La conquista romana de la Península Ibérica
Entre los años 218 y 19 a. C., Roma llevó a cabo la conquista de los pueblos de la Península Ibérica. Paralelamente, desarrolló la romanización, proceso por el que los pueblos hispanos asimilaron la cultura, la organización política, la economía y las formas de vida romanas.
La conquista romana fue un proceso discontinuo y se desarrolló en varias etapas. En primer lugar, entre el 218 y el 205 a. C., Roma derrotó a los cartagineses y ocupó el sur y el levante peninsular. Posteriormente, entre el 205 y el 133 a. C., sometió el interior de la Península mediante las guerras lusitanas, en las que destacó Viriato, y las guerras celtibéricas, durante las que destacó la resistencia de Numancia. Finalmente, entre el 29 y el 19 a. C., tuvieron lugar las guerras cántabras, dirigidas por Augusto, que permitieron conquistar a cántabros y astures. Tras la conquista se impuso la pax romana, que favoreció la romanización.
Medios de la romanización
Organización administrativa
La romanización se llevó a cabo mediante diferentes medios. Uno de ellos fue la organización administrativa. Durante la República, Hispania se dividió en Hispania Citerior e Hispania Ulterior. En época imperial, Augusto reorganizó el territorio en Lusitania, Bética y Tarraconense. Posteriormente, en el siglo III d. C., se crearon nuevas provincias, como Gallaecia, Cartaginense y Baleárica.
La ciudad
La ciudad fue otro elemento fundamental. Roma fundó colonias y transformó algunas ciudades indígenas en municipios. Estas ciudades tenían una organización urbana romana, con calles ordenadas, foros, templos, termas, teatros, anfiteatros y acueductos. Además, la construcción de calzadas y puentes facilitó las comunicaciones y el control del territorio.
El ejército
El ejército también contribuyó a la romanización, ya que reclutaba tropas indígenas y favorecía el contacto entre los hispanos y los romanos. Al licenciarse, algunos soldados se asentaban en la Península, difundiendo las costumbres y formas de vida romanas.
La economía
Roma transformó asimismo la economía, que se basó en la agricultura, la minería, la artesanía y el comercio. Destacaron los cultivos de trigo, vid y olivo, así como la explotación de minerales como el oro, especialmente en Las Médulas, el hierro, el cobre y el mercurio. También se extendió el uso de la moneda, especialmente el denario.
Legado cultural de la romanización
En cuanto al legado cultural de la romanización, fue muy importante. El latín se extendió por Hispania y dio origen a las lenguas romances peninsulares. El derecho romano influyó en las leyes y en la organización de las instituciones. La arquitectura romana dejó importantes construcciones, como calzadas, puentes, acueductos, teatros y anfiteatros. En el ámbito religioso, el cristianismo se difundió por Hispania y se convirtió en la religión oficial del Imperio con Teodosio en el año 380.
En conclusión, la romanización dejó una profunda huella en la lengua, el derecho, la organización administrativa, las ciudades, la economía, la arquitectura y la religión. Por ello, fue fundamental para la configuración de la cultura española.
Las invasiones bárbaras y el reino visigodo
Entre los siglos IV y V, las llamadas «grandes invasiones» de los pueblos bárbaros irrumpieron en el Imperio romano y aceleraron su caída. A la Península llegaron los suevos y los vándalos, de origen germánico, y los alanos, de origen iraní. Solo los suevos lograron fundar un reino, en el noroeste (la Gallaecia romana). Los vándalos asdingos, tras enfrentarse a los suevos, bajaron al sur, convivieron con los silingos y en el 429 pasaron al norte de África, donde crearon otro reino. Los alanos fueron absorbidos por los demás pueblos.
Los visigodos llegaron en el 411 y expulsaron a vándalos y alanos al norte de África. Crearon primero un reino con capital en Toulouse, que dominaba el sur de Francia y casi toda la Península. En el 507, expulsados de las Galias por los francos, se establecieron solo en Hispania, con capital en Toledo. Durante los siglos VI y VII unificaron territorialmente la Península al vencer a suevos y bizantinos, hasta que la invasión árabe del 711 puso fin al reino.
Crisis y convivencia
La caída del Imperio romano de Occidente supuso un grave retroceso cultural, comercial y económico (ruralización y latifundismo), y la población hispana pasó de seis millones en el siglo III a poco más de uno en el VI. Los visigodos, pueblo guerrero y muy minoritario (unos 300.000 frente a cuatro millones de hispanorromanos), sometieron a la población local, lo que generó problemas de convivencia. La fusión era difícil porque eran cristianos arrianos, frente a los católicos hispanorromanos, y porque aplicaban leyes germanas en lugar del derecho romano. La vida urbana y el comercio decayeron aún más, y el campesinado quedó sometido a la aristocracia, tanto germana como hispanorromana, en un claro ejemplo de feudalización.
Unificación religiosa y jurídica
La unificación religiosa y jurídica llegó con dos reyes: Recaredo aceptó la conversión al catolicismo en el III Concilio de Toledo (589), y Recesvinto promulgó el Liber Iudiciorum, que unió el derecho romano y el germano en todo el reino. Los concilios de la Iglesia hispánica funcionaban como Cortes, con el rey, la nobleza y la Iglesia, y los obispos se convirtieron en autoridades con competencias sociales y fiscales que iban más allá de la fe. La cultura dependió estrechamente de la Iglesia, y su figura más destacada fue San Isidoro de Sevilla, autor de las Etimologías.
Debilidad política
La monarquía era electiva y no hereditaria, por lo que sufrió continuas rebeliones y guerras civiles entre clanes aristocráticos que querían la corona. Esto debilitó al reino y al ejército, y alejó a la población hispanorromana y a la minoría judía, perseguida por la Iglesia visigoda. Además, la nobleza limitaba el poder del rey a través de instituciones como el Aula Regia, asamblea consultiva, y el Officium Palatinum, formado por los nobles de mayor confianza del rey. Todo ello contribuyó al triunfo de la invasión árabe del 711.
Las Cortes medievales
Las Cortes fueron órganos de representación estamental de los reinos cristianos medievales, formados por la nobleza, el clero y, a veces, representantes del pueblo llano. En Castilla surgieron en el siglo XII como asambleas convocadas por voluntad del rey para aprobar subsidios, sin poder legislativo. En la Corona de Aragón, en cambio, sí tenían poder legislativo y cada reino (Aragón, Valencia y Cataluña) tenía las suyas; para garantizar el cumplimiento de lo acordado se crearon las Diputaciones del General. Ambas instituciones consolidaron el poder monárquico y equilibraron los intereses sociales según las necesidades de cada territorio.
La gestión política hasta el siglo XIII
Hasta el siglo XIII, las monarquías hispánicas tuvieron una gestión política bastante simple: el rey era la figura central, ayudado por la Curia Real, un grupo de magnates del clero y la nobleza que lo asesoraba. Las Cortes nacieron en 1188, cuando el rey de León convocó, junto a los magnates de la nobleza y la Iglesia, a representantes de las ciudades. Los poderes e ingresos del rey eran limitados y solo se ejercían en las tierras de realengo, administradas por el merino en Castilla y el veguer en Cataluña, Baleares y Valencia. Fuera de ellas, señores, abades y obispos ejercían funciones propias del rey, y los concejos de villas y ciudades de realengo gobernaban con gran autonomía según sus fueros, como señoríos colectivos sobre las aldeas de su alfoz.
Composición y funciones
Las Cortes las convocaba el rey y reproducían la estructura estamental de la sociedad: tres brazos (nobleza, clero y ciudades) que deliberaban por separado. En Aragón eran cuatro, porque la nobleza se dividía en alta (nobles ricos) y baja (caballeros e infanzones). Pese a las diferencias entre reinos, sus funciones eran básicamente dos: atender las consultas del rey en asuntos de especial importancia y votar los subsidios o impuestos extraordinarios, cada vez más frecuentes porque los ingresos ordinarios solían ser insuficientes para los gastos de la monarquía.
En conclusión, ni la composición ni las funciones de estas Cortes primitivas son comparables a las de los parlamentos constitucionales actuales, pues no representaban la voluntad general de la población, no tenían poder legislativo y carecían de instrumentos legales para controlar al monarca.
Al-Ándalus: la presencia musulmana en la Península
La presencia musulmana en la Península se debió a la crisis interna de la monarquía visigoda y a la expansión del Islam. Tras la muerte de Witiza, don Rodrigo ocupó el trono y estalló una guerra civil. Musa, gobernador de África, aprovechó estas disputas para iniciar la conquista, y la batalla de Guadalete (711), en la que fue derrotado Rodrigo, fue decisiva. Así desapareció el reino visigodo y surgió Al-Ándalus. Los territorios se ocuparon mediante dos sistemas: la rendición incondicional, en la que quienes resistieron perdieron todos sus derechos, y la rendición pactada, en la que se respetaban los derechos y las tierras a cambio del pago de tributos.
Emirato y califato de Córdoba (siglos VIII-X)
Entre los siglos VIII y X, Al-Ándalus vivió su etapa de primacía y esplendor. Primero fue un emirato dependiente (714-756), una provincia del califato de Damasco gobernada por un emir. En esta época las campañas militares continuaron, pero sufrieron derrotas como las de Covadonga (722) y Poitiers (732), además de la revuelta bereber (741). Después, tras la sublevación de grupos persas contra los Omeyas en Damasco (750), Abd al-Rahman I, superviviente de esta familia, llegó a la Península y se proclamó emir independiente en 756. Esta independencia fue solo política, pues en lo religioso se seguía reconociendo la autoridad del califa. Fue una etapa de consolidación del poder musulmán. Posteriormente, Abd al-Rahman III se proclamó califa en 929, con lo que Al-Ándalus alcanzó la independencia política y religiosa y se enfrentó a la amenaza de los fatimíes. El califato de Córdoba (929-1031) alcanzó su máximo esplendor cultural y artístico con su hijo Al-Hakam II. En lo militar destacó Almanzor (976-1002), cuyo gobierno fue una dictadura militar. Realizó razzias, ataques de saqueo y no de conquista, contra los reinos cristianos, como León (988), Santiago de Compostela (997) y Burgos (1000). Tras su muerte, el califato se desintegró.
Taifas, almorávides y almohades (siglos XI-XIII)
Entre los siglos XI y XIII se produjo la disolución política y la pérdida de territorios. En 1031, con la caída del último califa, Hisham III, Al-Ándalus se fragmentó en reinos de taifas, enfrentados entre sí. Ante la superioridad militar cristiana, tuvieron que pagar parias, aunque siguieron siendo territorios prósperos, con un importante desarrollo artístico e intelectual. Tras la conquista cristiana de Toledo, las taifas pidieron ayuda a los almorávides, musulmanes ultraortodoxos que habían creado un gran imperio en el norte de África. Estos llegaron en 1086 y unificaron Al-Ándalus, pero su poder se debilitó por el desprestigio militar, al no recuperar Toledo y perder Zaragoza, y por el descontento de la población ante su fanatismo religioso. Su caída provocó el regreso a las taifas. Más tarde llegaron los almohades (1146-1232), que unificaron de nuevo Al-Ándalus y establecieron su capital en Sevilla. Lograron victorias como la de Alarcos (1195), pero la derrota en Las Navas de Tolosa (1212) marcó su declive. Surgieron entonces las terceras taifas, conquistadas progresivamente por los cristianos, excepto Granada.
El reino nazarí de Granada (1237-1492)
Finalmente, entre los siglos XIII y XV, el reino nazarí de Granada (1237-1492) fue el último territorio musulmán de la Península. Lo fundó Muhammad I, que se rebeló contra los almohades y se proclamó sultán. Durante dos siglos sufrió disputas internas y la presión de Castilla, a la que pagaba parias y debía vasallaje. En 1492, los Reyes Católicos conquistaron Granada tras una guerra de diez años, y con ello terminó la conquista cristiana de la Península, iniciada en el 711, tras unos ocho siglos.
El descubrimiento de América
La caída de Constantinopla (1453) cortó las rutas comerciales con Oriente. Portugal buscó una alternativa bordeando África, y Colón propuso llegar por Occidente. Portugal lo rechazó en 1482 y los Reyes Católicos aceptaron tras conquistar Granada, porque arriesgaban poco y podían ganar mucho. El 17 de abril de 1492 firmaron las Capitulaciones de Santa Fe: financiaban el viaje y concedían a Colón los títulos de virrey, gobernador y almirante, además del 10 % de los beneficios.
Los viajes de Colón
Colón partió de Palos el 3 de agosto de 1492 con La Pinta, La Niña y la Santa María, y llegó a Guanahaní (Bahamas) el 12 de octubre. Después descubrió Cuba y Santo Domingo. En el segundo viaje (1493), con diecisiete barcos y unos 1500 hombres, se comprobó que eran tierras muy extensas y que Colón era un gran marino pero un mal gobernante. En 1500 fue apresado y devuelto a Castilla, y murió en Valladolid en 1506 sin saber que había descubierto un continente. Américo Vespucio reconoció la costa sur y de su nombre procede el de América.
El Tratado de Tordesillas
Portugal vio el viaje como una violación del Tratado de Alcáçovas. El Tratado de Tordesillas (1494) fijó una nueva división norte-sur y dio Brasil a Portugal.
La conquista y la colonización
A partir de 1519 se conquistó el continente. Hernán Cortés sometió el imperio azteca tras la caída de Tenochtitlán, y Francisco Pizarro inició en 1531 la conquista del imperio inca. Hacia 1540 la conquista puede darse por concluida. Después llegó la colonización: unos 150.000 emigrantes hacia 1550 se adueñaron de la tierra y obligaron a los indios a trabajarla mediante la encomienda.
Instituciones coloniales
Las instituciones coloniales copiaron las castellanas. En la Península estaban la Casa de Contratación (1503, Sevilla), que controlaba la actividad económica con América, y el Consejo de Indias (1524), tribunal y organismo consultivo con capacidad para proponer leyes y nombrar cargos. En América se crearon los virreinatos (Nueva España, Nueva Granada y Perú), las audiencias, las gobernaciones y las capitanías generales, que eran demarcaciones militares.
La repoblación medieval
A medida que avanzaba la conquista cristiana, los territorios se repoblaron con modelos distintos según la época y la zona.
La presura (siglos VIII-X) fue la ocupación espontánea de tierras despobladas al norte del Duero y en el piedemonte pirenaico, donde se llamó aprisio. Se basaba en el derecho romano: quien cultivaba una tierra vacía adquiría su propiedad. La llevaron a cabo campesinos libres, nobles y monasterios, y dio lugar a la pequeña y mediana propiedad.
La repoblación concejil o de iniciativa real (siglos XI-XII) afectó a la franja entre el Duero y los Montes de Toledo y a zonas del valle del Ebro. Los reyes concedían fueros o cartas pueblas, con privilegios para atraer población. El resultado fue una propiedad mediana libre y muchas tierras comunales.
En el siglo XIII, con el avance hacia el sur y el Levante, se aplicaron dos modelos. Por un lado, los repartimientos, que seguían a la conquista de una ciudad: los oficiales reales inventariaban los bienes y los repartían en lotes (donadíos) entre nobles, soldados y colonos según su rango y su contribución militar. Por otro, la entrega de tierras a las Órdenes Militares (Alcántara, Calatrava y Santiago) en zonas extensas y poco pobladas, como Extremadura, La Mancha y el Guadiana. Las órdenes las dividieron en encomiendas, dirigidas por un comendador, y las dedicaron sobre todo a la ganadería. Con estos repartos, la nobleza, la Iglesia y las órdenes acumularon grandes latifundios.
También hubo mudéjares, musulmanes que vivían en territorio cristiano como súbditos no cristianos: pagaban tributos (como la jizya), se regían por su derecho islámico y conservaban su lengua y su religión. Fueron menos numerosos en el norte y acabaron siendo expulsados en los siglos XV-XVI.
La consecuencia principal fue una división territorial. En el norte dominó el minifundio, y en el sur, el latifundio, más extenso cuanto más al sur, con campesinos que trabajaban como jornaleros. Este mal reparto provocó conflictos agrarios que se prolongaron durante siglos. En el siglo XIV solo subsistía en la Península el reino nazarí de Granada.
La unión dinástica de los Reyes Católicos
El mapa. Representa la Península a finales del siglo XV y comienzos del XVI: la Corona de Castilla, la Corona de Aragón, Portugal, Navarra y el reino nazarí de Granada, además de las Canarias, bajo dominio castellano. Señala tres hitos: la Unión Dinástica (1479), la conquista de Granada (1492), último territorio musulmán de la Península, y la incorporación de Navarra a Castilla (1512), dirigida militarmente por el duque de Alba por orden de Fernando el Católico.
El origen de la unión. Enrique IV de Castilla fue acusado de tiranía por una parte de la nobleza, que lo depuso en la Farsa de Ávila y rechazó los derechos de su hija Juana, «la Beltraneja». Isabel, su hermanastra, fue reconocida heredera en los Toros de Guisando (1468) y se casó en secreto con Fernando de Aragón en 1469. Al morir Enrique IV (1474), Isabel se proclamó reina, y Juana, casada con Alfonso V de Portugal, la disputó en una guerra civil. Esta terminó en 1479 con el Tratado de Alcáçovas-Toledo, por el que Portugal reconocía a Isabel y Castilla conservaba las Canarias. Ese mismo año Fernando fue coronado rey de Aragón.
Características de la unión. Fue una unión dinástica: las dos coronas se unían en las personas de los reyes, pero cada una conservaba sus fronteras, leyes, instituciones y moneda. En Castilla, el poder del rey era más fuerte, mientras que en Aragón el sistema era pactista. Castilla ejerció un papel hegemónico y nunca se planteó crear una monarquía unitaria y centralizada.
Instrumentos de construcción del Estado moderno
Los Reyes Católicos afianzaron una monarquía autoritaria.
- Instituciones: mantuvieron las Audiencias, las Chancillerías (se añadió la de Granada) y las Cortes, y crearon los Consejos, territoriales (Castilla, Aragón, Navarra) o temáticos (Inquisición, Órdenes Militares, Cruzada). Surgió así el régimen polisinodial, antecedente de los ministerios.
- Orden público: crearon la Santa Hermandad (1476), cuerpo policial para el mundo rural castellano.
- Control local: nombraron corregidores en las ciudades de realengo.
- Nobleza: apartaron a los grandes nobles de las instituciones y los sustituyeron por letrados universitarios. Fernando fue gran maestre de las Órdenes Militares, lo que limitó su poder político y permitió aprovechar sus rentas.
- Territorios: pusieron virreyes en los territorios incorporados.
- Ejército: los mayores ingresos fiscales permitieron crear un ejército permanente.
- Religión: introdujeron la Inquisición (1478) para perseguir a los falsos conversos y lograr la uniformidad religiosa. Fue casi la única institución común a ambas coronas.
