Consolidación del Estado Franquista y el Ascenso de Franco (1936-1939)

El Ascenso del Bando Sublevado y la Creación del Nuevo Estado

Los militares sublevados en 1936 pensaban tomar el poder rápidamente, pero el fracaso parcial del golpe de Estado les obligó a cambiar sus planes y prepararse para una guerra civil larga. Por ello, en los territorios que controlaban, organizaron un poder político y militar provisional. Como las fuerzas que apoyaban la sublevación —la derecha católica (CEDA), los monárquicos, los carlistas y la Falange— no tenían un proyecto común, el ejército se convirtió en el elemento central del nuevo Estado.

La Junta de Defensa Nacional y los Primeros Pasos

Desde el inicio, el general Emilio Mola, que dirigía la conspiración, impulsó la creación en Burgos de una Junta de Defensa Nacional. En ella participaron militares como Miguel Cabanellas y Gonzalo Queipo de Llano, mientras que José Sanjurjo, que debía liderar el movimiento, murió en un accidente de aviación en julio de 1936. Esta Junta declaró el estado de guerra, prohibió los partidos y sindicatos del Frente Popular, anuló la reforma agraria devolviendo las tierras a sus antiguos propietarios y restableció la bandera rojigualda como símbolo de España.

Represión y Control Social: La Estrategia del Terror

Al mismo tiempo, entre julio y septiembre de 1936, los sublevados aplicaron una represión muy dura, sistemática y planificada con el objetivo de eliminar cualquier oposición. En primer lugar, fueron ejecutados los militares y miembros de las fuerzas de seguridad que no apoyaron la rebelión. Después, la violencia se extendió a políticos, sindicalistas, intelectuales, funcionarios y especialmente maestros vinculados a la República. Miles de personas fueron encarceladas, torturadas y fusiladas sin juicio o mediante juicios militares rápidos.

A medida que avanzaban, se produjeron masacres en ciudades como Sevilla, Badajoz y Málaga, mientras que en la retaguardia la represión fue llevada a cabo tanto por autoridades militares como por milicias carlistas (requetés) y grupos falangistas. En este contexto, Mola también ideó la llamada “quinta columna”, es decir, una red clandestina de simpatizantes dentro de las ciudades republicanas, como Madrid, Barcelona o Valencia, que realizaban tareas de espionaje, sabotaje y propaganda para debilitar al enemigo desde dentro, lo que afectó seriamente a la moral y eficacia republicana.

El Ascenso de Francisco Franco al Poder Absoluto

Posteriormente, los sublevados buscaron establecer un mando único. En este proceso destacó el general Francisco Franco, ya que dirigía el Ejército de África, el mejor preparado, y contaba con el apoyo de Adolf Hitler y Benito Mussolini. Además, su prestigio aumentó tras el episodio del Alcázar de Toledo y gracias al respaldo de otros generales. La muerte de Sanjurjo y posteriormente de Mola en 1937 facilitaron aún más su ascenso.

Así, el 1 de octubre de 1936 fue nombrado “Generalísimo” y jefe del Gobierno del Estado, concentrando todo el poder militar y político. A partir de ese momento, disolvió la Junta de Defensa y creó una Junta Técnica del Estado como órgano consultivo, adoptó el título de “Caudillo” y comenzó a construir una dictadura personal, reconocida rápidamente por Alemania e Italia.

La Unificación Política y el Partido Único

Para consolidar su poder, Franco impulsó la unificación política mediante el Decreto de Unificación de 1937, que fusionó la Falange y el carlismo en un único partido: Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS). Este partido único adoptó una ideología de inspiración fascista, con símbolos como el saludo romano, la camisa azul, la boina roja y el emblema del yugo y las flechas, representando la nueva España autoritaria.

Institucionalización de la Dictadura y Leyes Fundamentales

En enero de 1938, Franco formó su primer gobierno y aprobó una ley que le otorgaba todos los poderes del Estado, es decir, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, consolidando así su dictadura. En este nuevo Estado participaron militares, falangistas, carlistas y monárquicos, todos ellos fieles al Caudillo. Desde entonces, se eliminaron todas las reformas de la República:

  • Se suprimieron los estatutos de autonomía.
  • Se impuso el castellano como única lengua oficial.
  • Se anularon leyes como el matrimonio civil o el divorcio.
  • La Iglesia recuperó sus privilegios y se convirtió en un pilar del régimen.

En el ámbito social, se implantó el Fuero del Trabajo de 1938, inspirado en el modelo fascista italiano, que establecía un sistema nacionalsindicalista basado en la propiedad privada, la prohibición de sindicatos libres y la organización de trabajadores y empresarios en sindicatos verticales controlados por el Estado. Además, el régimen buscó controlar ideológicamente a la población mediante la eliminación de libertades como la de expresión, reunión y asociación. La Ley de Prensa de 1938 estableció la censura previa y puso todos los medios de comunicación al servicio del Estado.

Reconocimiento Internacional y Relaciones Exteriores

En cuanto al reconocimiento internacional, el régimen de Franco fue apoyado desde 1936 por la Alemania nazi y la Italia fascista, y posteriormente por Portugal y el Vaticano en 1938. En 1939 también fue reconocido por Francia y Reino Unido, y finalmente por Estados Unidos, aunque el presidente Franklin D. Roosevelt era favorable a la República. Sin embargo, las relaciones no se normalizaron completamente hasta 1953. Por el contrario, México no reconoció el régimen hasta 1977 y acogió a muchos exiliados republicanos.

El Papel de la Iglesia Católica: La “Cruzada”

Finalmente, la Iglesia católica tuvo un papel fundamental en el apoyo al bando franquista. Aunque no participó directamente en el golpe, desde el principio respaldó la sublevación. La mayoría del clero y de los católicos aceptaron el carácter autoritario del régimen, en parte debido a la violencia sufrida durante la guerra. En 1936, el obispo de Salamanca justificó la rebelión como defensa frente al comunismo, y poco después algunos obispos calificaron la guerra como una “cruzada”. Este apoyo se consolidó definitivamente con la Carta colectiva del episcopado español de 1937, que tuvo gran impacto internacional y defendía que la Iglesia había sido víctima y que el levantamiento militar había evitado una revolución comunista.

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