Las Unificaciones de Italia y Alemania
La Unificación Italiana: El Impulso Centrípeta
La fuerza que actuó en Italia fue una fuerza centrípeta, es decir, unificadora. La unificación italiana tuvo lugar durante el contexto de las revoluciones de 1830 y 1848, cuando el ejército piamontés fue derrotado por el austriaco.
En los Estados del norte de Italia se desarrolló un enfrentamiento contra Austria, lo que generó un sentimiento de resistencia y de no pertenencia al Imperio Austríaco.
En Italia se formaron sociedades secretas que difundieron las ideas nacionalistas, es decir, la idea de una nación italiana. Estas ideas nacionalistas se vieron reforzadas por un resurgimiento cultural que reivindicaba la cultura y la literatura italiana. Se defendía que desde el norte hasta el sur existía una misma cultura y una misma lengua. Este movimiento cultural recuerda a otros similares que surgieron en España, como en Cataluña o en Galicia. A partir de este resurgimiento cultural nacieron varios proyectos políticos para llevar a cabo la unificación italiana.
El Modelo Triunfante: El Reino del Piamonte
Finalmente, se impuso el modelo del Reino del Piamonte, cuyo proyecto fue defendido por su primer ministro, Cavour, al servicio del rey Víctor Manuel II. El proyecto que prevaleció fue que el Piamonte liderara la unificación de todos los Estados italianos, convirtiéndose en el eje del nuevo Estado. El rey del Piamonte, Víctor Manuel II, sería proclamado rey de Italia.
Existieron diferentes proyectos políticos para la unificación italiana, como el republicano de Mazzini o el confederal bajo el Papa, pero el modelo que finalmente triunfó fue el de Cavour, es decir, que uno de los Estados existentes liderara la unificación.
Italia y Alemania tienen en común que en ambos casos hubo un Estado que dirigió el proceso de unificación. En el caso de Italia fue el Piamonte, y en el caso de Alemania fue Prusia.
La unificación italiana se realizó enfrentándose al Imperio Austríaco, que controlaba territorios del norte de Italia. Además, el proceso tuvo que enfrentarse a los Estados Pontificios, que dominaban Italia central, y al Reino de las Dos Sicilias, gobernado por los Borbones en el sur. El Piamonte tuvo que luchar contra estos poderes para lograr la unificación de toda Italia bajo un solo Estado.
El Proceso de Unificación Italiana por Etapas
Anexión de Lombardía (1859)
El proceso de unificación italiana comenzó con la expansión del Reino del Piamonte-Cerdeña. Su objetivo era anexionar territorios italianos para formar un Estado unificado.
Con la ayuda de Francia, el Piamonte, liderado por el primer ministro Cavour y el rey Víctor Manuel II, se enfrentó al Imperio Austríaco y lo derrotó en las batallas de Magenta y Solferino (1859). Como consecuencia, Lombardía fue el primer territorio en incorporarse al proceso de unificación.
Como compensación por su ayuda militar, Francia recibió los territorios de Saboya y Niza.
Tras estas victorias, en 1860, Cavour convocó plebiscitos en varios territorios del centro de Italia para que la población decidiera su integración en el Reino del Piamonte.
Las batallas de Magenta y Solferino fueron muy sangrientas. Tras la batalla de Solferino, el suizo Henry Dunant impulsó la creación de la Cruz Roja, destinada a auxiliar a los heridos de ambos bandos.
Conquista del Reino de las Dos Sicilias (1860)
En el sur de Italia, el sentimiento nacionalista era más débil. En 1860, Giuseppe Garibaldi, al frente de la Expedición de los Mil (camisas rojas), conquistó el Reino de las Dos Sicilias, gobernado por la dinastía borbónica.
Garibaldi entregó estos territorios al Reino del Piamonte. En 1861, se reunió el primer Parlamento nacional italiano en Turín, que proclamó el Reino de Italia, con Víctor Manuel II como rey.
Incorporación del Véneto (1866)
El Véneto permanecía bajo dominio austríaco. Este territorio se incorporó al nuevo Estado italiano en 1866, tras la derrota de Austria frente a Prusia, aliada de Italia en este conflicto.
Ocupación de Roma (1870)
La última fase fue la incorporación de los Estados Pontificios, gobernados por el Papa y protegidos por tropas francesas.
En 1870, la derrota de Francia frente a Prusia en la Guerra Franco-Prusiana obligó a retirar las tropas francesas de Roma. Aprovechando esta situación, el ejército italiano ocupó la ciudad.
Roma fue proclamada capital del Reino de Italia, culminando el proceso de unificación. Este conflicto con el Papado dio lugar a la llamada Cuestión Romana.
Consecuencias de la Unificación Italiana
Tras la unificación de los distintos territorios bajo la monarquía de los Saboya, en Italia se instauró una monarquía parlamentaria, con un Parlamento y una Constitución. El nuevo Estado adoptó el sistema político del Reino del Piamonte, basado en el Estatuto Albertino, que establecía un régimen liberal.
No obstante, la unificación no resolvió los problemas económicos y sociales del país. Persistieron profundas diferencias entre el norte y el sur:
- El norte se desarrolló como una región industrializada y urbana.
- El sur permaneció rural, pobre y atrasado, lo que generó importantes desequilibrios económicos y sociales en el nuevo Estado italiano.
La Unificación Alemana
Otto von Bismarck fue un político prusiano y canciller alemán, conocido como el Canciller de Hierro. Fue el principal impulsor de la unificación alemana. A mediados del siglo XIX, Alemania estaba dividida en 39 Estados, integrados en la Confederación Germánica, creada tras la derrota de Napoleón con el objetivo de mantener el equilibrio europeo y frenar los movimientos liberales y nacionalistas.
Dentro de esta confederación se encontraban Estados como Baviera, Sajonia, Hannover y Holstein. Las dos potencias principales eran Austria y Prusia: Austria era mayoritariamente católica y tenía inicialmente mayor influencia política, mientras que Prusia era luterana y cada vez más fuerte económica y militarmente.
La Formación de Alemania: Pequeña Alemania vs. Gran Alemania
La unificación alemana se llevó a cabo siguiendo el modelo de la Pequeña Alemania, liderada por Prusia y que excluía a Austria. Este modelo se impuso frente al de la Gran Alemania, que defendía una unificación bajo liderazgo austríaco. Baviera, un Estado católico del sur con importantes ciudades como Múnich, tendía a apoyar a Austria, aunque no tenía capacidad para liderar el proceso.
El Romanticismo y el nacionalismo alemán se difundieron por toda la Confederación Germánica, defendiendo la existencia de una lengua, una cultura y una historia comunes. Además, la burguesía alemana veía como un obstáculo económico la división territorial, ya que existían numerosas fronteras y aduanas.
El Zollverein: La Unión Aduanera
Por ello se creó el Zollverein, una unión aduanera liderada por Prusia que eliminó los aranceles entre los Estados alemanes y favoreció el desarrollo económico y la unificación política.
Una unión aduanera es un acuerdo entre varios países para suprimir las barreras comerciales internas y establecer un arancel común frente al exterior.
El Parlamento de Fráncfort y las Opciones de Unificación
La difusión del Romanticismo y del nacionalismo se produjo en toda Alemania, tanto en el norte como en el sur, en el este y en el oeste de la Confederación Germánica.
Tras el Parlamento de Fráncfort, surgieron dos opciones: crear una Gran Alemania, liderada por Austria, o una Pequeña Alemania, liderada por Prusia. Muchos Estados católicos del sur, como Baviera, eran más partidarios de Austria. Sin embargo, fue Prusia la que finalmente logró liderar el proceso de unificación, superando la resistencia de estos Estados.
El Proceso de Unificación a Través de Tres Conflictos Bélicos
Guerra de los Ducados (1864)
Austria y Prusia se aliaron para enfrentarse a Dinamarca por el control de los ducados de Schleswig y Holstein, territorios gobernados por Dinamarca pero con población mayoritariamente alemana. Tras la victoria, Schleswig pasó a ser administrado por Prusia y Holstein por Austria.
Guerra contra Austria (1866)
La alianza entre Austria y Prusia fue breve. Prusia atacó a Austria y la derrotó en la batalla de Sadowa. Tras esta victoria, Prusia pasó a liderar el proceso de unificación y se creó la Confederación Alemana del Norte, que excluía a Austria.
Guerra Franco-Prusiana (1870)
La guerra entre Francia y Prusia permitió a Bismarck atraer a los Estados alemanes del sur. Tras la victoria prusiana en la batalla de Sedán, cayó el Segundo Imperio francés y Guillermo I de Prusia fue proclamado emperador del Segundo Reich alemán.
En 1871, se firmó el Tratado de Fráncfort, por el cual Francia, tras su derrota, cedió a Alemania los territorios de Alsacia y Lorena. Esta pérdida provocó un fuerte resentimiento en Francia y fue una de las causas del enfrentamiento franco-alemán que desembocaría en la Primera Guerra Mundial.
Los Imperios Plurinacionales en el Siglo XIX
El Imperio Austro-Húngaro
El Imperio Austríaco fue una de las grandes potencias europeas del siglo XIX. Al igual que el Imperio Ruso o el Otomano, se caracterizaba por una escasa implantación de las ideas liberales y por mantener estructuras políticas y sociales muy cercanas al Antiguo Régimen, con un fuerte peso de la aristocracia y la Iglesia.
En el Imperio gobernaba la dinastía de los Habsburgo, que históricamente había liderado el Sacro Imperio Romano Germánico hasta su disolución en 1806. Esta monarquía mantuvo un sistema político autoritario y, tras el Congreso de Viena y la Restauración, el emperador Francisco José I, que accedió al trono en 1848, reforzó este modelo para frenar las oleadas revolucionarias liberales y nacionalistas.
El punto de inflexión ocurrió en 1866 con la derrota de Austria frente a Prusia en la batalla de Sadowa. Como consecuencia, Austria quedó excluida de la unificación alemana y perdió su influencia en la Confederación Germánica. Además, el Imperio debía afrontar un grave problema interno: su enorme diversidad étnica, con pueblos como austríacos, húngaros, checos, eslovacos, serbios y rumanos que reclamaban su propia identidad nacional.
Para evitar la desintegración del Estado tras la derrota militar y las constantes presiones nacionalistas, el emperador Francisco José I se vio obligado a pactar con la minoría más poderosa, los húngaros.
En 1867 se firmó el llamado «Compromiso», que transformó el Estado en la monarquía dual de Austria-Hungría. El Imperio se dividió en dos Estados con gobiernos y parlamentos propios, pero unidos por la figura del emperador, que también era rey de Hungría, y por una política común en asuntos exteriores, defensa y parte de las finanzas.
El Imperio Ruso
El Imperio Ruso estaba gobernado por los zares, que pertenecían a la dinastía Romanov. El zar concentraba todo el poder y se apoyaba fundamentalmente en el ejército y en la Iglesia Ortodoxa, que era la religión mayoritaria en Rusia.
Desde el punto de vista económico, el Imperio Ruso era un Estado muy atrasado, ya que seguía existiendo la servidumbre, una situación en la que los campesinos dependían directamente de los grandes propietarios y estaban sometidos a duras condiciones de vida.
El Imperio Ruso alcanzó su máxima expansión territorial durante el reinado del zar Alejandro I, que convirtió a Rusia en una gran potencia europea tras derrotar a Napoleón. En 1825, Alejandro I fue sustituido por Nicolás I, y ese mismo año tuvo lugar la revuelta decembrista, protagonizada por militares liberales que pretendían limitar el poder absoluto del zar.
Tras la Guerra de Crimea, el nuevo zar Alejandro II introdujo algunas reformas, siendo la más importante la abolición de la servidumbre en 1861.
Poco a poco, Rusia, que era un imperio principalmente agrario, empezó a experimentar una ligera industrialización, sobre todo en la zona occidental del Imperio, como San Petersburgo y Moscú.
Las reformas impulsaron una cierta industrialización en algunas regiones y favorecieron la llegada de inversiones extranjeras. En este contexto se creó una importante red ferroviaria, como el ferrocarril Transiberiano, que llegó a ser una de las más extensas del mundo.
A finales del siglo XIX, solo alrededor del 1 % de la población rusa era proletariado industrial, ya que el Imperio Ruso seguía siendo mayoritariamente agrario. El principal problema seguía siendo el atraso económico y la situación de miseria en la que vivían la mayoría de los campesinos.
El Imperio Otomano
El Imperio Otomano fue otro de los grandes imperios del siglo XIX. Se extendía por gran parte del Mediterráneo oriental, Oriente Próximo y la región de los Balcanes.
A lo largo del siglo XIX, este imperio empezó a mostrar una creciente debilidad, causada por una grave crisis económica y un notable atraso político y militar. Además, dentro del Imperio Otomano comenzaron a surgir y a desarrollarse movimientos nacionalistas, especialmente en los Balcanes, que provocaron la independencia de varios territorios.
Poco a poco se llevaron a cabo reformas en la administración y en el ejército, iniciadas en 1839 con el período de las reformas del Tanzimat, con el objetivo de modernizar el Estado y fortalecer el poder central. Sin embargo, la presión ejercida por el movimiento reformista y liberal de los llamados Jóvenes Otomanos dio lugar únicamente a la proclamación de una Constitución en 1876, que tuvo una aplicación breve e inestable y no logró consolidarse de forma duradera.
La Cuestión de Oriente y el Tratado de Berlín
En el siglo XIX, el Imperio Otomano comenzó a perder influencia y poder en la zona de los Balcanes debido a una profunda crisis económica, política e institucional. Este debilitamiento fue aprovechado por otras potencias, especialmente el Imperio Austríaco y el Imperio Ruso, que empezaron a mostrar un gran interés por la región.
El Imperio Ruso quería extender su influencia en los Balcanes y, sobre todo, le interesaba conseguir una salida al mar Mediterráneo a través de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos. Rusia tenía especial interés en las zonas del este y sureste de Europa, ya que eran estratégicas y económicamente importantes.
Para evitar que Rusia aumentara demasiado su poder, Reino Unido y Francia intervinieron para mantener el equilibrio entre las potencias europeas. Esta intervención dio lugar a la Guerra de Crimea (1853-1856), en la que participaron fuerzas británicas, francesas y piamontesas junto al Imperio Otomano contra Rusia. La guerra finalizó con la Paz de París, que debilitó el sistema de equilibrio establecido en el Congreso de Viena y obligó a Rusia a frenar su expansión hacia el Mediterráneo.
A partir de este momento se debilitó el sistema diplomático surgido del Congreso de Viena. Posteriormente, estalló una nueva guerra entre Rusia y el Imperio Otomano, ya que Rusia apoyó las sublevaciones nacionalistas en territorios balcánicos como Serbia, Montenegro y Bulgaria. Este conflicto finalizó en 1878 con el Tratado de Berlín, que reconoció la independencia de Serbia, Montenegro y Rumanía, mientras que Bosnia y Herzegovina quedaron bajo la administración del Imperio Austrohúngaro. La llamada Cuestión de Oriente fue, por tanto, un conflicto permanente entre los grandes imperios europeos por el control de los Balcanes, provocado por la decadencia del Imperio Otomano y el auge del nacionalismo en la región.
