Sesquicentenario de la Independencia del Perú (1971): memoria histórica y legitimación política del régimen de Velasco

1. Tesis central y planteamiento del problema

En su capítulo, Carlos Aguirre estudia cómo el régimen militar surgido del golpe del 3 de octubre de 1968 utilizó políticamente el pasado al conmemorar, en 1971, los ciento cincuenta años de la independencia. Su tesis central es que la conmemoración funcionó como un instrumento de legitimación histórica y política: el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada (GRFA), encabezado por el general Juan Velasco Alvarado, presentó su proceso como una «segunda independencia» o «segunda liberación» que venía a completar la obra inconclusa de 1821. Aguirre concluye que, como ocurre siempre con la memoria, el recuerdo del pasado adquiere su sentido más profundo en las batallas políticas y simbólicas del presente.

2. Contexto histórico: el golpe, el petróleo y la idea de una «segunda emancipación»

El autor parte del golpe contra el presidente Fernando Belaunde Terry. Apenas seis días después, la junta decretó la nacionalización del petróleo, decisión que retomaba la polémica sobre la International Petroleum Company, uno de los temas más álgidos del gobierno anterior, que había exaltado el fervor nacionalista incluso en el conservador diario El Comercio. En su discurso, Velasco cerró con la frase del himno nacional «Somos libres, seámoslo siempre», y desde entonces la idea de una «nueva» o «segunda» emancipación se volvió una presencia constante en el discurso oficial.

El corolario de esa idea era que la primera independencia, proclamada el 28 de julio de 1821 y consolidada tras la batalla de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824, no había satisfecho las necesidades de las mayorías. Solo cambios estructurales radicales (reforma agraria, nueva legislación laboral, creación del Sinamos, nacionalizaciones) permitirían superar la dependencia, el subdesarrollo y la injusticia social. La cercanía del sesquicentenario ofreció al régimen la oportunidad de mostrar sus logros y reclamar una legitimidad histórica mediante una conexión explícita con el proceso independentista.

3. La Comisión Nacional del Sesquicentenario (CNSIP) y su primera paradoja

El gobierno creó el 16 de septiembre de 1969 la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú (CNSIP), presidida por el general Juan Mendoza Rodríguez, con otros diecisiete miembros que representaban a instituciones como el Consejo Universitario, la Academia Nacional de la Historia, el Instituto Riva-Agüero, la Biblioteca Nacional y el Instituto Sanmartiniano. Eran en su mayoría historiadores reconocidos y políticamente conservadores: Aurelio Miró Quesada (director de El Comercio), José Agustín de la Puente Candamo, Félix Denegri Luna y Armando Nieto Vélez, a quienes Carlos Contreras llamó un «cuerpo de notables».

Se nombró también como asesores a intelectuales de visión más crítica, como Jorge Basadre, Luis E. Valcárcel y Emilio Romero, aunque no tuvieron un papel destacado. Aquí aparece la primera paradoja: un gobierno que se proclamaba revolucionario confió la conmemoración a una comisión dominada por la historiografía tradicional.

4. Actividades y resultados de la conmemoración

La iniciativa más importante y costosa fue la Colección Documental de la Independencia del Perú (CDIP), concebida en 106 volúmenes de los cuales se publicaron 86. Buscaba recopilar fuentes que demostraran la «participación activa» de los peruanos en la emancipación americana y «corregir la visión limitada e incompleta» de la independencia. Mendoza insistía en que los peruanos habían sido «los primeros en la rebelión y la ideología».

A ello se sumaron monumentos, bustos, placas, pinturas, documentales, concursos y el Quinto Congreso de Historia Americana (Lima, 30 de julio al 6 de agosto de 1971). Los concursos tuvieron escasa respuesta: el de trabajos sobre Túpac Amaru recibió solo cinco propuestas y se declaró desierto; el de la «Marcha del sesquicentenario» fracasó en un primer intento (la marcha de Jaime Díaz Orihuela se eligió en el segundo); el de música popular quedó desierto dos veces.

Entre julio y agosto de 1971 hubo ceremonias, desfiles y actos cívicos en todo el país. De los cuarenta eventos organizados por la CNSIP, la mayoría fueron «culturales» y «cívicos» y solo seis «sociales». Mendoza lo resumió: «no es un programa de festejos». El día central, el 28 de julio de 1971, Velasco pronunció un discurso transmitido por radio y televisión en el que destacó las reformas de su gobierno y afirmó que su lucha por la «emancipación definitiva» era «más tensa y más difícil» que la de 1821. Lo hizo ante un cuadro de Francisco Pizarro, que poco después sería reemplazado por uno de Túpac Amaru, rebautizándose el recinto «Salón Túpac Amaru».

5. Por qué fue una conmemoración sobria

Aguirre explica la sobriedad, en contraste con el centenario de 1921 bajo Augusto B. Leguía, por varios factores: el terremoto de Áncash del 31 de mayo de 1970 (unos 70.000 muertos), que volvía frívolo cualquier festejo; la voluntad del gobierno de convertir la fecha en una herramienta pedagógica y política; y el perfil académico de la Comisión. Mendoza, descrito como cuidadoso administrador e identificado con la agenda militar, planteó que el programa debía regirse por la «austeridad, dignidad y promoción» y que, a diferencia de 1921 y 1924, había que recordar a todos los patriotas y no solo a los libertadores San Martín y Bolívar.

6. Primera interpretación: Velasco y la independencia «trunca»

Velasco veía la independencia como una «gesta heroica» y «culminación parcial» de un viejo proceso liberador, pero también como una «conquista histórica inconclusa», una «obra trunca» y una «promesa no cumplida». El «pueblo auténtico», gestor del impulso emancipador, no fue su beneficiario y siguió explotado, mientras los herederos criollos de la riqueza y el poder colonial se apropiaron de la victoria. La crítica responsabilizaba al egoísmo y la falta de patriotismo de las élites.

Sobre ella construyó una genealogía legitimadora: la revolución surgía como «consecuencia lógica del legado de los próceres» y consistía en «cumplir con el sueño de los gestores de nuestra independencia»; era «la continuadora histórica de nuestra primera gesta libertaria». Aguirre compara esta operación con la de otros regímenes revolucionarios y populistas latinoamericanos (México posrevolucionario, peronismo, Cuba socialista, Venezuela «bolivariana»). Un dibujo del libro 3 de octubre de 1968: ¿Por qué?, del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, ilustra la idea al unir «28 de julio de 1821, somos libres» con «seámoslo siempre, 3 de octubre de 1968».

7. Segunda interpretación: la CNSIP y la visión nacionalista-unitaria

La CNSIP ponía el acento en los aspectos positivos. Mendoza sostuvo que los historiadores confirmaban que «tuvimos el liderato de la rebelión, de la ideología y de la sangre derramada», y buscó liquidar la idea de una independencia «concedida» por la Expedición Libertadora, a favor de una «conquistada» por los peruanos tras un largo esfuerzo. Los sectores populares (campesinos, indígenas, esclavos, negros libres, clases trabajadoras urbanas) fueron vistos como parte de una comunidad cohesionada que obtuvo la independencia en nombre de todos.

La tesis de la participación popular (guerrillas, montoneras, enrolamientos, apoyo logístico) se explicaba por el amor a la patria, sin problematizar las razones ni las actitudes contradictorias de esos sectores. Ella Dunbar Temple, en su introducción a los volúmenes de la CDIP sobre «La acción patriótica del pueblo en la emancipación», criticó a los historiadores clásicos por un perfil «deshumanizado» centrado en caudillos y batallas, y reivindicó el aporte del pueblo, aunque atribuyó los conflictos internos de las guerrillas a hombres no habituados a la vida castrense pero unidos por su amor a la libertad. Ideas semejantes expresaron De la Puente Candamo y un artículo de El Comercio firmado por HBG.

Esta visión, que incluía una identidad nacional peruana anterior al Estado-nación, fue atacada en 1972 por Heraclio Bonilla y Karen Spalding en «La independencia en el Perú: las palabras y los hechos», lo que originó un debate de varios años.

8. Las convergencias: cómo resuelve Aguirre la paradoja

Aguirre sostiene que las convergencias fueron más significativas que las diferencias. Contreras había explicado la paradoja por el «conservadurismo historiográfico» del Ejército, que nació con la Guerra de Independencia. Aguirre lo acepta y añade cuatro elementos:

  1. Defensa de las «sagradas instituciones» (incluido el Ejército) en el contexto de la Guerra Fría; el experimento puede leerse como una «revolución preventiva» contra el comunismo, según Dirk Kruijt.
  2. Unidad nacional: era compatible con la noción de proceso «trunco» y más atractiva para los militares que la lectura de Bonilla y Spalding, que socavaba la consigna «pueblo y Fuerza Armada, unidos venceremos». Mendoza pidió unidad detrás de las banderas del gobierno militar.
  3. Participación popular: si el pueblo logró la independencia, podría, bajo la conducción de las Fuerzas Armadas, lograr la segunda liberación, en sintonía con la «democracia social de participación plena» (Bases ideológicas de la revolución peruana).
  4. Túpac Amaru: facilitó pero también complicó esta alianza de conveniencia.

9. Túpac Amaru: símbolo político y tensión

Túpac Amaru fue la figura histórica más utilizada por el velasquismo: luchador por la justicia social, enemigo del colonialismo y precursor de la reforma agraria. Su imagen, sobre todo en la versión de Jesús Ruiz Durand, apareció en publicaciones, campañas, agencias estatales, monedas y billetes. La consigna de la reforma agraria de 1969, «Campesino, el patrón ya no comerá más de tu pobreza», le fue atribuida falsamente, y un afiche proclamaba «Túpac Amaru lo prometió, Velasco lo cumplió».

Los historiadores conservadores, en cambio, no lo habían admitido del todo como héroe ni estudiado su rebelión. Solo el interés por las revueltas populares y la idea de una independencia extendida en el tiempo, con su panteón de precursores, permitió incorporarlo al relato tradicional. La CNSIP le dio un lugar destacado pero no central: la CDIP comienza con los ideólogos criollos (15 volúmenes frente a 4 para la rebelión de 1780) y el Monumento a los Precursores (27 de julio de 1971) lo incluyó junto a Viscardo y Guzmán, Toribio Rodríguez de Mendoza y Francisco de Vidal. El monumento previsto para el Cuzco nunca se concretó, aunque Aguirre aclara que no fue culpa de la Comisión. El 31 de julio de 1971 se inauguró otro en Magdalena (Lima), con descendientes del líder, el himno nacional en quechua, poemas de Alejandro Romualdo, Magda Portal y Alberto Chevarría, y el «Himno a Túpac Amaru» de Luis Nieto.

10. La prensa como espejo de las diferencias

El Comercio, conservador y propiedad de la familia Miró Quesada (expropiado en julio de 1974), presentó un collage de héroes encabezado por San Martín, con Túpac Amaru en segundo plano; su editorial destacó 1821 y no la rebelión de 1780.

El Peruano, diario oficial, tituló su suplemento «150 años» con dos secciones: «Primera Independencia» (Túpac Amaru como única figura) y «Segunda Independencia» (un campesino con la bandera), conectando explícitamente pasado y obra del GRFA. Participaron historiadores de izquierda como Carlos Daniel Valcárcel, Juan José Vega, Bonilla y Pablo Macera; Vega consideró a Túpac Amaru «el peruano más importante de la historia universal».

Emilio Romero habló del «redescubrimiento o exhumación» de Túpac Amaru, y Aguirre concluye que fue la política, no la historiografía, la que impulsó esa visibilidad; los historiadores se pondrían al día después (Alberto Flores Galindo, Scarlett O’Phelan, Charles Walker). Por eso no hubo una versión «oficial» homogénea: Velasco subrayaba las limitaciones de 1821 y la CNSIP la interpretación nacionalista y unitaria, pero ambas coincidían en una esencial identidad nacional.

11. Impacto y legado de la conmemoración

Aunque los titulares hablaban de júbilo, el acto más multitudinario fue el desfile militar del 29 de julio de 1971 (250.000 asistentes según El Comercio), algo habitual; en provincias la participación fue importante pero no eufórica. Aguirre cree que no hubo un entusiasmo comparable al de «Perú campeón» (fútbol, 1970), y que ello no sorprende porque la CNSIP buscaba reflexión, no movilización de masas.

Macera la llamó sarcásticamente «contaminación ambiental» (costó más que la Independencia misma) y Bonilla «borrachera nacionalista». Su legado fue intelectual: los 86 volúmenes de la CDIP («verdadero monumento bibliográfico» para El Comercio, «tesoro invalorable» para Velasco), otras publicaciones, el Congreso de Historia y, como subproducto, el debate por el libro editado por Bonilla, acusado de apoyarse en académicos extranjeros como Hobsbawm, Vilar o Chaunu.

12. Usos políticos más allá del gobierno y conclusión

El Episcopado Peruano vinculó la independencia con una «liberación integral»; el cardenal Juan Landázuri habló en términos cercanos a la Teología de la Liberación. La Municipalidad de Lima, con autoridades designadas por el gobierno militar, aprobó el 15 de julio de 1971 una declaración que imitaba la de 1821 y respaldaba la Revolución Peruana, y la «Declaración de los vecinos de Lima» prometió defender sus postulados «con su vida, bienes y derechos». El Peruano afirmó que el Perú vivía una nueva revolución que reafirmaba la independencia y la extendía a otros ámbitos.

Para Aguirre, esa es la formulación más sucinta del propósito del sesquicentenario: las transformaciones militares se presentaban como continuación de los esfuerzos truncos de 1821 y como hitos hacia la emancipación definitiva, la justicia social y la dignidad de todos los peruanos. La supuesta segunda liberación fue el marco general en que se concibió y ejecutó la conmemoración de 1971.