajo Carlos I. Política interior y conflictos europeos
Las Comunidades de Castilla (1519-1521) tuvieron motivaciones diversas: el pueblo se rebelaba contra los nobles y contra la subordinación de Castilla a los intereses del imperio alemán; los nobles querían conservar sus privilegios frente a la nobleza flamenca que acompañaba al rey; y los representantes de las ciudades buscaban rebajar el poder del monarca y de la nobleza. El rey hizo concesiones a la nobleza y se aliaron para acabar con la sublevación; tras la batalla de Villalar (1521) los dirigentes Padilla, Bravo y Maldonado fueron decapitados y la rebelión reprimida.
Las germanías en Valencia y Mallorca fueron un movimiento social: en 1520 artesanos y pequeños propietarios rurales intentaron tomar el poder de las ciudades, controladas por los nobles y los burgueses más ricos, y sufrieron una grave crisis económica y una epidemia de peste. El ejército real y la nobleza sofocaron la rebelión en 1521.
La política exterior de Carlos I estuvo marcada por el enfrentamiento contra Francia por los territorios del norte de Italia, la amenaza turca en el Mediterráneo oriental (sitio de Viena) y los conflictos religiosos que culminaron con la paz de Augsburgo (1555), que reconoció la libertad religiosa en el Imperio alemán.
3.4 La monarquía hispánica de Felipe II. Gobierno y administración. Problemas internos. Guerras y sublevaciones en Europa
Felipe II gobernó asesorado por consejos divididos en dos categorías: los que tenían funciones territoriales (Castilla, Aragón, Italia, Indias, etc.) y los sectoriales, encargados de áreas específicas (Hacienda, Inquisición). Todos actuaban en la Corte junto al rey y eran, en general, consultivos; las decisiones final es las tomaba siempre el monarca.
En política interior tuvo que hacer frente a la rebelión de los moriscos en las Alpujarras (1568), que tardó dos años en sofocar. En política exterior sus ejes fueron: la rivalidad con Francia (victoria de San Quintín, 1557), la lucha contra los turcos (victoria de Lepanto, 1571), la rebelión en Flandes y el conflicto con Inglaterra (derrota de la Armada Invencible, 1588). En 1580 incorporó Portugal a su imperio tras la muerte sin descendencia del rey don Sebastián; Portugal mantuvo sus instituciones, Cortes, leyes, moneda, lengua y aduanas, quedando unido a Castilla únicamente en la persona del monarca.
3.5 Exploración y colonización de América. Consecuencias de los descubrimientos en España, Europa y América
La exploración y colonización de América fue un proceso relativamente rápido (unos 50 años), monopolizado por Castilla y puede distinguirse en tres etapas:
- Primera (1492-1515): ocupación de las Antillas y el descubrimiento del Pacífico (Núñez de Balboa).
- Segunda (1515-1535): grandes conquistas, como el Imperio azteca (Hernán Cortés) y el inca (Francisco Pizarro), y la culminación de la primera circunnavegación (Magallanes-Elcano).
- Tercera (1535-1550): exploración del Amazonas (Francisco de Orellana), conquista de Chile (Diego de Almagro) y fundación en el área del Río de la Plata (Pedro de Mendoza).
El territorio fue organizado en virreinatos, que se dividían en gobernaciones (provincias). La justicia quedó en manos de las audiencias, pero los verdaderos órganos de gobierno económico y político se encontraban en la Península: la Casa de Contratación (1503) y el Consejo de Indias (1524).
Las consecuencias para los indígenas fueron muy negativas: catástrofe demográfica, desaparición de estructuras políticas y culturales y sometimiento a los conquistadores. Para España supuso la adquisición de extensos territorios, una vía de escape de población y su conversión en potencia mediante la llegada masiva de metales preciosos, lo que provocó una inflación sostenida («revolución de los precios»). Para Europa supuso el impulso de empresas coloniales por parte de Inglaterra, los Países Bajos y Francia, y la creación de una economía-mundo.
3.6 Los Austrias del siglo XVII: el gobierno de válidos. La crisis de 1640
Los monarcas introdujeron en el gobierno la figura del válido, miembro de la aristocracia en quien el rey depositaba su confianza, entregándole las principales decisiones de gobierno. Gobernaban con juntas reducidas compuestas por sus partidarios y designaban a sus favoritos en los puestos más importantes. Aumentó la corrupción, ya que el válido controlaba la concesión de cargos y favores, beneficando a su familia y allegados. La oposición a los válidos la encabezaron los letrados que formaban parte de los consejos y los miembros de la aristocracia que fueron apartados de la corte.
El conde-duque de Olivares propuso la Unión de Armas (1626) para hacer frente a las guerras: consistía en crear un ejército de más de 140.000 hombres, aportados proporcionalmente por todos los reinos de la Monarquía, así como los recursos para su mantenimiento. Cataluña fue la primera en sublevarse: la población se amotinó en Barcelona, asesinando al virrey, y pidió ayuda a Francia, que derrotó al ejército castellano; Cataluña aceptó la soberanía francesa, situación que duró hasta 1652. Portugal también rechazó la política de Olivares, se sublevó y sus Cortes nombraron rey al duque de Braganza; Francia e Inglaterra le apoyaron y fue imposible su reincorporación posterior.
3.7 La Guerra de los Treinta Años y la pérdida de la hegemonía española en Europa
En el reinado de Felipe IV (1621-1665) España combatió en Europa participando en la Guerra de los Treinta Años al lado del emperador de Austria, enfrentado con los príncipes alemanes protestantes que defendían su autonomía y fueron apoyados por las potencias enemigas de España: Francia, Inglaterra, las Provincias Unidas, etc. La derrota de los Habsburgo en Rocroi (1643) y la firma de la Paz de Westfalia supusieron que el emperador aceptara la tolerancia religiosa y el poder de los príncipes alemanes; España reconoció la independencia de las Provincias Unidas (Holanda).
La guerra entre Francia y España terminó más tarde con la firma de la Paz de los Pirineos (1659), en la que España, de nuevo derrotada, perdió territorios en Europa y en la península, como el Rosellón y la Cerdaña. El enfrentamiento contra Inglaterra por el comercio americano se saldó con la pérdida de Jamaica en 1655 y el inicio de negociaciones comerciales. Más de cuarenta años de guerra permanente provocaron pérdidas que hicieron desaparecer la hegemonía española en Europa.
3.8 Principales factores de la crisis demográfica y económica del siglo XVII y sus consecuencias
En el siglo XVII España padeció una gran crisis económica y social. A nivel demográfico se produjo una caída de la población debido a epidemias, hambrunas y factores como la expulsión de los moriscos. Como resultado, se estima que España perdió alrededor de un millón de habitantes a lo largo de este siglo. A nivel económico, la reducción de las remesas americanas provocó un descenso de los ingresos de la Corona.
Para poder financiar las guerras, se tomaron medidas que a la larga agravaron la situación: subir impuestos; devaluar la moneda (se acuñó el vellón, de baja calidad, provocando inflación); y aumentar la deuda del Estado pidiendo préstamos a banqueros extranjeros y pagando altos intereses. Otro factor clave fue la debilidad del tejido productivo hispano, incapaz de abastecer su propio mercado colonial y que obligó a recurrir a costosas importaciones.
Como consecuencia de la crisis se produjo un proceso de refeudalización. Los grupos privilegiados (nobleza y clero) aumentaron en número e incrementaron sus rentas a costa de los campesinos. La burguesía comercial perdió fuelle y los campesinos se empobrecieron, aumentando la mendicidad.
3.9 Crisis y decadencia de la Monarquía Hispánica: el reinado de Carlos II y el problema sucesorio
Carlos II (1665-1700) fue el último rey de la casa de Austria. Tradicionalmente, su reinado ha sido considerado el momento de mayor decadencia de la monarquía, una imagen que hoy está en revisión. Su reinado se divide en dos etapas: la regencia de Mariana de Austria y el gobierno personal. Durante este tiempo se establecieron en el poder numerosos válidos: el padre Nithard, Fernando Valenzuela, Juan José de Austria, el duque de Medinaceli y el conde de Oropesa.
En el interior se iniciaron reformas que más tarde anunciaron la recuperación del s. XVIII (saneamiento de la Hacienda real, eliminación del vellón). En el exterior, la Monarquía tuvo que enfrentarse al expansionismo de Luis XIV de Francia; por la Paz de Nimega (1678) se cedió el Franco-Condado y diversas plazas en Flandes.
El problema sucesorio fue el asunto más importante de su reinado. Ante la falta de descendencia se barajaron dos posibles sucesores: Felipe de Borbón, duque de Anjou, y el archiduque Carlos de Austria. En su testamento Carlos II se decantó por el primero, nombrándolo heredero. El temor de algunas potencias europeas a la formación de un bloque hispano-francés dio origen a la Guerra de Sucesión española (1701-1713).
4.1 La Guerra de Sucesión española y el sistema de Utrecht. Los Pactos de Familia
En 1700 Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, accedió al trono de España. La alianza franco-española podía romper el equilibrio entre las potencias europeas, por lo que se formó la Gran Alianza de La Haya (1701) entre Inglaterra, Holanda, Austria, Portugal y otros reinos, que apoyó al archiduque Carlos de Austria y declaró la guerra a Felipe. En España, la Corona de Castilla defendió a Felipe, pero Aragón, temerosa del centralismo francés, apoyó a Carlos.
Felipe venció en la batalla de Almansa (1707), lo que le permitió conquistar los reinos de Valencia y Aragón; en Cataluña la guerra duró hasta la ocupación de Barcelona en 1714. En Europa, en 1711 murió el emperador de Austria José I y le sucedió el archiduque Carlos; la Gran Alianza decidió firmar los Tratados de Utrecht y Rastatt (1713-1714), en los que España, además de renunciar a sus derechos al trono de Francia, perdía sus posesiones europeas a favor de Austria y Saboya. Inglaterra fue la gran beneficiada con acuerdos comerciales (asiento de esclavos y navío de permiso) y anexiones territoriales (Gibraltar y Menorca).
Los Borbones se aliaron con Francia mediante tres Pactos de Familia que permitieron la recuperación de algunos territorios perdidos, como Nápoles, Sicilia, Parma, Piacenza y Menorca, aunque no Gibraltar.
4.2 La nueva monarquía borbónica. Los Decretos de Nueva Planta. Modelo de Estado y alcance de las reformas
El gobierno de Felipe V tuvo como primer objetivo la reforma de la administración con un modelo centralizado para reforzar la monarquía absoluta. Los Decretos de Nueva Planta (Valencia 1707, Aragón 1711 y Cataluña y Mallorca 1716) eliminaron los consejos e introdujeron las leyes, tribunales y chancillerías castellanas. Se suprimieron fronteras internas, se impuso el castellano como lengua oficial y el sistema de impuestos fue sustituido por el catastro (impuesto unificado). Solo en las provincias vascas, que habían apoyado a Felipe V en la Guerra de Sucesión, se conservaron los fueros.
El gobierno quedó en manos de cinco Secretarios de Despacho que dirigían la política; los consejos desaparecieron, salvo el de Castilla, que se convirtió en órgano consultivo para todo el país. España quedó dividida en provincias con una triple estructura: las audiencias tenían competencia judicial, las capitanías generales competencia militar y las intendencias responsabilidades civiles y económicas.
4.3 La España del siglo XVIII. Expansión y transformaciones económicas: agricultura, industria y comercio con América
La agricultura tuvo prioridad. Carlos III encargó informes sobre sus deficiencias (Jovellanos), pero los grupos privilegiados se opusieron a muchas reformas. En las manufacturas, la política de rearme naval permitió aumentar la producción en astilleros y fábricas de armas; continuaron las manufacturas reales, aunque no se promovió suficientemente la inversión privada.
España necesitó los ingresos procedentes de las colonias, por lo que trató de aumentar el control sobre las mismas y fomentar una mayor integración económica y administrativa. En 1778 se amplió el comercio colonial a la mayoría de los puertos españoles, lo que aumentó los beneficios de los grandes comerciantes peninsulares. En Hacienda se inició la emisión de vales reales o certificados de deuda pública; el éxito de las emisiones llevó a crear el Banco Nacional de San Carlos, que se hizo cargo de los pagos de la deuda e invirtió en el comercio colonial, aunque no pudo evitar la depreciación de algunos títulos y sufrió pérdidas importantes.
Cataluña fue la primera región que mejoró sus rendimientos agrícolas, lo que permitió a los agricultores obtener beneficios que, junto al proteccionismo de la Corona, contribuyeron a su posterior desarrollo industrial.
Causas del despegue económico de Cataluña
Entre los factores que explican el despegue catalán destacan la mejora de rendimientos agrícolas, la proximidad a mercados atlánticos y mediterráneos, el crecimiento de manufacturas y el proteccionismo region al favorecer determinadas industrias.
4.4 Ideas fundamentales de la Ilustración. El despotismo ilustrado: Carlos III
La Ilustración difundió ideas de progreso, razón y reforma. El despotismo ilustrado fue una política asociada a monarcas como Carlos III: monarquía absoluta que impulsaba reformas para el progreso bajo la consigna «todo para el pueblo, pero sin el pueblo».
Con Carlos III se intentó reformar la universidad para promover la investigación, las ciencias experimentales y la tecnología, aunque con resultados limitados. Intelectuales como Mayans o Feijóo criticaron el sistema educativo y la influencia de la Iglesia. A mediados de siglo se fundaron instituciones científicas y academias (Real Academia Española, Academia de la Historia); se financiaron expediciones científicas a América y el Pacífico con fines geográficos y científicos; y se crearon las Sociedades Económicas de Amigos del País, que difundieron innovaciones económicas y técnicas.
La sociedad comenzó a criticar a los privilegiados por su falta de utilidad social; se eliminó la incompatibilidad entre nobleza y trabajo y se declararon honrosas diversas profesiones. Las reformas provocaron tensiones, como el Motín de Esquilache; algunas medidas fueron anuladas y otras paralizadas. Se culpó a los jesuitas de la agitación y fueron expulsados de España.
