Fenicios, Griegos y la Conquista Romana de la Península Ibérica

Los fenicios

Procedían del actual Líbano y eran un pueblo mercantil que, hacia el siglo IX a. C., fundó la ciudad de Gadir (Cádiz). Desde allí se expandieron por las costas andaluzas y el sur de Portugal; su estratégica localización facilitaba los intercambios comerciales, lo que, unido a la abundancia de metales, explica su interés por controlar estos territorios.

Los fenicios fundaron establecimientos comerciales en el sur de la Península, entre los que destacan, además de Gadir, Malaka, Sexi y Abdera. La mezcla de poblaciones fenicias e indígenas en los asentamientos, la colonización agrícola y el intenso intercambio de productos ocasionaron un fuerte influjo de todo género entre los nativos. Este influjo es claro en la religión: los dioses, los templos y los rituales fenicios obtuvieron general aceptación y se propagaron rápidamente.

Puede decirse que una gran parte de la actividad industrial, comercial y pesquera de las pequeñas colonias fenicias parece estar enmarcada en una estructura económica de tipo autárquico y de autoabastecimiento. Es lógico que necesitaran tierras cultivables y pastos lo suficientemente extensos para alimentar a una colonia en constante expansión demográfica desde finales del siglo VIII a. C. Parece claro, por tanto, cuáles fueron los factores económicos clave que pudieron impulsar la fundación de esta red colonial en la costa oriental peninsular: buenas condiciones portuarias, vías de comunicación terrestre para el tráfico interregional, abundante caza y pesca, disponibilidad de materias primas para uso industrial interno y un territorio con gran oportunidad agrícola, que incluso generaba excedentes de cereal, vino y aceite para el comercio.

En cualquier caso, no se debe olvidar que los emplazamientos fenicios en los ríos de la región les aportaban una posición privilegiada de cara al comercio terrestre con los indígenas del interior y al control de la navegación. Es digna de mención la necrópolis de Cádiz; entre las obras fenicias mejor conservadas se encuentra el sarcófago antropoide de la necrópolis gaditana de Punta de la Vaca.

Los griegos

La expansión griega tuvo lugar durante los siglos VIII-VI a. C. La relación de los colonos griegos con los indígenas fue muy distinta según se tratara de una ocupación de tierras para su explotación o de una llegada con finalidad comercial:

  • Ocupación de tierras: los griegos no solían contar con el consentimiento de los indígenas y en la mayoría de las ocasiones los expulsaban por la fuerza.
  • Instalaciones comerciales: cuando se trataba de una instalación portuaria con finalidad mercantil y sin pretensiones de extensión en el territorio, las relaciones con los indígenas solían ser pacíficas.

Fundaron enclaves en la parte norte de la costa mediterránea como Emporion (Ampurias) y Rhode (Rosas); desde allí se establecieron en algunos puntos costeros meridionales como Mainake (Málaga). Su principal objetivo, más que crear asentamientos permanentes, fue establecer relaciones comerciales con el fin de obtener metales, esparto, aceite de oliva y sal.

Entre el 600 y el 450 a. C. se produjo la máxima intensidad de contacto con el mundo ibérico. De este momento datan los bronces del arquero, el centauro de Royos o el sátiro. La aparición de cerámicas señala una evidente importación de piezas originales y la penetración de la cultura griega en la Península, lo cual influyó de forma decisiva en la formación del arte ibérico.

La conquista romana de la península ibérica

Fue un proceso dilatado en el tiempo, comprendido entre los años 218 a. C. y 19 a. C., que concluyó con la total integración y asimilación del territorio hispánico en el Imperio romano.

La segunda guerra púnica (218-197 a. C.)

Entre los años 237 y 218 a. C., los cartagineses dominaron la mayor parte del sur y sureste de la península ibérica, situando la frontera de su territorio en el río Ebro. Esta expansión chocó con los intereses de algunas ciudades aliadas de Roma enclavadas en la zona de dominio cartaginés, como Sagunto, conquistada por Aníbal en el 219 a. C., lo que desencadenó la segunda guerra púnica.

La presencia militar romana se inició en el año 218 a. C. con el desembarco en Ampurias de varias legiones al mando de Publio Cornelio Escipión. Las tropas romanas derrotaron a los cartagineses y conquistaron toda la costa mediterránea, el valle del Guadalquivir y parte del valle del Ebro.

La conquista del interior peninsular (197-29 a. C.)

Los romanos encontraron una fuerte oposición por parte de los pueblos autóctonos, en especial de celtíberos y lusitanos. El mayor exponente de esta resistencia fue la ciudad de Numancia. El asedio y conquista de la ciudad celtibérica de Numancia constituye uno de los episodios más interesantes de la conquista romana de la Península Ibérica. Numancia era una comunidad que en el siglo III a. C. estaba localizada cerca de la actual ciudad de Soria, y sus habitantes eran descendientes de tribus celtíberas. El asedio de Numancia constituyó uno de los episodios más importantes de la presencia y conquista romana en la península ibérica.

Algunos autores romanos, como Apiano, destacaban el afán de libertad de estas ciudades y la resistencia numantina frente a las legiones romanas, pese a contar con muchos menores medios y posibilidades que el gran ejército romano. Otro autor, Floro, destacó de Numancia que, aunque era inferior en poderío en comparación con Cartago o Corinto, resultaba equiparable a ellas en fama y valor, ya que con sus escasos recursos fue capaz de resistir durante largos años a un ejército enviado por Roma muy superior en número de hombres y en armamento. El resultado final de estas guerras fue que casi toda la península quedó bajo dominio de Roma.

Sometimiento de los pueblos de la cornisa cantábrica (29-19 a. C.)

Esta fase se inició con las guerras cántabras, que concluyeron con el control efectivo sobre cántabros, astures y galaicos por parte del emperador Augusto. Para asegurar el territorio, Roma fundó diversos campamentos militares como Asturica Augusta (Astorga) o Legio (León), que más tarde se transformaron en ciudades.

De esta forma, toda la península pasó a formar parte del Imperio romano, si bien el grado de integración y romanización fue notablemente más intenso en la costa mediterránea y en el valle del Guadalquivir.