La Restauración (1875-1902): objetivo y contexto
El sistema político de la Restauración (1875-1902) se diseñó con el objetivo de dar estabilidad a España tras décadas de inestabilidad política, pronunciamientos militares y enfrentamientos civiles. Con el regreso de la dinastía borbónica en la figura de Alfonso XII, se implantó un modelo impulsado por Antonio Cánovas del Castillo que buscaba evitar tanto el absolutismo carlista como el republicanismo revolucionario, garantizando el orden y la continuidad del Estado liberal.
Origen y primeras decisiones políticas
El proceso restaurador comenzó con el Manifiesto de Sandhurst, firmado el 1 de diciembre de 1874, donde Alfonso XII se presentaba como un rey liberal, católico y conciliador. Poco después, el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto, el 29 de diciembre de 1874, proclamó a Alfonso XII como rey. Aunque Cánovas prefería una restauración civil, aceptó los hechos y el monarca entró en Madrid el 14 de enero de 1875. En una primera etapa, el nuevo régimen se consolidó de forma autoritaria, con censura de prensa y control de la oposición.
La Constitución de 1876
La base legal del sistema fue la Constitución de 1876, la más duradera de la historia española. Establecía una soberanía compartida entre el rey y las Cortes, otorgando amplios poderes a la Corona: nombrar y destituir ministros, disolver las Cortes y vetar leyes. Las Cortes eran bicamerales, con un Congreso elegido y un Senado mayoritariamente designado por el rey o por derecho propio. Los derechos individuales se reconocían, pero su aplicación quedaba en manos de leyes ordinarias, lo que permitía restringirlos según el gobierno. En el ámbito religioso se proclamaba la tolerancia, aunque el catolicismo mantenía un papel preferente y era financiado por el Estado.
Consolidación política y bipartidismo
La estabilidad inicial del régimen se vio reforzada por el fin de la Tercera Guerra Carlista en 1876, que supuso la abolición de los fueros vascos, y por la Paz de Zanjón con Cuba en 1878, que prometía reformas que no se cumplieron. En el plano político, el sistema se articuló mediante el bipartidismo y el turno pacífico entre el Partido Conservador de Cánovas y el Partido Liberal-Fusionista de Práxedes Mateo Sagasta. Ambos aceptaban la monarquía, la Constitución de 1876 y el sistema capitalista, aunque diferían en cuestiones como el sufragio o el grado de reformas.
Fraude electoral y caciquismo
El funcionamiento real del turno se basaba en el fraude electoral. El rey nombraba al líder del partido que debía gobernar, se disolvían las Cortes y se convocaban elecciones manipuladas desde el Ministerio de la Gobernación mediante el encasillado. Los caciques locales garantizaban los resultados mediante coacciones, compra de votos y pucherazos, especialmente en el medio rural. En consecuencia, la abstención era muy elevada y el gobierno siempre obtenía mayoría absoluta.
La regencia y reformas parciales (1885-1890)
Tras la muerte de Alfonso XII en 1885, el sistema se mantuvo gracias al Pacto del Pardo entre Cánovas y Sagasta, que garantizó el turno durante la regencia de María Cristina de Habsburgo. Durante el Parlamento Largo (1885-1890), los liberales aprobaron reformas importantes, como la Ley de Asociaciones de 1887, la abolición de la esclavitud en 1888 y el sufragio universal masculino en 1890. Sin embargo, el caciquismo impidió una verdadera democratización.
En 1902, con la mayoría de edad de Alfonso XIII, el sistema de la Restauración parecía estable, pero se sustentaba en el fraude y la exclusión política. Aunque logró orden y continuidad, sus límites explicarían las crisis posteriores.
La Crisis de 1898 (el Desastre del 98)
La Crisis de 1898, también conocida como el Desastre del 98, fue uno de los acontecimientos más importantes de la España contemporánea, ya que supuso la pérdida definitiva del imperio colonial y una profunda sacudida política, social y moral. Esta crisis no fue un hecho aislado ni repentino, sino el resultado de una larga acumulación de problemas internos del sistema de la Restauración y de una política colonial incapaz de adaptarse a la nueva realidad internacional. La derrota frente a Estados Unidos evidenció las debilidades del Estado español y obligó a replantear el papel de España en el mundo y su propio funcionamiento interno.
Situación colonial a finales del siglo XIX
A finales del siglo XIX, España conservaba sus últimas colonias de ultramar: Cuba y Puerto Rico en el Caribe, y Filipinas en el Pacífico. La política colonial española se basaba en un fuerte proteccionismo económico que perjudicaba especialmente a Cuba, obligada a comprar productos españoles caros en lugar de comerciar libremente con Estados Unidos, su principal socio comercial. A esto se sumó el incumplimiento de las promesas realizadas tras la Paz de Zanjón de 1878, como la concesión de autonomía o la abolición de la esclavitud, que no se hizo efectiva hasta 1880. Este contexto alimentó el creciente malestar cubano.
La insurrección en Cuba y la respuesta española
En 1895 estalló la insurrección definitiva en Cuba, liderada por José Martí y el general Máximo Gómez, con el apoyo indirecto de Estados Unidos. España respondió enviando primero al general Martínez Campos, que fracasó en su intento de combinar la vía militar y la negociadora. En 1896 fue sustituido por el general Valeriano Weyler, cuya política de reconcentración y tierra quemada provocó una altísima mortalidad civil y un escándalo internacional. Murieron miles de soldados españoles por enfermedades como la fiebre amarilla y alrededor de 175.000 civiles cubanos, lo que deterioró gravemente la imagen de España.
El detonante y la guerra con Estados Unidos
Tras el asesinato de Cánovas del Castillo en 1897, el gobierno liberal de Sagasta intentó una solución tardía concediendo la autonomía a Cuba y el sufragio universal masculino, pero los independentistas ya no confiaban en España. En este contexto se produjo el detonante final: la explosión del acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898, en la que murieron 256 marineros. Aunque nunca se probó la responsabilidad española, Estados Unidos utilizó el suceso como pretexto para intervenir y declaró la guerra el 18 de abril de 1898.
Desarrollo y consecuencias del conflicto
El conflicto fue breve y desastroso para España. La flota española fue derrotada en la batalla de Cavite el 1 de mayo y en Santiago de Cuba el 3 de julio. La clara superioridad militar estadounidense obligó a España a pedir la paz. El Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, supuso la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y al año siguiente España vendió sus últimas posesiones del Pacífico a Alemania, desapareciendo definitivamente como potencia colonial.
Las consecuencias del 98 fueron profundas. En el plano político, el sistema de la Restauración sobrevivió sin reformas de fondo, pero quedó desprestigiado. En el ámbito militar, surgió un fuerte resentimiento en el ejército hacia los políticos. Sin embargo, el impacto más importante fue moral e intelectual: el desastre provocó un sentimiento de frustración nacional y dio lugar a movimientos críticos como la Generación del 98 y el regeneracionismo, con figuras como Joaquín Costa, que denunciaron el caciquismo y el atraso del país.
En definitiva, la Crisis de 1898 marcó un antes y un después en la historia de España. Más allá de la pérdida territorial, supuso la toma de conciencia de una profunda crisis del sistema político y social. Aunque no provocó cambios inmediatos, sembró las bases de los conflictos y debates que dominarían la vida política española durante el primer tercio del siglo XX.
La Crisis de 1917: la triple crisis que sacudió la Restauración
La Crisis de 1917 fue uno de los momentos más graves del sistema de la Restauración, ya que puso de manifiesto todas sus debilidades acumuladas desde finales del siglo XIX. No se trató de un conflicto aislado, sino del resultado de la combinación de problemas económicos, sociales y políticos agravados por el impacto de la Primera Guerra Mundial. En un contexto de inflación, desigualdad social y bloqueo político, en 1917 estalló una crisis triple —militar, política y social— que estuvo muy cerca de provocar el colapso del régimen restauracionista.
La crisis militar: Juntas de Defensa
En primer lugar, la crisis militar se manifestó a través de las Juntas de Defensa. Los oficiales de media y baja graduación del ejército estaban profundamente descontentos con el sistema de ascensos por méritos de guerra, que favorecía a los militares destinados en Marruecos, conocidos como africanistas, frente a los que servían en la Península y ascendían únicamente por antigüedad. Ante esta situación, los oficiales se organizaron en Juntas de Defensa, auténticos “sindicatos militares”, que publicaron manifiestos en los que responsabilizaban al gobierno de la situación del Ejército y exigían reformas y una renovación política. Esta insubordinación militar reflejaba la pérdida de disciplina dentro del ejército y su creciente intervención en la vida política, algo muy peligroso para un sistema liberal.
La crisis política: Asamblea de Parlamentarios
Por otro lado, la crisis política se expresó en la Asamblea de Parlamentarios de julio de 1917. El gobierno conservador de Eduardo Dato había cerrado las Cortes para evitar críticas y debates incómodos, lo que provocó la reacción de los partidos de la oposición. Catalanistas de la Lliga Regionalista, republicanos, socialistas y reformistas se reunieron en Barcelona y convocaron una Asamblea de Parlamentarios. En ella exigieron la formación de un gobierno provisional, la convocatoria de Cortes Constituyentes y la elaboración de una nueva Constitución, además de la descentralización del Estado y la concesión de autonomías. Sin embargo, el gobierno respondió con la fuerza, disolviendo la Asamblea mediante la intervención de la Guardia Civil, lo que evidenció el autoritarismo del régimen.
La crisis social: la huelga general de agosto
Finalmente, la crisis social estalló con la huelga general de agosto de 1917. El fuerte encarecimiento de la vida provocado por la inflación de la guerra, unido a salarios que no crecían al mismo ritmo, había empeorado gravemente las condiciones de la clase trabajadora. En este contexto, la CNT y la UGT, en una colaboración excepcional entre anarquistas y socialistas, convocaron una huelga general revolucionaria con objetivos políticos claros: la caída del gobierno y la convocatoria de Cortes Constituyentes. La huelga tuvo especial fuerza en Madrid, Barcelona, Asturias y el País Vasco. El gobierno declaró el estado de guerra y reprimió duramente el movimiento con el ejército, deteniendo a los principales líderes socialistas como Francisco Largo Caballero, Julián Besteiro, Daniel Anguiano y Andrés Saborit, que fueron condenados en consejos de guerra, aunque posteriormente amnistiados.
A pesar de la gravedad de la situación, la confluencia de estas tres crisis no logró acabar con el sistema de la Restauración. La falta de coordinación entre militares, políticos de la oposición y movimiento obrero fue clave. Además, el miedo a una revolución social, especialmente tras la Revolución Rusa de octubre de 1917, llevó a sectores burgueses y moderados, como la Lliga, a apoyar el orden establecido. En conclusión, aunque el sistema sobrevivió, la Crisis de 1917 lo dejó profundamente debilitado y demostró que la Restauración estaba ya en una fase de clara decadencia.
Comparaciones, actores y causas del colapso
Comparación: Partido Conservador vs. Partido Liberal
El Partido Conservador, liderado por Cánovas, y el Partido Liberal, dirigido por Sagasta, constituían los dos pilares del turno pacífico. Ambos coincidían en lo fundamental (defensa de la monarquía, la Constitución de 1876 y la propiedad privada), pero diferían en su ideología y base social. Los conservadores, apoyados por la aristocracia y los terratenientes, defendían el inmovilismo, el sufragio censitario y el proteccionismo oficial a la Iglesia. Por el contrario, los liberales representaban a la burguesía y a las clases medias, siendo más reformistas y laicos; su mayor logro fue la aprobación del sufragio universal masculino en 1890, diferenciándose así del sufragio restringido conservador.
- Conservadores: aristocracia, terratenientes, sufragio censitario, apoyo a la Iglesia.
- Liberales: burguesía y clases medias, reformas, laicismo, sufragio universal masculino (1890).
Diferencias principales: PSOE vs. CNT
Aunque ambas organizaciones representaban al movimiento obrero, sus estrategias eran opuestas. El PSOE, de ideología marxista, era partidario de la acción política; buscaba conquistar el poder participando en las elecciones y utilizando las instituciones del Estado, apoyándose en su sindicato, la UGT. En cambio, la CNT era anarquista y totalmente apolítica. Rechazaba la participación electoral y el Estado, apostando por la «acción directa» (huelgas, sabotajes y negociación sin intermediarios) y la revolución social inmediata para implantar el comunismo libertario. Mientras el PSOE era fuerte en Madrid y el norte, la CNT dominaba en Cataluña y en el campo andaluz.
Causas de la caída de la monarquía de Alfonso XIII
La monarquía colapsó en 1931 por un cúmulo de pérdidas de apoyo, no por un golpe de Estado. La causa principal fue la identificación del rey con la Dictadura de Primo de Rivera; al caer el dictador, la Corona quedó desprestigiada y sin legitimidad democrática. A esto se sumó la unión de toda la oposición (republicanos, socialistas y nacionalistas) en el Pacto de San Sebastián y el abandono de sectores clave como los intelectuales y parte del ejército. El detonante final fueron las elecciones municipales de abril de 1931, que se entendieron como un plebiscito; la victoria republicana en las grandes ciudades demostró que el rey ya no contaba con el respaldo del pueblo, forzando su exilio.
Funcionamiento del caciquismo y fraude electoral
El sistema electoral de la Restauración funcionaba de forma invertida para garantizar el turno: los gobiernos no salían de las urnas, sino que «fabricaban» las elecciones. El proceso comenzaba en el Ministerio de la Gobernación con el encasillado, donde se decidían los diputados que debían resultar elegidos. Esta orden se transmitía a los gobernadores civiles y de ahí a los caciques locales, figuras de gran influencia económica que aseguraban los votos mediante favores o coacciones a la población. Si esto no bastaba, se recurría al pucherazo, manipulando directamente las actas, usando votos de fallecidos o rompiendo urnas para cuadrar el resultado con lo ordenado desde Madrid.
Resumen final
El sistema de la Restauración logró estabilidad y continuidad durante varias décadas, pero lo hizo sobre prácticas antidemocráticas (fraude electoral, caciquismo, control gubernamental de las instituciones) y sin afrontar reformas profundas. Las crisis de 1898 y 1917 expusieron sus limitaciones y aceleraron el descrédito del régimen, sembrando las condiciones que llevarían a la crisis política y social que culminaría en la caída de la monarquía en 1931.
