Monarquía Hispánica: válidos, reformas de Olivares y transformación política (siglos XVI–XVIII)

El concepto de “válido” y los proyectos de reforma del Conde‑Duque de Olivares en la Monarquía Hispánica

Durante el siglo XVII, la Monarquía Hispánica experimentó una transformación política con la aparición de los válidos, figuras de confianza del rey que asumían funciones de gobierno ante la complejidad administrativa y la falta de intervención directa de algunos monarcas.

¿Qué era un válido?

El válido era un noble de confianza del rey, sin cargo oficial definido, pero con gran influencia como intermediario entre el monarca y las instituciones. Surgió con Felipe III (Duque de Lerma) y se consolidó con Felipe IV, cuyo válido más destacado fue el Conde‑Duque de Olivares. Gobernaban al margen de los Consejos tradicionales, usando juntas propias, lo que concentraba el poder y generaba tensiones institucionales.

El Conde‑Duque de Olivares y sus reformas

Gaspar de Guzmán, válido de Felipe IV (1621–1643), buscó reformar y fortalecer la Monarquía Hispánica mediante medidas internas y externas:

  • Unión de Armas: Propuesta para que todos los reinos contribuyeran proporcionalmente al ejército, aligerando la carga que hasta entonces soportaba principalmente Castilla. Fue rechazada por muchos territorios, especialmente la Corona de Aragón.
  • Reformas administrativas y fiscales: Intentó centralizar el poder, modernizar la administración y aumentar los ingresos mediante nuevas formas de recaudación. La resistencia territorial limitó su efectividad.
  • Política exterior y conflictos: Mantuvo una política agresiva para conservar la hegemonía española, participando en la Guerra de los Treinta Años y enfrentamientos con Francia, Inglaterra y las Provincias Unidas, provocando fuerte endeudamiento.
  • Crisis y rebeliones: La presión fiscal y las reformas provocaron la rebelión de Cataluña y la independencia de Portugal en 1640. Las derrotas militares y la crisis económica debilitaron su posición y llevaron a su caída en 1643.

Conclusión

La figura del válido, y en particular Olivares, refleja las dificultades de la Monarquía Hispánica del siglo XVII para adaptarse a nuevos retos. Sus reformas buscaban fortalecer el Estado, pero la resistencia de los territorios, la crisis económica y los conflictos bélicos impidieron su éxito, quedando como un intento fallido de modernización en un imperio en declive.

El Imperio de Felipe II: expansión, conflictos y desafíos políticos

Durante el reinado de Felipe II (1556–1598), la Monarquía Hispánica alcanzó su máxima extensión, convirtiéndose en un imperio global con territorios en Europa, América, Asia y África, incluyendo la península ibérica, los Países Bajos, territorios italianos, colonias americanas, enclaves africanos y Filipinas. Esta grandeza territorial trajo importantes desafíos políticos y militares.

  1. Rebelión en los Países Bajos:
    Iniciada en 1568, tuvo como causas la presión fiscal, la imposición del catolicismo y la resistencia a la centralización. Derivó en la independencia de las Provincias Unidas y debilitó la posición española en Europa.
  2. Rivalidades con Francia e Inglaterra:
    Se mantuvo la rivalidad con Francia por territorios italianos (Milán, Nápoles), aunque la Paz de Cateau‑Cambrésis (1559) puso fin a las guerras italianas. Con Inglaterra, la enemistad aumentó con Isabel I, culminando en la derrota de la Armada Invencible (1588).
  3. Amenaza otomana en el Mediterráneo:
    El Imperio Otomano fue un rival constante. La Batalla de Lepanto (1571), con participación española, fue un hito, pero no eliminó la presión otomana sobre rutas comerciales y costas.
  4. Complejidad administrativa:
    La extensión del imperio dificultaba la comunicación y gestión de recursos humanos y financieros. La burocracia, aunque eficaz, no siempre respondía con rapidez ante crisis locales.
  5. Unión con Portugal:
    En 1580, Felipe II heredó la corona portuguesa, incorporando su imperio colonial. Esto reforzó el poder global, pero supuso nuevos desafíos en la defensa de rutas comerciales frente a holandeses e ingleses.

Conclusión

El reinado de Felipe II representa el apogeo territorial de la Monarquía Hispánica, pero también evidenció sus tensiones estructurales: conflictos exteriores, presión fiscal, guerras religiosas y complejidad administrativa. A pesar de sus logros, dejó un imperio difícil de sostener a largo plazo.

El Imperio territorial de Carlos I

Carlos I (1517–1556), hijo de Felipe I el Hermoso y Juana de Castilla, heredó un imperio de enorme extensión que abarcaba la Corona de Castilla y Aragón, territorios italianos como Nápoles, Sicilia y Cerdeña, los condados de Rosellón y Cerdaña, las colonias americanas, el archiducado de Austria y los dominios de los Países Bajos, el Franco Condado y Luxemburgo. Su llegada a España en septiembre de 1517 generó recelos entre las Cortes castellanas y aragonesas por ser un monarca extranjero que desconocía la lengua y las costumbres locales. Llegó acompañado de consejeros flamencos, como Adriano de Utrecht, futuro Papa Adriano VI, que ocuparon importantes cargos de gobierno.

Para ganarse la confianza de sus súbditos y obtener recursos para sus empresas imperiales, Carlos convocó Cortes en Castilla, Aragón y Cataluña, donde aseguró apoyo político y financiación para sus ambiciosos proyectos europeos.

En 1519, tras la muerte de su abuelo Maximiliano de Habsburgo, fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V, asumiendo la jefatura de una monarquía con enormes responsabilidades internacionales. Heredó un contexto complejo: la expansión del protestantismo en Alemania bajo Lutero, la ambición de Francia sobre Italia y la amenaza turca en el Mediterráneo, que condicionaron gran parte de su reinado.

Carlos I defendió la idea de una monarquía cristiana universal, donde la autoridad espiritual del Papa se complementaba con el poder del emperador, enfrentándose a la fragmentación política y a los intereses de los distintos estados y príncipes europeos. Para mantener esta visión, se vio envuelto en continuas guerras en Italia, Alemania y los Países Bajos, lo que le obligó a residir solo 14 años en España, dedicando gran parte de su tiempo a la política imperial.

El protestantismo, al expandirse en Alemania y los Países Bajos, cuestionó la unidad religiosa que sostenía la Monarquía Hispánica. Este conflicto culminó con la Paz de Augsburgo (1555), que reconoció la libertad de cada príncipe alemán para elegir la religión de su territorio, suponiendo un freno a los planes de unidad cristiana de Carlos.

Tras estas dificultades y problemas de salud, abdicó en 1556, dejando a su hijo Felipe II los reinos españoles, las posesiones italianas y americanas, mientras que a su hermano Fernando cedió el archiducado de Austria y el título imperial. Se retiró al monasterio de Yuste (Cáceres), donde falleció en 1558, cerrando un reinado marcado por la expansión territorial, la complejidad administrativa y los desafíos religiosos y políticos de un imperio global.

La construcción del Estado Moderno

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, llevaron a cabo reformas que transformaron la monarquía feudal medieval en un Estado moderno, caracterizado por la centralización del poder, la profesionalización de la administración y el control de la nobleza, el clero y las ciudades. Su reinado fue decisivo en la formación del absolutismo monárquico.

Nobleza

Se redujo su poder mediante represión y concesiones; se eliminaron abusos señoriales, se recuperaron tierras y rentas de Enrique IV y se consolidó el mayorazgo, que garantizaba la estabilidad patrimonial pero limitaba la influencia política de las familias nobles.

Administración

  • El Consejo Real, dominado por letrados y juristas, se convirtió en el principal órgano de gobierno.
  • Las Cortes, especialmente en Castilla, perdieron importancia y se convocaban sobre todo para aprobar impuestos.
  • Se instituyó el cargo de corregidor en las ciudades, representante directo del monarca.
  • Las Chancillerías de Valladolid y Granada funcionaban como tribunales supremos de justicia.
  • La Hacienda real se reorganizó, aumentando los ingresos mediante impuestos directos e indirectos (alcabalas, consumos, tercias reales).
  • Se creó un ejército permanente y profesional, con la Santa Hermandad como fuerza de orden interno y los tercios como unidad militar moderna.

Religión

  • Obtuvieron el patronato regio, que permitía nombrar obispos y controlar la Iglesia en el reino.
  • Tomaron control de las Órdenes Militares y establecieron nuevos impuestos eclesiásticos (bula de cruzada, excusado, tercias reales).
  • Crearon la Inquisición (1478), dependiente directamente de la Corona, para garantizar la unidad religiosa y el control ideológico.

El resultado fue una monarquía fuerte y centralizada, en la que la autoridad emanaba del rey y la religión católica se convirtió en fundamento ideológico del Estado. Las reformas de los Reyes Católicos supusieron el nacimiento del Estado moderno en España, consolidando la autoridad monárquica, subordinando los poderes tradicionales y estableciendo un modelo de gobierno que perduró durante los Austrias. Su reinado marcó el fin de la Edad Media política y el inicio de la monarquía autoritaria moderna.

La Guerra de los Treinta Años y sus consecuencias para la Monarquía Hispánica y Europa

Durante los reinados de Carlos I y Felipe II, la hegemonía de España en Europa y el Mediterráneo estaba firmemente consolidada. El reinado de Felipe III transcurrió en relativa calma, pero durante el de Felipe IV se inicia el declive español en Europa, enfrentando rebeliones internas como las de Cataluña y Portugal, y fracasos en conflictos internacionales.

La Guerra de los Treinta Años (1618–1648), que puso fin a las guerras de religión europeas iniciadas en 1517, tuvo causas religiosas (catolicismo frente a protestantismo) y políticas (el enfrentamiento entre Francia y sus aliados contra la casa de Austria, tanto la rama alemana como la española). Francia contó con el apoyo de Holanda, Dinamarca, Suecia y los protestantes alemanes.

La guerra concluyó con la Paz de Westfalia (1648), firmada mediante dos tratados en Osnabrück (15 de mayo) y Münster (24 de octubre). Esta paz significó:

  • La derrota de los Austrias y el fracaso de su proyecto de Europa como estado cristiano unificado.
  • La desintegración política del Imperio alemán.
  • La consagración de la libertad religiosa y del equilibrio europeo en las relaciones internacionales.
  • La preponderancia de Francia como potencia dominante en Europa.

España quedó excluida de los acuerdos principales, por lo que tuvo que firmar por separado con Holanda la Paz de Münster (1648), reconociendo la independencia de las Provincias Unidas. La guerra contra Francia continuó hasta la Paz de los Pirineos (1659), que supuso:

  • La cesión de Rosellón, Cerdaña y varias plazas de los Países Bajos a Francia.
  • El reconocimiento de la superioridad francesa.

Estas pérdidas marcaron el fin de la hegemonía española en Europa, dejando a Francia como la nueva potencia dominante en el continente.

La Rebelión de Cataluña de 1640: causas, desarrollo y consecuencias

La Rebelión de Cataluña de 1640, también conocida como la Guerra de los Segadores, fue un episodio clave de la crisis interna de la Monarquía Hispánica durante el reinado de Felipe IV y bajo el gobierno de su válido, el Conde‑Duque de Olivares. Puso de manifiesto las tensiones entre el centralismo castellano y los privilegios de los territorios periféricos, especialmente la Corona de Aragón.

Causas del conflicto

  • Política centralizadora de Olivares: Su proyecto de la Unión de Armas, que buscaba que todos los reinos contribuyeran proporcionalmente al esfuerzo militar, chocó con los fueros y autonomía de Cataluña.
  • Presión fiscal y militar: La participación en la Guerra de los Treinta Años y otros conflictos exigía recursos elevados. Cataluña, que hasta entonces contribuía poco, tuvo que alojar y mantener tropas castellanas, generando malestar.
  • Tensiones sociales y económicas: La presencia de soldados provocó abusos, saqueos y enfrentamientos con campesinos, agravados por la crisis económica que afectaba a la península.

Desarrollo de la rebelión

El conflicto estalló el 7 de junio de 1640, en el llamado Corpus de Sangre, cuando los campesinos armados, conocidos como segadors, asesinaron al virrey, el conde de Santa Coloma, en Barcelona. Esto dio inicio a la revuelta generalizada. Las autoridades catalanas buscaron apoyo exterior, ofreciendo la soberanía a Luis XIII de Francia, quien envió tropas. Cataluña se convirtió así en un escenario de confrontación entre España y Francia, prolongándose la guerra más de una década, con combates en Cataluña y la frontera franco‑española.

Consecuencias

  • Fracaso del proyecto de Olivares: La revuelta, junto con la independencia de Portugal en 1640, debilitó los planes centralizadores y llevó a la destitución del válido en 1643.
  • Pérdida de territorios: Aunque Cataluña fue reincorporada en 1652, en la Paz de los Pirineos (1659) España cedió a Francia el Rosellón y parte de la Cerdaña, debilitando su posición en Europa.
  • Reafirmación de los fueros: La monarquía permitió que Cataluña conservara sus instituciones y privilegios para evitar nuevas revueltas.

Conclusión

La Rebelión de Cataluña reflejó las tensiones internas de un imperio en declive. El intento de centralización chocó con la diversidad territorial y jurídica de la Monarquía Hispánica, debilitando la autoridad real y marcando el inicio del fin de la hegemonía española en Europa, mientras que para Cataluña supuso un conflicto duradero y la reafirmación de su identidad política dentro de la monarquía.

La unión dinástica y la organización política de los reinos

La unión de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en 1469 fue un hecho decisivo para la formación de la Monarquía Hispánica. Aunque su matrimonio simbolizó la unidad peninsular, se trató de una unión dinástica —dos coronas bajo los mismos monarcas— y no de un Estado unificado, marcando el inicio del Estado moderno en España.

El contexto previo estuvo marcado por guerras civiles y conflictos entre la monarquía y la nobleza. Isabel accedió al trono de Castilla en 1474 tras la muerte de su hermano Enrique IV, en un ambiente de crisis sucesoria. La Guerra de Sucesión Castellana (1475–1479) enfrentó a Isabel, apoyada por Aragón y la alta nobleza, contra Juana la Beltraneja y el rey Alfonso V de Portugal. La victoria isabelina se consolidó con el Tratado de Alcaçovas (1479), que reconocía a Isabel y Fernando como soberanos de Castilla y establecía las zonas de influencia atlánticas entre España y Portugal.

La Concordia de Segovia (1475) reguló las prerrogativas de cada monarca: Isabel mantenía la soberanía efectiva en Castilla y Fernando en Aragón. Cada reino conservaba leyes, instituciones, lenguas y sistemas fiscales propios, de modo que no hubo fusión política, sino coordinación personal de los monarcas, especialmente en política exterior y religiosa.

Castilla se convirtió en la base económica y política de la monarquía, con mayor población, economía más dinámica (lana y comercio atlántico) y plataforma para la expansión ultramarina. Aragón mantenía una tradición pactista y mediterránea, con Cortes poderosas y autonomía territorial.

Las incorporaciones de Granada (1492) y Navarra (1512) completaron la unidad territorial peninsular, aunque ambos reinos conservaron sus leyes y fueros. Los Reyes Católicos consolidaron así la unidad dinástica y la proyección internacional de la monarquía mediante alianzas matrimoniales con Portugal, Inglaterra y la casa de Austria.

Conclusión

La unión dinástica de 1469 no creó un Estado centralizado, sino una monarquía compuesta, basada en la coordinación de dos soberanos. Sin embargo, sentó las bases de la España moderna, estableciendo dirección política común, política exterior coherente y un proyecto de unidad territorial bajo la autoridad de la Corona.

Las minorías en tiempos de los Reyes Católicos

Durante el reinado de Isabel y Fernando (1474–1516), la construcción del Estado moderno incluyó no solo la unidad política y territorial, sino también la búsqueda de la unidad religiosa y social. En una península marcada por la convivencia de cristianos, judíos y musulmanes, la religión católica se entendió como un instrumento de cohesión política.

Tras la finalización de la Reconquista (1492), la diversidad religiosa se percibió como una amenaza para la estabilidad del Estado. La Inquisición, creada en 1478 con autorización papal, se convirtió en herramienta de control político y social, vigilando la ortodoxia de los conversos (judíos o musulmanes convertidos) y castigando cualquier desviación doctrinal.

Judíos

Constituían una minoría influyente en comercio, finanzas y administración, pero fueron expulsados mediante el Edicto de Granada (1492): tenían cuatro meses para convertirse o abandonar el reino. Aproximadamente 200.000 judíos se exiliaron, mientras que otros se convirtieron, generando la categoría de “cristianos nuevos”, objeto de sospecha y discriminación.

Musulmanes

Las Capitulaciones de Granada inicialmente garantizaban la libertad religiosa, pero la política cambió con el cardenal Cisneros en 1499, promoviendo conversiones forzosas. Las revueltas de las Alpujarras llevaron al Decreto de 1501, que prohibía el islam en Castilla. Los mudéjares se convirtieron oficialmente al cristianismo, surgiendo los moriscos, musulmanes bautizados que eran vigilados por sospechas de practicar su fe en secreto.

Conversos

Tanto judíos como musulmanes convertidos continuaron sufriendo discriminación social. La preocupación por la “limpieza de sangre” excluía a estos grupos de cargos eclesiásticos y civiles, mientras que la Inquisición perseguía cualquier desviación religiosa.

La política de los Reyes Católicos hacia las minorías puso fin a la convivencia cultural peninsular, fortaleció el poder de la monarquía y cohesionó el Estado, pero tuvo efectos negativos: pérdida de capital humano y económico, homogeneización cultural y radicalización social y religiosa. España quedó configurada como un Estado confesional católico, base ideológica de su política interior y exterior durante los siglos siguientes.

La Guerra de Sucesión Española y los Tratados de Utrecht y Rastatt

La Guerra de Sucesión Española (1701–1714) se originó tras la muerte de Carlos II, último de los Austrias, sin descendencia. Su testamento designó heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, iniciando la dinastía borbónica. Austria, Inglaterra, Holanda y otras potencias europeas apoyaron al archiduque Carlos de Austria, generando un conflicto con dos dimensiones: internacional y civil dentro de España. Castilla apoyó a Felipe, mientras Cataluña y Valencia defendieron a Carlos para proteger sus fueros y autonomía.

Las campañas se desarrollaron en Europa y España, con batallas decisivas como Almansa (1707) y Villaviciosa (1710), que consolidaron el dominio de Felipe V. En 1711, al heredar Carlos la corona imperial, las potencias europeas presionaron por la paz.

Los Tratados de Utrecht (1713) y Rastatt (1714) establecieron:

  • Felipe V reconocido como rey, renunciando a derechos al trono francés.
  • Cesión de territorios a Austria (Flandes, Nápoles, Milán y Cerdeña) y a Inglaterra (Gibraltar y Menorca, con privilegios comerciales).
  • Sicilia pasó al Ducado de Saboya. Rastatt ratificó la aceptación de Felipe por Austria.

Consecuencias

  • Consecuencias internas: instauración de los Borbones y modelo absolutista centralista, con los Decretos de Nueva Planta que eliminaron fueros de la Corona de Aragón y reorganizaron el Estado bajo el modelo castellano.
  • Consecuencias internacionales: pérdida de posesiones europeas, mantenimiento del imperio americano, consolidación de Inglaterra como potencia marítima y de Austria en Europa continental, y un nuevo orden basado en el equilibrio de potencias.

Conclusión: la guerra marcó el fin de los Austrias, la centralización borbónica y la entrada de España en la modernidad política europea, configurando un nuevo equilibrio internacional en el siglo XVIII.

La Ilustración en España

La Ilustración, movimiento intelectual europeo del siglo XVIII, promovió la razón, la ciencia, la educación y el progreso, influyendo en las monarquías mediante el despotismo ilustrado: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. En España, bajo la dinastía borbónica, especialmente con Carlos III (1759–1788), se impulsaron reformas moderadas por intelectuales, nobles reformistas y funcionarios, sin cuestionar el poder absoluto ni el orden estamental.

Reformas principales

  • Educación y cultura: creación de Sociedades Económicas de Amigos del País, academias, museos, observatorios y promoción de enseñanza técnica.
  • Economía: impulso agrícola y repoblación de tierras, desarrollo industrial con Reales Fábricas y liberalización de gremios, apertura del comercio con América (1778).
  • Urbanismo y administración: modernización de Madrid, creación de intendentes y secretarías, antecedentes de los ministerios modernos.

Obstáculos: resistencia de la Iglesia (expulsión de jesuitas en 1767), nobleza y pueblo (Motín de Esquilache, 1766).

Figuras ilustradas: Feijoo (ciencia y razón), Jovellanos (reformas educativas y agrarias), Mayans (reforma universitaria) y Campomanes (intervención del Estado).

Aunque limitada por el Antiguo Régimen, la Ilustración española sentó las bases del reformismo y liberalismo del siglo XIX, intentando modernizar el país y reducir su atraso frente a Europa.

Las reformas ilustradas en la España borbónica del siglo XVIII

Tras la llegada de los Borbones y la Guerra de Sucesión (1701–1713), España inició un proceso de modernización inspirado en la Ilustración, limitado por las estructuras tradicionales. Su punto culminante se alcanzó durante el reinado de Carlos III (1759–1788), considerado el monarca ilustrado por excelencia, con ministros como Campomanes, Floridablanca y Aranda.

1. Reformas políticas

Se impulsó la centralización del Estado, eliminando los fueros de la Corona de Aragón mediante los Decretos de Nueva Planta (1707–1716). Se crearon intendencias con funciones fiscales, militares y judiciales, y se racionalizó la administración, los censos y la fiscalidad. El despotismo ilustrado buscaba mejorar la vida de los súbditos sin participación popular. La expulsión de los jesuitas (1767) y el control de la justicia reflejaron el poder del Estado sobre la Iglesia y la sociedad.

2. Reformas económicas

Se promovió la agricultura, denunciando la amortización de tierras y fomentando la propiedad privada y la repoblación de zonas despobladas. En la industria, se crearon Reales Fábricas y se abolieron los gremios, mientras la iniciativa privada, especialmente en Cataluña, prosperaba en el sector textil. En el comercio, se liberalizó el intercambio con América (1778) y se suprimieron aduanas interiores. Se fundó el Banco de San Carlos, antecedente del Banco de España.

3. Reformas sociales y culturales

Se impulsó la educación y la ciencia mediante academias, museos, jardines botánicos y observatorios. Se promovió la enseñanza técnica y profesional en las Sociedades Económicas de Amigos del País y las Juntas de Comercio. La reforma universitaria tuvo un alcance limitado, y la enseñanza primaria quedó afectada por la expulsión de los jesuitas.

Sociedad y demografía: Entre 1717 y 1800, la población aumentó de 7 a 12 millones. La sociedad seguía siendo estamental, pero surgió una burguesía comercial e industrial, junto a nuevas clases medias urbanas (funcionarios, militares y profesionales) y rurales (propietarios y arrendatarios).

Conclusión

Las reformas ilustradas en España fueron un intento de modernización desde la Corona, limitado por la resistencia de la nobleza, el clero y la falta de recursos. Aun así, sentaron las bases para la racionalización del Estado, la transformación social y la apertura hacia la modernidad que se consolidaría en el siglo XIX.

Los Decretos de Nueva Planta: origen del Estado centralizado borbónico

Con la llegada de los Borbones al trono español, Felipe V inició reformas para centralizar la administración siguiendo el modelo absolutista francés. Los Decretos de Nueva Planta (1707–1716) fueron la herramienta clave para unificar los distintos territorios de la Monarquía Hispánica.

Estos decretos surgieron tras la Guerra de Sucesión (1701–1714), en la que Felipe V, apoyado por Castilla y Francia, derrotó al archiduque Carlos de Austria, respaldado por los territorios de la Corona de Aragón y potencias europeas. La victoria borbónica justificó la supresión de las instituciones forales en los territorios que habían apoyado al bando austracista.

El primer decreto afectó a Valencia y Aragón (1707) tras la batalla de Almansa, seguido por Mallorca (1715) y Cataluña (1716), tras la caída de Barcelona. Se eliminaron Cortes, Consejos y sistemas fiscales y judiciales propios, reemplazándolos por leyes, instituciones y modelos administrativos de Castilla. Se instauró una autoridad central con capitanes generales, Audiencias y la uniformización de impuestos y justicia. Solo País Vasco y Navarra conservaron sus fueros por su lealtad a Felipe V.

Estos decretos marcaron el inicio del absolutismo borbónico, buscando un Estado fuerte y cohesionado. No fueron solo represivos, sino parte de un proyecto de modernización del aparato estatal y consolidación del poder real.

Conclusión

Los Decretos de Nueva Planta pusieron fin al modelo de monarquía compuesta heredado de los Austrias y sentaron las bases de un Estado centralizado y moderno, que continuaría desarrollándose con el reformismo ilustrado del siglo XVIII.

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