Península Ibérica: Prehistoria, Hispania romana, visigodos, Al-Ándalus y reinos medievales

1. La Prehistoria peninsular

El Paleolítico peninsular se divide en tres etapas de cazadores-recolectores nómadas. El Paleolítico inferior destaca por los restos de Homo antecessor en Atapuerca (Burgos) y herramientas achelenses en Torralba y Ambrona. El Paleolítico medio estuvo protagonizado por el Homo neanderthalensis, adaptado a la glaciación, que usaba la industria musteriense, dominaba el fuego y practicaba ritos funerarios en cuevas como El Sidrón. El Paleolítico superior (desde el 35.000 a.C.) se caracterizó por la llegada del Homo sapiens, el uso de herramientas de hueso y asta, enterramientos complejos como la Dama Roja y el arte rupestre cantábrico de Altamira.

En el Neolítico (hacia el 6000 a.C.) arraigaron la agricultura, la ganadería, la cerámica cardial y el sedentarismo en poblados como Nerja y L’Or. El proceso culminó con la Edad de los Metales, pasando por el Cobre (Los Millares), el Bronce (El Argar) y el Hierro.

2. Los pueblos prerromanos y las colonizaciones mediterráneas

Durante la Edad del Hierro convivieron colonizadores mediterráneos y culturas autóctonas. Los fenicios (siglo IX a.C.) fundaron Gadir (Cádiz) e introdujeron el alfabeto, el olivo y la vida urbana. Los griegos fundaron colonias como Emporion (Ampurias), aportando la moneda y el arte figurativo. Los cartagineses implantaron una dominación militar y fundaron Carthago Nova bajo la familia Barca.

Entre los pueblos autóctonos, Tartessos destacó en el suroeste por su riqueza minera y comercial hasta su decadencia en el siglo VI a.C. En la Segunda Edad del Hierro, los íberos (levante y sur) se organizaron en ciudades-Estado con monarquía guerrera y un arte refinado (Dama de Elche), mientras los celtas (mesetas y norte) habitaron castros amurallados con economía ganadera y practicaron pactos de hospitalidad (téseras y verracos). En el centro destacaron los celtíberos.

3. La Hispania romana (218 a.C. – 409 d.C.)

La conquista romana comenzó en el 218 a.C. por la Segunda Guerra Púnica y se dividió en tres fases: la ocupación mediterránea (218-195 a.C.), la conquista del interior con la resistencia de Viriato y Numancia (195-133 a.C.) y las Guerras Cántabras de Augusto (29-19 a.C.). El territorio se organizó en provincias (inicialmente dos, ampliadas a tres y luego a siete).

Su economía, de base esclavista, se centró en la tríada mediterránea, el garum, la minería de Las Médulas y una sólida red de calzadas. La romanización integró a Hispania en el derecho, la lengua latina y el modelo urbano de ciudades como Mérida y Córdoba. La crisis del siglo III y la llegada de los pueblos germánicos en el 409 pusieron fin a esta etapa.

4. La monarquía visigoda (409 – 711)

Tras la invasión de suevos, vándalos y alanos (409), los romanos firmaron un foedus (416) con los visigodos, quienes crearon el Reino de Tolosa antes de trasladar su capital a Toledo tras ser derrotados por los francos en Vouillé (507).

La consolidación del reino se basó en tres unificaciones: la militar (Leovigildo con los suevos y Suintila expulsando a los bizantinos en el 621), la religiosa (Recaredo en el III Concilio de Toledo de 589 con la conversión al catolicismo) y la jurídica (el Liber Iudiciorum de Recesvinto en 654). La sociedad se estructuró bajo un protofeudalismo jerarquizado. La monarquía era electiva y se apoyaba en el Aula Regia y los Concilios. Las luchas sucesorias internas facilitaron la entrada musulmana y la derrota de Rodrigo en Guadalete (711).

5. Al-Ándalus: evolución política (del Emirato al Califato)

La conquista musulmana arrancó con la victoria en Guadalete (711) y el establecimiento del Emirato dependiente de Damasco. En 756, Abd al-Rahman I fundó el Emirato independiente, rompiendo políticamente con los abasíes de Bagdad y centralizando el poder en Córdoba. Tras superar tensiones internas de muladíes y bereberes, Abd al-Rahman III proclamó el Califato de Córdoba en 929, inaugurando el máximo esplendor andalusí.

A finales del siglo X, el poderoso hayib Almanzor impuso una dictadura militar basada en continuas campañas o razzias contra los reinos cristianos. Tras su muerte, el califato entró en una grave guerra civil que provocó su fragmentación definitiva en 1031 y el nacimiento de los primeros reinos de taifas.

6. Los núcleos cristianos primitivos: origen y evolución (siglos VIII-XI)

La resistencia cristiana se organizó en el norte montañoso. En el occidente surgió el reino asturleonés tras la victoria de Pelayo en Covadonga (722), expandiéndose hacia el Duero y trasladando la capital a León. En los Pirineos, los carolingios crearon la Marca Hispánica para frenar al islam; de allí nacieron los condados pirenaicos, el reino de Pamplona y los condados catalanes, que lograron su independencia definitiva con Borrell II en 987. En la frontera leonesa emergió el condado de Castilla, que logró independizarse con Fernán González.

La gran hegemonía cristiana llegó en el siglo XI con Sancho III el Mayor de Navarra, quien unificó gran parte del norte peninsular. A su muerte, sus hijos dividieron y configuraron los reinos independientes de Castilla, Aragón y Navarra.

7. Al-Ándalus: reinos de taifas y imperios norteafricanos (siglos XI-XIII)

Tras la desaparición del Califato de Córdoba en 1031, Al-Ándalus se fragmentó en numerosos reinos independientes conocidos como las primeras taifas. Esta debilidad política y militar fue aprovechada por los reinos cristianos, que impusieron el pago de tributos o parias y culminaron hitos como la conquista de Toledo por Alfonso VI (1085).

Incapaces de frenar el avance cristiano, los reyes de taifas pidieron ayuda a los almorávides, guerreros fundamentalistas norteafricanos que cruzaron el estrecho, derrotaron a los castellanos en Sagrajas (1086) y unificaron Al-Ándalus bajo su poder. Sin embargo, su rigurosidad religiosa provocó descontento y el surgimiento de las segundas taifas. A mediados del siglo XII, fueron sustituidos por un nuevo imperio norteafricano: los almohades, quienes frenaron temporalmente a los cristianos tras vencer en la batalla de Alarcos (1195).

La respuesta cristiana unificada culminó en la decisiva batalla de Las Navas de Tolosa (1212), victoria que marcó la decadencia definitiva del poder almohade y dejó expedito el camino para la conquista del valle del Guadalquivir y el levante en el siglo XIII.

8. Organización económica, social y cultural de Al-Ándalus

La economía andalusí era urbana, comercial y agraria. En la agricultura, introdujeron nuevas técnicas de regadío como norias, acequias y albercas, y difundieron cultivos orientales como el arroz, los cítricos, el algodón y el azafrán. La artesanía floreció en las ciudades (textiles, cerámica, cuero y vidrio), impulsando un activo comercio interior y exterior con el norte de África, Bizancio y Oriente Medio, utilizando moneda de oro (dinar) y plata (dirham).

La sociedad era muy heterogénea y estaba dividida por criterios religiosos y étnicos: en la cúspide se hallaba la minoría dominante de origen árabe y sirio (aristocracia), seguida de los bereberes. Los hispanovisigodos se dividieron entre los muladíes (cristianos convertidos al islam), los mozárabes (cristianos que vivían en territorio islámico conservando su religión) y los judíos, que destacaron como médicos, traductores y comerciantes.

En el plano cultural, Al-Ándalus actuó como puente transmisor del saber clásico y oriental hacia la Europa cristiana, destacando figuras cimeras en la filosofía (Averroes, Maimónides), la medicina (Abulcasis), la historia (Ibn Jaldún) y el esplendor de su arquitectura monumental (mezquita de Córdoba, palacio de Medina Azahara y la Alhambra de Granada).

9. Organización política, sociedad y economía en Al-Ándalus y los reinos cristianos

Al-Ándalus funcionaba como un estado centralizado dirigido por el emir o califa, apoyado por visires y cadíes, y dividido administrativamente en coras. Su sociedad urbana era jerarquizada según criterios étnicos y religiosos (musulmanes privilegiados, muladíes, mozárabes, judíos y esclavos), destacando por una economía agrícola de regadío intensivo y un pujante comercio urbano.

En los reinos cristianos, la sociedad era estamental y dividida entre privilegiados (nobleza y clero, dueños de la tierra y exentos de impuestos) y no privilegiados. Políticamente, Castilla tendió al autoritarismo regio, mientras Aragón se organizó bajo un sistema pactista con amplio poder de las Cortes. Económicamente, Castilla basó su desarrollo en la ganadería ovina trashumante y el Concejo de la Mesta (1273) con exportación lanera, y Aragón centró su potencial en la artesanía textil y el comercio marítimo mediterráneo.

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