De los Iberos, Celtas y Celtíberos al Reino Visigodo de Toledo

El reino visigodo en la península ibérica

El reino visigodo en la península ibérica se gestó a partir del siglo V, cuando el Imperio romano, en plena crisis, pactó con los visigodos para frenar las invasiones de suevos, vándalos y alanos. Los visigodos se instalaron inicialmente en Tolosa y expulsaron a estos pueblos invasores. Tras su derrota ante los francos en el año 507, se trasladaron definitivamente a Hispania y fijaron su capital en Toledo, constituyendo un reino independiente.

Aunque los visigodos ostentaban el poder, eran una minoría frente a la población hispanorromana, por lo que con el tiempo experimentaron un proceso de asimilación cultural y social. Su sistema político se basaba en una monarquía electiva donde los nobles elegían al rey, lo que generó una constante inestabilidad provocada por las disputas de poder. A lo largo del tiempo se consolidaron tres grandes hitos de unificación:

  • Unidad territorial: impulsada por Leovigildo (572-586), quien conquistó el reino suevo y expulsó a los bizantinos.
  • Unidad religiosa: lograda por Recaredo (586-601) al convertirse al catolicismo y abandonar el arrianismo.
  • Unidad jurídica: culminada por Recesvinto en el 654 con la promulgación del Liber Iudiciorum (Fuero Juzgo), que estableció la igualdad legal entre ambas poblaciones.

En la administración del reino destacaron dos instituciones clave: el Aula Regia, una asamblea consultiva de la aristocracia que asesoraba al monarca, y los Concilios de Toledo, que pasaron de ser asambleas eclesiásticas a adquirir una gran relevancia política y legislativa.

Paralelamente, la sociedad sufrió una paulatina ruralización dada la decadencia de las ciudades y la crisis del comercio, favoreciendo el autoabastecimiento. La falta de esclavos transformó la estructura social: campesinos libres y colonos se fusionaron en una nueva clase de campesinos dependientes, los siervos. Ante la debilidad de la monarquía, los pequeños propietarios cedieron sus tierras a los nobles a cambio de protección militar, mientras que la corona pagaba los servicios nobiliarios concediendo tierras. Todo este proceso de cesión de propiedades y fortalecimiento de la nobleza sentó las bases del futuro sistema feudal.

Los pueblos prerromanos

A. Los iberos

Los pueblos iberos (turdetanos, bastetanos, edetanos, layetanos, etc.) tenían una economía agrícola basada en cereales, vid y olivo; también cultivaban plantas textiles (lino y esparto). Los iberos del sur explotaban las minas, desarrollaron una importante metalurgia y fabricaban armas (como la falcata ibérica) y orfebrería. También conocían la cerámica y el comercio propició que comenzaran a acuñar moneda propia. Algunos de estos pueblos conocieron la escritura.

La organización política se basaba en las ciudades-estado por influencia de fenicios y griegos; cada estado comprendía varias ciudades y el modelo político más frecuente era la monarquía. Existía una jerarquía social vinculada al poder económico y militar, con la presencia de una destacada aristocracia guerrera.

Tuvieron un desarrollo cultural notable, cuyo estudio se sustenta principalmente en las necrópolis conservadas. Contaban con una escritura reflejo de una lengua común, aunque registrada en varios alfabetos; en la actualidad puede leerse, pero no comprenderse. La religión estaba fuertemente influenciada por griegos y cartagineses, mezclándose con sus creencias ancestrales.

El arte también recibió una marcada influencia griega y cartaginesa; se trataba de un arte figurativo con predominio de la funcionalidad religiosa o funeraria. Destaca la escultura con figuras humanas y animales, tanto reales como imaginarias, entre las que sobresalen la Dama de Elche, la Dama de Baza y la Bicha de Balazote.

B. Los celtas

Los pueblos celtas (vacceos, lusitanos, carpetanos, etc.) ocupaban la meseta norte y el noroeste de la península (Galicia, norte de Portugal, Asturias…). Su origen era indoeuropeo y llegaron a la península a comienzos del primer milenio procedentes de Centroeuropa.

Su economía era rudimentaria y autosuficiente; el comercio, al contrario de lo que ocurría en los pueblos iberos, era muy escaso. Los que habitaban en las zonas más llanas desarrollaron una agricultura centrada en el cultivo de cereales, mientras que los pobladores del Sistema Central e Ibérico se dedicaban a la ganadería. Conocían la cerámica y la fabricación de tejidos, y destacaban en la metalurgia, sobre todo en la producción de objetos de hierro y bronce.

Se asentaban en poblados fortificados denominados castros, situados en zonas elevadas y compuestos por casas circulares distribuidas de manera desordenada. Su organización social era tribal y no conocían la escritura. Su estudio resulta complejo debido a la escasez de fuentes materiales, por lo que la mayoría de los testimonios provienen de autores romanos, quienes los describían como pueblos primitivos y belicosos.

C. Los celtíberos

Estaban asentados en el Sistema Ibérico, el este de la Meseta y el Sistema Central, en la zona de confluencia entre celtas e iberos, lo que dio como resultado una cultura con características peculiares que combinaba elementos de ambos grupos, aunque predominó el factor celta.

Eran extraordinarios guerreros dotados de una excelente tecnología armamentística. La aristocracia guerrera constituía el grupo dominante, y tanto cartagineses como romanos los incorporaron con frecuencia a sus ejércitos.