La Restauración borbónica se inició tras el fracaso del Sexenio Democrático y el Golpe de Estado de Pavía, significando el regreso de la oligarquía al poder y la entronización de Alfonso XII. El artífice de este nuevo orden fue Antonio Cánovas del Castillo, quien en el Manifiesto de Sandhurst planteó un sistema basado en el liberalismo moderado y la estabilidad para evitar los continuos pronunciamientos militares del pasado. La pieza clave de este engranaje fue la Constitución de 1876, un texto deliberadamente ambiguo que permitía gobernar a distintas opciones políticas. En ella se establecía la soberanía compartida entre las Cortes y el Rey, se otorgaba a la Corona el derecho de veto absoluto sobre las leyes y se declaraba un Estado confesional, aunque permitiendo el culto privado de otras religiones./Para garantizar la estabilidad, Cánovas diseñó el sistema de turno de partidos, una alternancia pacífica entre el Partido Conservador, liderado por él mismo, y el Partido Liberal de Sagasta. Sin embargo, este relevo no era democrático, sino una farsa política que marginaba a las mayorías sociales. El mecanismo comenzaba cuando el Rey nombraba a un nuevo jefe de gobierno y este «fabricaba» los resultados electorales mediante el encasillado, que consistía en la asignación previa de escaños. Esta manipulación era posible gracias al caciquismo, especialmente en el ámbito rural, donde personajes ricos e influyentes, siguiendo órdenes de los gobernadores civiles, amañaban las elecciones mediante el pucherazo, que incluía desde la compra de votos y amenazas hasta el uso de trampas en el recuento./Durante este periodo, la política estuvo dominada por los conservadores, que suprimieron libertades del sexenio y restablecieron el sufragio censitario, y por los liberales de Sagasta, quienes tras la muerte de Alfonso XII y el Pacto del Pardo de 1885, introdujeron reformas como la libertad de imprenta, la abolición de la esclavitud y el sufragio universal masculino en 1890, aunque este último tuvo escaso impacto real debido a la persistencia del fraude electoral.
/Frente a este sistema cerrado surgíó una oposición variada que fue sistemáticamente excluida. Los carlistas quedaron relegados a una minoría de extrema derecha defensora del antiliberalismo en el norte peninsular. Los republicanos, con gran apoyo en las ciudades pero muy divididos internamente, defendían la democratización del régimen. Por su parte, el movimiento obrero se fracturó en dos corrientes: los anarquistas, que optaron por la acción sindical a través
La proclamación de la II República el 14 de Abril de 1931, tras las elecciones municipales que supusieron el fin del desprestigiado reinado de Alfonso XIII, dio paso a un periodo de profundas reformas en un contexto internacional marcado por la Gran Depresión. El Gobierno Provisional, presidido por Alcalá-Zamora e integrado por republicanos, socialistas y nacionalistas, aprobó medidas urgentes como la jornada de ocho horas, la construcción de escuelas y la protección de los jornaleros frente a los terratenientes. Sin embargo, pronto surgíó una fuerte oposición: por un lado, la CNT-FAI con huelgas radicales; por otro, la Iglesia y la oligarquía, que iniciaron una fuga de capitales. La tensión social crecíó tras la quema de conventos y la creación de la Guardia de Asalto para mantener el orden./La Constitución de 1931, de carácter democrático y laicista, establecíó la soberanía popular, el sufragio universal (incluyendo a las mujeres gracias a Clara Campoamor) y una amplia declaración de derechos. Destacó por la separación Iglesia-Estado, la posibilidad de Estatutos de Autonomía y el poder otorgado a un Congreso unicameral. Con la aprobación de la carta magna, Manuel Azaña asumíó la presidencia del Gobierno en el Bienio Reformista (1931-1933), iniciando un ambicios.Programa.Regeneracionista/Entre las reformas más relevantes figuraron la agraria, mediante la Ley de Bases para asentar jornaleros en latifundios expropiados (que fracasó por su lentitud), la militar para modernizar el ejército y reducir la «macrocefalia» de oficiales, y la educativa, con la creación de miles de colegios y las misiones pedagógicas. También se avanzó en la descentralización con el Estatuto de Cataluña y en mejoras laborales como el salario mínimo. Estas medidas irritaron a los sectores conservadores (judicatura, ejército y patronal), lo que desembocó en el fallido Golpe de Estado del general Sanjurjo en 1932 («Sanjurjada»)./El desgaste del gobierno de Azaña fue rápido debido a la pinza de la oposición. La derecha se reorganizó en la CEDA de Gil Robles para defender los intereses católicos y de los propietarios, mientras que la izquierda radical no dio tregua. El clima social se volvíó insostenible tras los trágicos sucesos de Casas Viejas, donde la represión contra campesinos anarquistas provocó la ruptura de la coalición gubernamental. Finalmente, Alcalá-Zamora disolvíó las Cortes y convocó nuevas elecciones para Noviembre de 1933, cerrando así la primera etapa de la República.
de la CNT o por la vía terrorista de la acción directa, y los socialistas, que fundaron el PSOE y la UGT con el objetivo de conquistar el poder por la vía electoral, aunque el caciquismo retrasó su llegada al Congreso hasta 1910./Paralelamente, el centralismo del Estado favorecíó la aparición de los regionalismos y nacionalismos periféricos. En Cataluña, el movimiento evoluciónó desde la reivindicación cultural de la Renaixença hasta la creación de la Lliga Regionalista, que buscaba autonomía y protección para su industria. En el País Vasco, Sabino Arana fundó el PNV, con un discurso inicial muy radical, católico y antiliberal que se fue moderando con el tiempo. Finalmente, una oposición intelectual y universitaria, ligada más tarde al Regeneracionismo, denunció el atraso de España y la corrupción del sistema, exigiendo una reforma agraria, el fin del analfabetismo y una modernización real que nunca llegó a materializarse debido al férreo control de la oligarquía y el fraude electoral.
