El movimiento obrero, la industrialización y el fin del imperio colonial español

Movimiento obrero y campesino español

Durante el siglo XIX, los trabajadores del campo y las ciudades en España expresaron sus protestas y su malestar con procedimientos centenarios como el bandolerismo (endémico en Andalucía) o los motines populares contra los elevados impuestos, la subida de precios o los reclutamientos militares (quintas). Este tipo de protestas se fueron politizando con el paso del tiempo.

El paso del Antiguo Régimen a la nueva sociedad capitalista llevó a la aparición de nuevos sectores proletarios y al crecimiento del número de trabajadores urbanos. También surgió una masa de jornaleros sin tierra en el centro y sur peninsular. Las condiciones de vida y trabajo, duras para los trabajadores urbanos e industriales y para los campesinos sin tierra, las desigualdades sociales y la ausencia de legislación laboral originaron conflictividad social y dieron lugar a un proceso asociativo y de lucha política para mejorarlas, conocido como movimiento obrero. Las primeras manifestaciones de protesta obrera contra el nuevo trabajo industrial fueron los luditas, que actuaban en contra de las máquinas porque pensaban que eliminaban puestos de trabajo.

El punto de inflexión se produjo durante el Sexenio Democrático (1868-1874), tras la desilusión y la desconfianza hacia la democracia y la República, cuyas medidas no resolvían sus problemas. Los trabajadores entendieron que no podían confiar en la izquierda liberal burguesa y que solo una verdadera revolución protagonizada por los trabajadores podía provocar el cambio social profundo que demandaban. Los obreros comenzaron a organizarse en asociaciones con fines de ayuda mutua (Sociedades de Mutuo Socorro) para socorrer en caso de enfermedad, necesidad o huelga.

El movimiento obrero en la Restauración

Con la llegada de la Restauración, las organizaciones obreras conocieron una dura represión y tuvieron que actuar en la clandestinidad o camufladas bajo asociaciones con otros fines declarados. Sin embargo, cuando en 1881 el gobierno de Sagasta las autorizó nuevamente, comenzó un período de intensa actividad. El movimiento obrero optó desde entonces por dos vías:

  • Acción violenta directa: contra los patronos, defendida por el anarquismo.
  • Acción política: para presionar a los gobiernos, defendida por el socialismo.

Al mismo tiempo, con la progresiva industrialización y la consolidación del capitalismo, creció la importancia social y numérica de la clase obrera. En sintonía con la división del movimiento obrero internacional, en España se fueron configurando las organizaciones socialistas y anarquistas por separado.

El anarquismo

La corriente anarquista fue la predominante en el obrerismo español. Defiende una sociedad sin autoridad pública ni propiedad privada (que debe colectivizarse), a conseguir tras una revolución que destruya el Estado burgués, rechazando cualquier participación en el juego político (partidos y elecciones). Tienen su mayor implantación entre el proletariado urbano de Cataluña y en el campo andaluz. Se divide entre los partidarios de una acción exclusivamente sindical y los defensores de la “acción directa”, seguidores de la táctica propuesta por Kropotkin (violencia terrorista o “propaganda por el hecho”). En el marco de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), los primeros líderes obreros crearon en 1870 la Federación Regional Española (FRE), de inspiración anarquista, la cual fue ilegalizada en 1874.

La industria textil catalana y la industrialización

En la España del siglo XIX se pretendió impulsar el proceso de Revolución Industrial para transformar la estructura económica agraria, pero el resultado final quedó lejos de lo esperado. Cataluña fue la única zona donde la industrialización se originó a partir de capitales autóctonos.

  • El sector algodonero: Fue el sector palanca de la industrialización regional. Se cambió la lana por el algodón, más apto para la producción mecanizada.
  • Factores de éxito: La iniciativa empresarial de la burguesía catalana, la modernización constante y la protección arancelaria que permitió orientar la producción al mercado nacional tras la pérdida del mercado colonial americano.

La siderurgia y la minería

El desarrollo de la siderurgia fue accidentado debido a la falta de carbón mineral de calidad y de demanda suficiente. Se distinguen tres etapas:

  • Etapa andaluza: Hasta los años sesenta, en torno a Málaga.
  • Etapa asturiana: Entre los años sesenta y ochenta.
  • Etapa vizcaína: Crecimiento sostenido desde la Restauración, destacando la creación de Altos Hornos de Vizcaya en 1902.

Respecto a la minería, España era rica en hierro, plomo, cobre, mercurio y cinc. La explotación masiva comenzó tras la Ley de Minas de 1868, que simplificó las concesiones y atrajo capital extranjero, aunque tuvo escasos efectos en la industrialización nacional al ser explotados por sociedades foráneas.

La crisis del 98

El fin del imperio colonial español se produjo en 1898 tras la guerra con Estados Unidos, finalizada con el Tratado de París. España perdió Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas. Esta pérdida abrió una profunda crisis política y el inicio de la literatura del “desastre”, que reflexionaba sobre la decadencia española.

Consecuencias del desastre

  • Pérdidas humanas y materiales: 120.000 muertos y graves pérdidas económicas.
  • Protesta social: Aumento del antimilitarismo y descontento de las clases humildes ante el sistema de quintas.
  • Regeneracionismo: Corriente de pensamiento que defendía la necesidad de una modernización profunda del país, dividida en:
    • Desde dentro del sistema: Representado por Silvela, Maura y Canalejas.
    • Desde fuera del sistema: Representado por Joaquín Costa, quien exigía una política realista que olvidara las glorias pasadas.

El desastre colonial también fue el origen de la Generación del 98, un grupo de escritores (Unamuno, Valle-Inclán, Pío Baroja, Machado, Azorín) preocupados por el atraso y la identidad de España.

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