Historia de España: De la Monarquía de los Habsburgo a la Segunda República

El imperio territorial de Carlos I

Con la llegada al trono de Carlos I, la corona pasó a manos de la Casa de Austria o Habsburgo. Carlos I era hijo de Felipe y Juana. Recibió de sus abuelos maternos la Corona de Castilla, Canarias, algunas ciudades del norte de África y territorios en América, así como la Corona de Aragón, Cerdeña, Nápoles y Sicilia. De sus abuelos paternos heredó los Países Bajos, Borgoña y el Franco Condado, posesiones en Alemania y Austria, y los derechos al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, siendo proclamado emperador como Carlos V de Alemania. A esta herencia añadió el Milanesado, territorios en América y plazas en el norte de África.

No se trataba de un imperio territorial, sino jurídico, electivo y de poder efectivo limitado. La monarquía hispánica se convirtió en el centro del Imperio, y especialmente sobre Castilla recayó el esfuerzo para mantenerlo. El ideal de Carlos era una monarquía universal y cristiana, dirigida por un doble poder: el espiritual, que afectaría al papado, y el terrenal, correspondiente al emperador. Como rey hispano, Carlos I regentó una monarquía compuesta que reconocía las leyes de cada ente político, cuyo gobierno reunía las instituciones del rey y del reino.

Para el gobierno del territorio existían Consejos como los de Castilla, Aragón, Navarra e Indias. A estos consejos territoriales privativos de cada reino se añadían el Consejo de Estado y la Inquisición, junto a otros órganos más técnicos. El gran imperio se vio sometido a la hostilidad de sus vecinos. La idea de la monarquía universal chocaba con la oposición de Francia, la otra gran potencia de Europa. Durante el reinado de Carlos, ambos países mantuvieron una lucha constante en el norte de Italia, Flandes y Borgoña.

En el Mediterráneo, los turcos practicaron la piratería para obtener botines y esclavos. Carlos lanzó un ataque contra Túnez, pero fracasó en la conquista de Argel. En el ámbito religioso, el protestantismo se expandió por Alemania y los Países Bajos gracias a Lutero, amenazando una de las bases de la monarquía: la unidad religiosa. Surgió un conflicto que se cerró con la Paz de Augsburgo, en la que los protestantes consiguieron que cada príncipe alemán pudiera elegir la religión de sus Estados. El fracaso ante los protestantes llevó a Carlos a renunciar al poder: dividió sus posesiones entre su hermano Fernando, a quien cedió el título imperial y los Estados alemanes, y el resto a su hijo Felipe.

El imperio territorial de Felipe II

Carlos V repartió entre sus hijos sus propiedades y a Felipe II le dejó los reinos de la Península Ibérica y los territorios de la casa de Borgoña. Como nieto del rey portugués, recibió la Corona de Portugal y sus posesiones en América, África y el Extremo Oriente. Esta unión con Portugal supuso la llamada «Unión Ibérica». Los grandes objetivos de su política fueron la defensa del catolicismo frente al protestantismo y el mantenimiento de la hegemonía de la dinastía en Europa y ultramar. Concedió gran importancia a los reinos hispánicos y gobernó desde Castilla.

Política Exterior de Felipe II

En su política exterior, tuvo que hacer frente al resto de las potencias de la época:

  • Rivalidad con Francia: Quedó cerrada con la victoria en la batalla de San Quintín y la firma de la Paz de Cateau-Cambrésis.
  • Imperio Otomano: Se expandía por el Mediterráneo y sus aliados, los piratas berberiscos, hostigaban los barcos y puertos españoles. Se firmó una alianza contra los turcos entre el Papado, Venecia y la Monarquía Hispánica, denominada la Liga Santa. Obtuvo un importante triunfo en la batalla de Lepanto, lo que supuso el fin del peligro turco en el Mediterráneo occidental.
  • Guerra en los Países Bajos: Se originó por el descontento ante los fuertes impuestos, el surgimiento de un sentimiento nacionalista y el conflicto religioso al extenderse el calvinismo en la zona norte. La primera rebelión se produjo en la región de Flandes y fue apoyada por Francia e Inglaterra. España ejerció una dura represión. En 1579, el sur de los Países Bajos, mayoritariamente católico, aceptó la obediencia a Felipe II; las provincias del norte, donde predominaban los protestantes, se convirtieron en un estado independiente.
  • Inglaterra: La reina Isabel I de Inglaterra, anglicana, apoyó a los protestantes de Flandes y protegió a los corsarios que atacaban los barcos españoles en el Atlántico. Felipe II decidió enfrentarse a Inglaterra, ya que pensaba que derrotándola vencería a los flamencos, y mandó construir una gran flota, la «Armada Invencible»; fue derrotada en 1588, dando lugar a una larga guerra anglo-española.

Gobierno Interior

El gobierno interior siguió las pautas de sus antecesores. Trató de mantener una monarquía descentralizada, no absoluta, donde las leyes e instituciones privativas de cada ente político debían ser respetadas. En la práctica política, esto condujo en ocasiones a todo lo contrario, motivando múltiples descontentos, acrecentados por el acusado absentismo que practicó, derivado de la elección de Castilla como centro de la monarquía. Cada territorio disponía de un consejo junto al monarca, a los que hubo que añadir a los existentes (Castilla, Aragón y Navarra) los Consejos de Italia —cuyos asuntos se veían anteriormente en el de Aragón—, Portugal y Flandes.

Causas de la Guerra de los Treinta Años

La Guerra de los Treinta Años comenzó por motivos religiosos y por disputas dinásticas entre los príncipes alemanes, pero acabó envolviendo a toda Europa en una intensa lucha por la hegemonía política. En España, este periodo coincide con la muerte de Felipe III, a quien sucedió Felipe IV. Dos motivos llevaron a la Monarquía Hispánica a implicarse, desde 1618, en la guerra que libraba la rama austriaca de los Habsburgo contra los Estados protestantes que cuestionaban su autoridad, especialmente en Bohemia: la defensa de la religión católica frente al avance protestante y la necesidad de articular de manera más firme, desde un punto de vista geoestratégico, los distintos territorios de un vasto imperio europeo muy disperso.

Holanda, Dinamarca, Inglaterra, Suecia y Francia serían los rivales de España y del Imperio alemán. La contienda concluyó en 1648 con la firma de la Paz de Westfalia, que supuso el final de la hegemonía de los Habsburgo en Europa: se confirmó la división religiosa del imperio sobre el que el emperador solo tendría autoridad nominal; Alemania aceptó el principio de libertad religiosa por el cual cada príncipe elegía la religión de su territorio; Suecia y Francia ampliaron sus territorios; la Confederación Helvética se independizó del Sacro Imperio Germánico; e Inglaterra y Holanda pasaron a disputarse el comercio internacional. Comenzó a asentarse el principio del equilibrio europeo internacional y el Estado secularizado.

España reconoció la independencia de las Provincias Unidas. El conflicto con Francia continuó hasta el Tratado de los Pirineos, donde se acordó la entrega a Francia de varias plazas en Flandes y Luxemburgo, así como el Rosellón y la alta Cerdaña, que formaban parte de Cataluña, y algunas concesiones comerciales en América. El tratado fue refrendado con el matrimonio del rey francés Luis XIV y María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, lo que abrió las puertas del trono español a los Borbones. Esto confirmaba el paso de la hegemonía continental a Francia.

Las Alteraciones de Aragón en 1591

La rebelión aragonesa de 1591, episodio que en los siglos XIX y XX se ha venido conociendo como ‘Alteraciones de Aragón’, comenzó con la huida de Castilla de Antonio Pérez, antiguo secretario del rey, preso desde 1579 tras haber caído en desgracia al ser descubiertas sus intrigas y manejos en la corte. En un intento de librarse de la justicia regia y dada su condición de aragonés, en abril de 1590 Pérez buscó refugio en Aragón con el apoyo de una red de contactos que había tejido en este reino durante su etapa cortesana. Nobles y prohombres se habían enfrentado a la Corona en varias disputas jurisdiccionales surgidas en décadas precedentes, porque a menudo las políticas del monarca chocaban con los privilegios forales.

La nobleza de Aragón se oponía al intervencionismo del rey y acudía al Justicia. Como en otros conflictos anteriores, la rebelión de 1591 tuvo un papel fundamental en el proceso foral de manifestación, que administraba la Corte del Justicia de Aragón y que fue el recurso legal empleado por Pérez para defender su causa. La Monarquía, ante la imposibilidad de resolver a su favor el litigio en los tribunales, decidió recurrir a la Inquisición, que instruyó contra Pérez un proceso por herejía con el fin de sustraerlo de la jurisdicción del Justicia.

La radicalización del conflicto a partir de este momento llevó a Felipe II a ordenar una intervención militar para restablecer el orden, decisión que fue contestada por las autoridades aragonesas con una declaración de resistencia e intentos de reunir tropas para detener la invasión. Finalmente no hubo batalla, pero el desafío a la autoridad regia era manifiesto, y desde la corte se promovió una dura represión que incluyó la ocupación del reino y la aplicación de varias decenas de castigos ejemplares, entre ellos el encarcelamiento y la inmediata ejecución del Justicia de Aragón, don Juan de Lanuza. Las Cortes de Tarazona de 1592 pusieron fin al conflicto y confirmaron la pervivencia del ordenamiento foral aragonés, si bien se introdujeron medidas que limitaron la capacidad de actuación de las principales instituciones aragonesas: Cortes, Diputación y Justicia.

La Segunda República Española (1931-1936)

El 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República de forma pacífica y festiva, con la idea de crear un verdadero marco democrático, modernizar el Estado e iniciar un programa de reformas. Pero el camino tendrá dificultades, ya que las reformas polarizan a sectores sociales antagónicos: católicos y anticlericales, patronos y trabajadores, Iglesia y Estado. En 1936, tras un fallido golpe de Estado, estalló la Guerra Civil por la inestabilidad política, la conflictividad social y los desafíos y amenazas desde arriba y abajo.

El advenimiento de la República

Las elecciones municipales del 12 de abril se convirtieron en un plebiscito sobre la monarquía: el número de concejales monárquicos superó al de republicanos, pero estos triunfaron en las zonas urbanas. Alfonso XIII partió al exilio y se proclamó la República el 14 de abril de 1931. Se formó un Gobierno provisional, presidido por Niceto Alcalá-Zamora, con republicanos, socialistas y catalanistas, que convocaron elecciones a Cortes Constituyentes que ganaron los republicanos de izquierda. Manuel Azaña fue nombrado Jefe del Gobierno y Alcalá-Zamora, Presidente de la República. Las Cortes elaboraron y aprobaron la Constitución de 1931, que definía un Estado republicano democrático y autonómico, con una amplia declaración de derechos y libertades. La Constitución no consiguió el consenso de la derecha y los católicos.

Bienio Reformista (1931-1933)

El gobierno presidido por Azaña se enfrentó a cuatro graves problemas ante los que planteó un proyecto reformista con transformación política y social:

  • Reforma militar: Frente a un ejército anticuado pero poderoso, conservador y monárquico, se buscó un ejército moderno, profesional y leal a la República mediante la Ley de Retiro de la Oficialidad. No logró todos sus objetivos, pues la modernización fue menor de lo esperado.
  • Reforma religiosa: Separación Iglesia-Estado para limitar el peso de la Iglesia y secularizar la vida social. Se prohibió la enseñanza religiosa y se disolvió la orden jesuita.
  • Reforma autonómica: La República se definió como un Estado autonómico, pero solo Cataluña y el País Vasco culminaron el proceso; Galicia lo inició en 1936.
  • Reforma agraria y social: La Ley de Reforma Agraria pretendía mejorar la situación de 4 millones de campesinos mediante la expropiación de latifundios. Los resultados fueron mediocres por la complejidad técnica y la resistencia de los propietarios. En el ámbito laboral, se reguló el salario mínimo, la jornada de 8 horas y los seguros sociales.
  • Reforma educativa: Se pretendió establecer una enseñanza obligatoria, pública y gratuita, aumentando el presupuesto en un 50%.

Esta legislación provocó la resistencia de sectores afectados que tendieron hacia posiciones antirrepublicanas. Sectores del ejército (africanistas) conspiraron, como en el golpe fracasado de Sanjurjo. La jerarquía católica movilizó a los grupos de derecha como Acción Española, la CEDA, Renovación Española y la Comunión Tradicionalista, que se unirían en FE de las JONS en 1934. Por otro lado, los trabajadores, ante la lentitud de las reformas, iniciaron insurrecciones como las de Castilblanco o Casas Viejas. En 1933, la coalición entró en crisis, Azaña dimitió y se convocaron elecciones.

Bienio Conservador (1933-1935)

El «Bienio radical-cedista» se caracterizó por:

  • La paralización de las reformas y la rehabilitación de los golpistas de 1932.
  • Inestabilidad política debido a la fragilidad de la alianza entre el Partido Radical de Lerroux y la CEDA de Gil-Robles.
  • Creciente polarización que llevó a la Revolución de octubre de 1934 en Asturias y la proclamación del Estado Catalán en Barcelona, que fueron duramente reprimidas.

El fin del bienio vino marcado por escándalos de corrupción (como el del estraperlo) que hundieron al Partido Radical, llevando a Alcalá-Zamora a convocar nuevas elecciones.

El Frente Popular (1936)

En las elecciones del 16 de febrero de 1936 obtuvo la victoria el Frente Popular, una coalición de izquierdas con un programa de amnistía y reanudación de las reformas. Azaña accedió a la Presidencia de la República y Casares Quiroga al Gobierno. Entre febrero y julio de 1936 se vivió un aumento de la tensión social y violencia callejera. El punto crítico llegó con el asesinato del teniente Castillo y la respuesta con el asesinato de José Calvo Sotelo. Para entonces, el pronunciamiento militar ya estaba decidido. Desde marzo de 1936, un grupo de generales preparó un alzamiento con el apoyo del ejército africano al mando del general Franco. La sublevación se inició en Marruecos el 17 de julio de 1936 y se extendió a la Península. El fracaso parcial del golpe derivó en el estallido de la Guerra Civil Española.

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