El Movimiento Obrero, la Crisis del 98 y la Constitución de 1876 en España

El nacimiento y evolución del movimiento obrero español

Durante el siglo XIX, el movimiento obrero español nació de la ruptura definitiva entre la burguesía y las clases trabajadoras. Aunque ambos grupos habían luchado unidos contra el Antiguo Régimen para instaurar el liberalismo, la victoria dejó insatisfechos a los sectores populares. Mientras la burguesía consolidaba su poder, los trabajadores —convertidos en un proletariado creciente por la industrialización— enfrentaban condiciones de vida brutales: jornadas de 14 horas, salarios de miseria y trabajo infantil desde los seis años, todo ello sin ninguna red de seguridad ante enfermedades o accidentes.

Las primeras reacciones obreras fueron espontáneas y violentas, destacando el ludismo o destrucción de máquinas, al considerarlas responsables de la pérdida de empleos. Un ejemplo emblemático fue el incendio de la fábrica Bonaplata en 1835. Paralelamente, surgieron las Sociedades de Socorros Mutuos, organizaciones solidarias donde los obreros creaban cajas comunes para ayudarse en momentos de necesidad. Sin embargo, la falta de respuesta de los gobiernos progresistas ante huelgas generales como la de 1855 en Cataluña empujó a los líderes obreros a abandonar el reformismo burgués y buscar soluciones más radicales en el democratismo y el republicanismo.

El punto de inflexión llegó con el Sexenio Democrático (1868-1874), un periodo de libertad que permitió la llegada a España de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). En este escenario, el obrerismo español se decantó mayoritariamente por las tesis anarquistas de Bakunin, frente al socialismo de Marx. Giuseppe Fanelli fue el encargado de organizar la sección española (FRE), que caló hondo en el sector textil catalán y entre el campesinado jornalero andaluz. A diferencia del marxismo, que buscaba la conquista del poder político, el anarquismo español de esta etapa defendía el apoliticismo y la destrucción directa del Estado y las clases sociales.

La consolidación del socialismo y la radicalización anarquista

Con la llegada de la Restauración borbónica en 1874, el movimiento fue relegado a la clandestinidad hasta 1881, cuando una mayor permisividad permitió la reorganización. El anarquismo, mayoritario pero dividido, fundó la FTRE. Mientras una parte mantenía la lucha sindical exigiendo la jornada de ocho horas, otra facción se radicalizó hacia la «propaganda por el hecho». Esta última vía derivó en el terrorismo de finales de siglo, con atentados en el Liceo de Barcelona o el asesinato de Cánovas del Castillo, lo que provocó una represión estatal feroz que terminó por desarticular estas organizaciones.

Por otro lado, el socialismo marxista comenzó a organizarse de forma más lenta pero disciplinada. En 1879, Pablo Iglesias fundó el PSOE, y en 1888 nació la UGT como su brazo sindical. A diferencia de los anarquistas, los socialistas no rechazaban la política, aunque tardarían décadas en lograr representación parlamentaria. Su fuerza se concentró en núcleos obreros cualificados de Madrid, Asturias y el País Vasco. Al final del siglo, el socialismo logró consolidarse definitivamente al canalizar el descontento popular contra el injusto sistema de «redención en metálico», que permitía a los ricos evitar el servicio militar en las guerras coloniales mientras los pobres morían en el frente.

La crisis del 98: repercusiones y regeneracionismo

En los años 90 resurge el independentismo cubano debido a la falta de autonomía política y económica de la isla. Este conflicto se complica con la intervención norteamericana en 1898, que termina con la Paz de París de ese mismo año, y que supone la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Las repercusiones de la guerra desembocarán en una crisis que el sistema de la Restauración no sabrá resolver:

  • Efectos económicos: Pérdida de mercados seguros para la industria (especialmente la textil catalana) y la producción agrícola; fuerte déficit de la hacienda pública; aumento de impuestos, inflación (28%) y descontento general ante el regreso al proteccionismo. A pesar de ello, tuvo un efecto positivo gracias a la repatriación de capitales.
  • Repercusiones políticas: El desastre militar y diplomático frente a EE. UU. desprestigia al sistema de la Restauración, aunque se mantiene gracias a la alianza entre conservadores y liberales. La muerte de Cánovas y Sagasta debilita a los grandes partidos, provocando gobiernos inestables.
  • Regeneracionismo: Surge un movimiento intelectual y crítico que aspira a moralizar la gestión pública y reformar el Estado. Su ideólogo, Joaquín Costa, propone reformas bajo el lema «despensa y escuela».

El regeneracionismo intelectual, representado por la Generación del 98 (Unamuno, Maeztu, Ganivet), expresa un profundo pesimismo existencial y una visión trágica de la «Castilla en escombros», instando a mirar hacia el futuro y cerrar las glorias del pasado.

La Constitución de 1876: marco político de la Restauración

La Constitución de 1876 fue la norma jurídica fundamental que estableció el marco político de la Restauración borbónica. Promulgada el 30 de junio de 1876, estuvo en vigor hasta 1931 (aunque suspendida en 1923 por el golpe de Primo de Rivera).

Características fundamentales:

  • Monarquía parlamentaria: El poder se compartía entre el Rey y las Cortes.
  • Soberanía compartida: La autoridad emanaba tanto del monarca como de la nación.
  • Bicameralismo: Congreso (electivo) y Senado (designado o vitalicio).
  • Flexibilidad: Permitía reformas según las necesidades políticas.
  • Centralización: Refuerzo del poder central frente a las regiones.
  • Confesionalidad: España se declaró católica, con tolerancia privada a otros cultos.

El proyecto, diseñado por Cánovas, fusionó el moderantismo isabelino con principios del sexenio revolucionario para dar estabilidad y acabar con el intervencionismo militar, otorgando a la monarquía el papel de árbitro del sistema político.

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