El turno pacifico de los partidos

Share Button

12.6. SUBTEMA: LA REGENCIA DE MARÍA Cristina DE Habsburgo Y EL TURNO DE PARTIDOS. LA OPOSICIÓN AL SISTEMA: REGIONALISMO Y NACIONALISMO

12. 6.1. La alternancia en el poder.Bipartidismo y turno pacifico

El sistema político de la Restauración se basaba en la existencia de dos grandes partidos, conservador y liberal.
Ambos defendían la Monarquía, la Constitución, la propiedad privada y un Estado liberal, unitario y centralista. Eran partidos de minorías, de notables. La extracción social de sus fuerzas se nutría de las élites económicas y de la clase media acomodada. Los conservadores se mostraban más proclives al inmovilismo político y a la defensa de la Iglesia y del orden social, mientras los liberales estaban más inclinados a un reformismo de carácter más progresista y laico.

El Partido Liberal-Conservador, liderado por Antonio Cánovas del Castillo, aglutinó a los sectores conservadores y tradicionales de la sociedad, herederos de los moderados. El Partido Liberal-Fusionista, liderado por Práxedes Mateo Sagasta, reuníó a progresistas, unionistas y exrepublicanos moderados, que participaron en el Sexenio Democrático, y, que esperaban, sin hacer peligrar el orden social, poner en práctica, dentro del sistema de la Restauración algunos de los logros del Sexenio (Sufragio Universal masculino, ampliación de los derechos y libertades individuales).

Para el ejercicio del gobierno se contemplaba el turno pacífico o alternancia entre los dos partidos. El turno quedaba garantizado porque el sistema electoral invertía los términos de un sistema parlamentario, en el que el partido mayoritario en las elecciones recibe del monarca el encargo de gobernar. En la Restauración, cuando el partido en el gobierno sufría un desgaste político, el monarca llamaba al jefe del partido de la oposición a formar gobierno. Entonces, se convocaban elecciones para que el nuevo Gobierno construyera su mayoría parlamentaria.

12.6.2. La manipulación electoral y el caciquismo

El control del proceso electoral lo ejercían el ministro de la Gobernación y los caciques locales. El ministro elaboraba la lista de los candidatos que deberían ser elegidos (encasillado). Los gobernadores civiles transmitían la lista de estos candidatos a los alcaldes y caciques para que garantizaran su elección, por medio de un conjunto de trampas electorales: el pucherazo.

Los caciques eran individuos que controlaban una circunscripción electoral. El caciquismo era más evidente en las zonas rurales, donde los caciques controlaban los Ayuntamientos (certificados, sorteo de las quintas, reparto de las contribuciones) y la economía (puestos de trabajo).

Estas prácticas se apoyaban en la abstención de gran parte de la población, cuya apatía electoral se explica por la no representatividad de las elecciones. La participación electoral no súperó el 20% en el período de la Restauración, a pesar de restablecerse el Sufragio Universal (1890).

12.6.3. Los gobiernos del turno dinástico durante la Regencia de María Cristina de Habsburgo

Después de la muerte de Alfonso XII, el temor a la desestabilización del sistema político, tras la desaparición del rey (1885), impulsó a conservadores y liberales a llegar a un acuerdo, el Pacto de Pardo, que dio paso a un Gobierno liberal, que, con su reformismo, permitíó asegurar la continuidad del sistema durante la Regencia de María Cristina de Habsburgo (minoría de edad de Alfonso XIII).

El nuevo gobierno liberal, el “Gobierno largo” (1885-90) de Sagasta, llevó a cabo una serie de reformas para incorporar al sistema algunos derechos de la Revolución del 68. Ley del Jurado (1888); leyes de libertad de cátedra y de imprenta; el Código Civil (1889). En 1888, se abolíó la esclavitud y, en 1890, se restablecíó el Sufragio Universal masculino. Se amplío el censo electoral de 800.000 personas a 5.000.000 con derecho a voto. Pero el caciquismo electoral impidió que el Sufragio Universal democratizara el sistema político.

Frente a la “cuestión social”, los liberales, legalizaron las asociaciones obreras (Ley de Asociaciones, 1887) e iniciaron un tímido proceso de reformismo social. En 1883, ya se había creado

la Comisión de Reformas Sociales, para informar sobre la condición obrera. Se promulgó una muy limitada legislación social y laboral (regulación de los trabajos peligrosos para los niños, creación de asilos para inválidos de trabajo, construcción de barriadas para obreros).

La vuelta de los conservadores al poder en 1890, supuso el reforzamiento de la política económica proteccionista (Ley de Aranceles de 1891) que satisfizo los intereses de los industriales catalanes y vascos y de los grandes propietarios agrarios castellanos.

Sagasta y los liberales volvieron a gobernar entre 1892 y 1895. En Febrero de 1895, estalló una nueva guerra por la independencia en Cuba. En Marzo de 1895, se formó un nuevo Gobierno conservador presidido por Cánovas, que fue asesinado en 1897. Este hecho aceleró el turno dinástico y fue un Gobierno Sagasta el que tuvo que hacer frente a la guerra con los EEUU y al Desastre del 98.

12.6.4. Las fuerzas de oposición: carlismo y republicanismo. Regionalismo y nacionalismo

Un sector del carlismo de carácter integrista creó el Partido Tradicionalista (Ramón Nocedal) definido por el antiliberalismo y por la defensa a ultranza de la tradición y la religión católica.

La introducción del sufragio universal significó la revitalización del republicanismo, con la creación de Uníón Republicana (1893), que obtuvo una importante minoría republicana en las Cortes.

En el movimiento obrero fue teniendo mayor presencia con la legalización de las organizaciones obreras en 1887. Existían dos tendencias: la marxista (PSOE (1879) y UGT (1888); y, la anarquista (Federación de Trabajadores de la Regíón Española, creada en 1881).

Durante la Restauración surgieron movimientos nacionalistas en Cataluña, País Vasco y Galicia.

El inicio del catalanismo político fue obra de Valentí Almirall, antiguo republicano federal, quien convocó el I Congreso Catalanista (1880). En 1891, se fundó la Uníó Catalanista (1891), de carácter conservador. Su programa era las Bases de Manresa: organización confederal de España y soberanía de Cataluña en política interior. La renuncia de la Uníó Catalanista a participar en política, llevó a un grupo de catalanistas conservadores, vinculados al periódico La Veu de Catalunya (Prat de la Riba, Cambó), a defender la intervención del catalanismo en la política. Pero tendrán que esperar a la crisis de 1898, para movilizar a un amplio sector de la burguésía industrial catalana.

En el País Vasco, la abolición de los fueros dio un gran empuje al vasquismo, reivindicando su restitución. Por otro lado, la industrialización y la inmigración significaron la ruptura de la sociedad tradicional vasca. Como reacción, se fortalecíó la defensa de la lengua y la cultura vascas (euskeros). Sabino Arana formuló los principios del nacionalismo vasco y fundó el Partido Nacionalista Vasco (1894). La ideología de Arana se basaba en los principios de la raza vasca, de los fueros y de la religión. Defendía la vieja sociedad patriarcal desde una perspectiva antiliberal y tradicionalista.

Share Button

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.