1.2 Asentamientos extranjeros y pueblos prerromanos (a partir de 1200 a. C.)
A partir del 1200 a. C., tras el Calcolítico, diversos pueblos extranjeros comenzaron a asentarse en la Península Ibérica, atraídos por su riqueza minera y su posición estratégica en el Mediterráneo.
Fenicios: se establecieron en el sur peninsular, fundando factorías como Gadir, Mainake, Abdera y Sexi, desde donde controlaron el comercio de metales. Introdujeron el alfabeto, el horno de fuego oxidante, el torno alfarero y el colorante púrpura.
Cartagineses: en el siglo VI a. C. fueron sustituidos por los cartagineses, procedentes de Cartago, que ampliaron su dominio hacia Ebusus y Cartago Nova (Cartagena), configurando una auténtica colonia territorial en el sureste.
Griegos: por el norte, los griegos, procedentes de Massalia (Marsella), fundaron colonias como Rodas y Emporión, impulsando el comercio a corta y larga distancia. Aportaron la moneda, el urbanismo y nuevas formas de organización política.
Estos pueblos influyeron en las culturas autóctonas:
- Íberos: asentados en el Levante y sur, eran un pueblo agrícola y belicoso que vivía en poblados amurallados con casas rectangulares. Estaban dirigidos por un régulo y practicaban la devotio ibérica, vínculo de fidelidad extrema entre guerreros y jefe. Recibieron influencias orientales en el arte, la escritura y la moneda.
- Celtas: procedentes de Centroeuropa, se asentaron en la vertiente cantábrica y atlántica. Practicaban la ganadería trashumante y habitaban en castros con casas circulares semiexcavadas. Su cohesión social se basaba en el hospitium, relación de fidelidad entre guerreros y líderes.
- Tartessos: en el suroeste destacó Tartessos (siglos VII–V a. C.), civilización autóctona dedicada al comercio, la pesca y la agricultura. Contó con el rey Argantonio y una capital aún no localizada. Los tesoros de La Joya y El Carambolo aportan abundante información sobre su cultura.
- Celtíberos: en la Meseta surgieron pueblos celtíberos, agrícolas y belicosos, con asentamientos amurallados y un arte tosco representado en los verracos, como los Toros de Guisando.
- Poblaciones del norte: en el norte, astures, cántabros y vascones, dedicados a la ganadería trashumante, conservaron una identidad propia y ofrecieron fuerte resistencia a influencias externas.
1.3 La conquista y romanización de la Península (218 a. C. y siglos siguientes)
La conquista romana de la Península comenzó en el 218 a. C. durante la II Guerra Púnica contra Cartago. Se desarrolló en tres fases:
- Primera fase (218–133 a. C.): partió de los valles del Ebro y Guadalquivir. Roma tuvo que vencer la resistencia de los ilergetes (Indíbil y Mandonio), de Viriato en Lusitania (derrotado en 139 a. C.) y de Numancia, que cayó en 133 a. C.
- Segunda fase (133–29 a. C.): se caracterizó por la romanización: imposición del latín y extensión progresiva del derecho de ciudadanía. Hispania participó en las guerras civiles de los triunviratos y se conquistó Mallorca. El proceso culminó cuando Vespasiano concedió la ciudadanía a todos los hispanos en el 72 d. C.
- Tercera fase (29–19 a. C.): supuso la conquista del norte, donde pueblos pastores ofrecieron fuerte resistencia por el control de los recursos mineros.
Administrativamente, Hispania pasó de dos provincias (Citerior y Ulterior) a seis: Bética, Lusitania, Cartaginensis, Tarraconensis, Gallaecia y Balearica. La romanización dejó un legado duradero:
- La lengua latina, base de las lenguas romances actuales.
- El derecho romano y la división social entre patricios y plebeyos.
- El cristianismo y el sistema monetario bimetálico.
- La tríada mediterránea: trigo, vid y olivo.
- Importantes obras públicas: el acueducto de Segovia y el puente de Alcántara.
Con la caída de Roma en 476 d. C. terminó su dominio político, pero su herencia cultural perduró.
2.1 Al-Ándalus: evolución política
La conquista musulmana de la Península comenzó en 711, cuando Tárik desembarcó en Gibraltar con 10 000 bereberes y derrotó al rey visigodo Don Rodrigo en la batalla de Guadalete. En 712 llegó Muza con 20 000 árabes y sirios, completando la rápida ocupación del territorio. Solo la franja cantábrica resistió, destacando Covadonga (722). En 732 fueron frenados por los francos en Poitiers. La rapidez se explica por las luchas visigodas internas, la pasividad de parte de la población y el apoyo judío, además de pactos locales como el de Teodomiro.
El dominio musulmán pasó por varias etapas fundamentales:
- Periodo dependiente (711–720): administración inicial subordinada a las autoridades del Magreb y del mundo islámico oriental.
- Emirato dependiente de Damasco (720–756): con capital en Sevilla y después Córdoba, marcado por conflictos internos.
- Emirato independiente (desde 756): en 756 Abderrahmán I proclamó el emirato independiente, organizando el territorio en coras e iniciando la construcción de la mezquita de Córdoba.
- Califato de Córdoba (929–1031): en 929 Abderrahmán III proclamó el califato, concentrando poder político y religioso. Fue la etapa de máximo esplendor, con Madīnat al‑Zahrāʾ (Medina Azahara) y campañas contra los reinos cristianos.
- Fragmentación y taifas (desde 1031): tras la decadencia iniciada tras Almanzor (m. 1002), el califato se fragmentó en reinos de taifas (1031–1085), culturalmente brillantes pero militarmente débiles, que pagaron parias a los cristianos.
- Invasiones norteafricanas: almorávides (1086–1146) y almohades (1170–1232) intentaron unificar y revitalizar el poder musulmán; los almohades fueron derrotados definitivamente en Las Navas de Tolosa (1212).
- Reino nazarí de Granada (1246–1492): los Banu Nasr gobernaron el último reino musulmán, que sobrevivió gracias al vasallaje a Castilla y a su desarrollo económico, alcanzando su esplendor en el siglo XIV (la Alhambra). Granada cayó en 1492 ante los Reyes Católicos.
2.4 Modelos de repoblación
La sociedad de los reinos cristianos medievales era estamental. En la cúspide se situaba el rey. El estamento privilegiado lo formaban la nobleza —alta nobleza o ricoshombres y baja nobleza o infanzones— y el alto clero (obispos y prelados). El estamento no privilegiado o popular incluía artesanos, campesinos, burgueses, jornaleros y bajo clero.
El avance de la Reconquista se consolidó mediante la repoblación de los territorios conquistados, que pasó por varias fases:
- Siglos VIII–IX — repoblación monacal y privada: basada en el derecho de presura o aprisio, que reconocía la propiedad a quien ocupase, cultivase y defendiese la tierra, o en torno a cenobios. Dio lugar a pequeñas y medianas propiedades, típicas del norte peninsular.
- Siglos XI–XII — repoblación concejil: mediante concejos libres o behetrías en los valles del Duero, Tajo y norte del Ebro. Se organizó a través de Cartas Puebla y coexistieron pequeñas y medianas propiedades con bienes comunales (propios y baldíos).
- Siglos XII–XIII — repoblación por Órdenes Militares: (Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa), que recibieron grandes extensiones en zonas como el Guadiana Medio, Guadalope y Turia, formando latifundios.
- Modelo mixto en Andalucía, Murcia y Valencia: predominio nobiliario; se concedieron donadíos (pequeñas propiedades) y heredamientos (grandes latifundios), explotados por braceros y jornaleros, configurando la estructura agraria del sur.
2.5 La Baja Edad Media en Castilla, Aragón y Navarra
Tras varios siglos de crecimiento, el siglo XIV supuso una crisis estructural que afectó de forma desigual a los reinos peninsulares. La base agraria, técnicamente atrasada, sufrió malas cosechas y hambrunas, agravadas por la Peste Negra en la segunda mitad del siglo XIV, provocando un descenso demográfico de entre el 20 % y el 60 % según regiones. La falta de mano de obra y la debilidad comercial generaron graves tensiones sociales.
Se produjeron numerosos conflictos:
- Entre nobleza y monarquía: guerra civil castellana entre Pedro I y la casa de Trastámara.
- Entre nobleza y campesinado: revueltas como las de los irmandiños (1431 y 1467–1469) o la guerra civil catalana (1462–1472).
- Entre campo y ciudad: la revuelta foránea de Mallorca.
- Entre artesanos y comerciantes: enfrentamientos como la Biga y la Busca en Barcelona.
- Entre campesinos y ganaderos en Castilla: la Mesta (creada en 1273) defendía la trashumancia y generó tensiones con la agricultura.
Para superar la crisis se reforzó el poder real, se impulsó la ganadería ovina y la exportación de lana merina, se promovieron ferias como la de Medina del Campo y se buscaron rutas atlánticas. Castilla, Aragón y Valencia salieron reforzadas, mientras Navarra y Cataluña sufrieron más. Aragón formó un imperio mediterráneo (Sicilia, Cerdeña, Atenas, Neopatria y Nápoles). Castilla consolidó su expansión atlántica tras la batalla del Salado (1340) e inició la conquista de Canarias. Navarra, sin salida al mar, se vinculó a dinastías francesas, manteniendo autonomía a través de sus Cortes. En el siglo XV, la recuperación económica favoreció el desarrollo del arte gótico y el humanismo.
3.1 Los Reyes Católicos
A comienzos del siglo XV la Casa Trastámara reinaba en Castilla y Aragón. En 1469 Isabel de Castilla se casó en secreto con Fernando de Aragón, lo que provocó un conflicto sucesorio tras la muerte de Enrique IV (1474) entre los partidarios de Isabel y los de Juana «la Beltraneja», apoyada por Portugal y Francia. La guerra se resolvió a favor de Isabel tras la batalla de Toro y el Tratado de Alcaçovas (1479).
La Concordia de Segovia (1475) reguló el gobierno conjunto en Castilla y, en 1479, Fernando heredó Aragón, produciéndose una unión dinástica: ambos reinos mantuvieron leyes, instituciones y fronteras propias; la única institución común fue la Inquisición. Castilla tuvo un papel predominante por su hacienda y ejército.
El nuevo Estado se apoyó en:
- Una administración más eficaz (corregidores, Santa Hermandad),
- Un ejército permanente,
- Una diplomacia activa.
Reforzaron la autoridad real (reducción de mercedes, control de Órdenes Militares, propaganda), modernizaron la administración (limitación de las Cortes) y mantuvieron la sociedad estamental (mayorazgo en 1505 y Sentencia de Guadalupe en Aragón). Impulsaron la unidad religiosa mediante la Inquisición y la expulsión de los judíos. La Guerra de Granada (1481–1492) culminó la Reconquista: Granada capituló el 2 de enero de 1492; se garantizaron bienes y religión a los musulmanes, aunque muchos emigraron al norte de África. El año 1492 simboliza el fin de la Edad Media y el inicio de la expansión imperial española.
3.7 La nueva monarquía borbónica
Con la llegada de Felipe V tras la Guerra de Sucesión se instauró en España la dinastía borbónica, que impulsó una profunda reorganización político‑administrativa con el objetivo de consolidar la monarquía absoluta, uniformizar y centralizar el Estado y modernizar el país. Los Borbones introdujeron el modelo absolutista francés, basado en la idea del poder de origen divino del rey (Rex Dei Gratia).
Las Cortes quedaron reducidas a una función simbólica y se implantó la Ley Sálica, que excluía a las mujeres del trono. Felipe V aprovechó el apoyo de la Corona de Aragón al candidato austríaco para imponer los Decretos de Nueva Planta, que suprimieron fueros e instituciones aragonesas e implantaron las leyes, la lengua y el sistema administrativo castellanos. Se sustituyeron los virreyes por capitanes generales y, salvo Navarra y el País Vasco, se estableció una organización uniforme, consolidando un Estado centralizado.
La administración se concentró en Madrid mediante Secretarías de Estado y del Despacho, que sustituyeron a los Consejos (excepto el Consejo de Castilla). El territorio se dividió en provincias dirigidas por intendentes y se generalizó la figura del corregidor en los municipios. Los Borbones impulsaron reformas económicas y fiscales (limitación de la Mesta, libertad comercial, Manufacturas Reales, Catastro de Ensenada, Vales Reales), reforzaron el control sobre la Iglesia y América y promovieron la cultura ilustrada con academias y sociedades económicas, evolucionando hacia el despotismo ilustrado.
3.8 Las reformas borbónicas en los virreinatos americanos
Con la llegada de la nueva dinastía borbónica en el siglo XVIII, la política hacia América cambió profundamente en lo administrativo y en lo económico. El objetivo principal fue recuperar el control sobre las colonias y hacer más eficaz y rentable su explotación.
En el ámbito administrativo se reorganizó el territorio para reforzar la autoridad de la Corona. De los dos virreinatos existentes, el Virreinato de Nueva España y el Virreinato del Perú, se pasó a cuatro al crearse el Virreinato de Nueva Granada (capital: Santa Fe de Bogotá) y el Virreinato del Río de la Plata (capital: Buenos Aires). Además, se estableció un ejército regular permanente en América y, en 1764, se implantó el sistema de intendencias, que sustituyó a gobernaciones y corregimientos, permitiendo un control más directo y eficaz desde la metrópoli.
En el plano económico, los Borbones impulsaron un modelo colonial más definido: América debía suministrar materias primas (tabaco, azúcar, cacao) y comprar manufacturas españolas. En un primer momento se crearon compañías comerciales privilegiadas con monopolios regionales, como la Compañía Guipuzcoana de Caracas. Posteriormente, ante las limitaciones del monopolio controlado desde Cádiz (que había sustituido a Sevilla), se introdujeron reformas liberalizadoras: el sistema de registros (1735) y los decretos de libre comercio (1765 y 1778), que permitieron comerciar directamente desde varios puertos españoles. Estas medidas estimularon especialmente el crecimiento manufacturero y comercial de Cataluña.
En conjunto, las reformas borbónicas reforzaron el control político y aumentaron la explotación económica de América, aunque también generaron descontento entre los criollos, sentando las bases de los futuros movimientos independentistas.
3.9 Sociedad, economía y cultura del siglo XVIII
La sociedad española del siglo XVIII se mantuvo estamental, propia del Antiguo Régimen: nobleza, clero y pueblo llano, con privilegios para los dos primeros y escasa movilidad social. Dentro del pueblo llano, el grupo más numeroso era el campesinado, aunque la burguesía creció gracias al comercio y la manufactura, sin alcanzar el peso de otras potencias europeas.
Demográficamente, España pasó de 7,5 millones en 1717 a 10,5 millones en 1801, gracias a la mejora económica, avances sanitarios y menor incidencia de guerras, epidemias y hambre.
En la economía, las reformas borbónicas impulsaron la expansión agrícola y comercial:
- Mejora de caminos y puertos.
- Liberalización del comercio de grano y fomento de nuevos cultivos (maíz, patata).
- Obras de irrigación como el Canal Imperial de Aragón y colonización de nuevas tierras (Sierra Morena).
- Producción manufacturera: creación de Manufacturas Reales (tapices, cristal, porcelana) e impulso de la construcción naval.
- Bajo Carlos III se adoptaron medidas más liberales que favorecieron la iniciativa privada y la colaboración industria‑agricultura.
En el comercio se pasó del monopolio mercantilista a un sistema más liberal con América, fortaleciendo el comercio y la manufactura.
En la cultura, los Borbones ilustrados fundaron academias científicas y promovieron expediciones como las de Celestino Mutis y Malaspina. En literatura se sustituyó el barroco por el neoclasicismo, con autores como Jovellanos y Moratín, y surgió el periodismo (El Mercurio, El Censor). En el arte predominó el academicismo neoclasicista, con arquitectos como Juan de Villanueva, Juvara y Sabatini, y en pintura destacó Francisco de Goya.
