Evolución del Estado Liberal y la Restauración Borbónica en España

Objetivos de la Desamortización Eclesiástica de Mendizábal

La desamortización eclesiástica de Juan Álvarez Mendizábal fue el proceso más importante dentro de las desamortizaciones del siglo XIX en España. Se llevó a cabo a partir de 1835, durante el reinado de Isabel II, con los siguientes objetivos principales:

  • Obtener recursos económicos para financiar la Guerra Carlista.
  • Reducir la deuda pública del Estado.
  • Implantar una propiedad privada acorde con los principios del liberalismo.
  • Aumentar el número de propietarios afines al régimen isabelino.

El proceso consistió en la expropiación de bienes de la Iglesia, especialmente del clero regular, y su posterior venta en subasta pública. En 1835 se suprimieron numerosas órdenes religiosas y en 1836 se reguló la venta de sus propiedades. Posteriormente, el proceso se amplió al clero secular y a los conventos femeninos. Sin embargo, gran parte de las tierras fueron adquiridas por burgueses y nobles, y no por campesinos como se pretendía originalmente. Como consecuencia, se produjo un profundo conflicto con la Iglesia católica, que se resolvió parcialmente con la firma del Concordato de 1851.

Los Gobiernos de Cánovas del Castillo

La Restauración comenzó bajo el liderazgo de Antonio Cánovas del Castillo, en la denominada “dictadura canovista”, cuyo fin era consolidar el régimen y mantener el orden público. Durante este periodo:

  • Se limitaron libertades fundamentales como las de prensa, reunión y enseñanza.
  • Los alcaldes de las grandes ciudades pasaron a ser nombrados directamente por el Rey.
  • Se restauró el sufragio censitario mediante la Ley Electoral de 1878.

Cánovas logró poner fin a las guerras heredadas: la Tercera Guerra Carlista terminó en 1876 con la salida de Carlos VII y la abolición de los fueros vascos. Posteriormente, las tropas se enviaron a Cuba, donde el conflicto finalizó temporalmente en 1878 con la Paz de Zanjón, que otorgó amnistía, libertad a los esclavos combatientes y representación en el Congreso. Aunque la esclavitud se abolió totalmente en 1886, Cuba permaneció como colonia, lo que provocó nuevas rebeliones en 1880 y 1895.

La Dictadura de Serrano (1874)

Tras el golpe de Estado del general Manuel Pavía en enero de 1874, se instauró un gobierno presidido por Francisco Serrano, dando inicio a la llamada República Unitaria o Dictadura de Serrano. Aunque formalmente se mantenía la República, se suspendió la Constitución de 1869 y el poder se concentró en el ejecutivo.

El régimen se apoyó en los liberales moderados y combatió activamente a los federalistas, cantonalistas y al movimiento obrero. Logró acabar con focos de resistencia como el cantón de Cartagena y debilitó significativamente la guerra carlista. Paralelamente, crecía el apoyo a la restauración monárquica impulsada por Cánovas del Castillo. En diciembre de 1874, el pronunciamiento de Arsenio Martínez Campos en Sagunto proclamó rey a Alfonso XII, poniendo fin a la República. Serrano dimitió y se exilió, iniciándose la Restauración borbónica en 1875.

La Revolución de 1868: «La Gloriosa»

A finales del reinado de Isabel II, el poder estaba monopolizado por los moderados, excluyendo a progresistas y demócratas. Esto propició el Pacto de Ostende para derrocar a la reina. En 1868, tras sumarse la Unión Liberal, estalló la revolución dirigida por Francisco Serrano y Juan Bautista Topete, iniciada en Cádiz con el lema “¡Viva España con honra!”.

El 28 de septiembre, las tropas rebeldes vencieron en la batalla de Alcolea y la reina se exilió en París. Surgieron Juntas Revolucionarias que reclamaban reformas como el sufragio universal masculino y mejoras sociales. Tras la caída de la monarquía se formó una Junta Superior Revolucionaria. Aunque La Gloriosa supuso un cambio político radical, el nuevo régimen favoreció principalmente los intereses de la burguesía, dejando al margen a los sectores populares.

El Desastre del 98 y el Regeneracionismo

A finales del siglo XIX, aumentó la oposición a la presencia española en Cuba y Filipinas debido a la falta de autonomía y a medidas económicas restrictivas como el arancel de 1891. En 1895, José Martí inició la guerra de independencia en Cuba. En 1898, Estados Unidos intervino tras el hundimiento del acorazado USS Maine.

Simultáneamente, en Filipinas, Emilio Aguinaldo proclamó la independencia tras la ejecución de José Rizal. España fue derrotada y, mediante el Tratado de París de 1898, cedió Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam a Estados Unidos. Esta derrota provocó una profunda crisis nacional y el surgimiento del Regeneracionismo, liderado por Joaquín Costa, quien exigía reformas estructurales bajo el lema «despensa y escuela». El desastre también influyó en la Generación del 98 y evidenció el atraso político del país, aunque el sistema de la Restauración mantuvo el turnismo y retrasó la modernización real de España.

Bases del Sistema de la Restauración y Constitución de 1876

El sistema de la Restauración fue diseñado por Antonio Cánovas del Castillo para garantizar la estabilidad política mediante una monarquía moderada. Sus pilares fueron:

  • El Turno Pacífico: Alternancia en el poder entre el Partido Conservador (Cánovas) y el Partido Liberal (Sagasta).
  • El Caciquismo: Manipulación electoral mediante el fraude, la presión local y la compra de votos para asegurar la victoria del partido de turno.
  • Exclusión política: Se dejó fuera del sistema a republicanos, carlistas y movimientos obreros.

La Constitución de 1876

consolidó este modelo político. Era un texto flexible y breve que permitía adaptarse a conservadores y liberales, dejando aspectos como el sufragio o la religión en manos del gobierno de turno. Establecía una soberanía compartida entre el rey y las Cortes, otorgando a la Corona un papel clave como árbitro del sistema. El rey tenía el poder ejecutivo, nombraba y destituía gobiernos, y podía disolver las Cortes. Estas ejercían el poder legislativo y eran bicamerales: el Congreso (elegido) y el Senado (formado por miembros designados y vitalicios). Además, se declaraba la religión católica como oficial del Estado, aunque se permitía la práctica privada de otros cultos, reflejando un equilibrio entre tradición y liberalismo.

LA CONSTITUCIÓN DE 1845

La Constitución de 1845 fue la base del sistema político de la Década Moderada. Se trataba de una constitución de carácter conservador que reforzaba el poder de la Corona, estableciendo la soberanía compartida entre el rey y las Cortes, aunque con predominio real. El monarca tenía amplias competencias: nombraba al gobierno, podía disolver las Cortes y controlaba el poder ejecutivo. Las Cortes eran bicamerales, con un Senado formado por miembros designados por el rey y un Congreso elegido mediante sufragio censitario muy restringido, lo que limitaba la participación política a las clases altas. Además, declaraba el catolicismo como religión oficial del Estado y restringía derechos y libertades como la prensa o la reunión. Su objetivo principal era garantizar el orden y la estabilidad política, pero excluía a gran parte de la población y generó oposición progresista.

EL BIEN PROGRESISTA 1854-1856

El Bienio Progresista comenzó con Espartero como presidente y O’Donnell como ministro de la Guerra. El gobierno progresista impulsó reformas económicas para industrializar el país, como la desamortización de Madoz, la Ley de Ferrocarriles y mejoras en transportes, banca y minería, pero su Constitución de 1856 no se aprobó. La crisis económica provocó huelgas, revueltas y divisiones políticas entre progresistas moderados y radicales, lo que llevó a la caída del gobierno y a la llegada de O’Donnell al poder tras la dimisión de Espartero.

TRATADO DE FONTAINE BLAU A LA ABDICACIONES DE BAYONA 

El Tratado de Fontainebleau (1807) permitió la entrada de tropas francesas en España con el pretexto de invadir Portugal, lo que aumentó el descontento contra Godoy. Esta situación provocó el Motín de Aranjuez (1808), donde Carlos IV fue obligado a abdicar en su hijo Fernando VII. Napoleón aprovechó la crisis de la monarquía española y convocó a Carlos IV y Fernando VII a las Abdicaciones de Bayona (1808), donde ambos renunciaron al trono bajo presión. Tras ello, Napoleón impuso como rey a José Bonaparte, iniciando la ocupación francesa y el conflicto político que daría paso a la Guerra de la Independencia.

DIVISIÓN DE LOS LIBERALES EN EL TRIENIO LIBERAL

Durante el Trienio Liberal (1820-1823), el liberalismo se dividió en dos grandes corrientes. Por un lado estaban los liberales moderados, que defendían una aplicación limitada de la Constitución de 1812, aceptando que el rey mantuviera un papel importante y proponiendo incluso reformas como un Senado aristocrático y el sufragio censitario. Por otro lado se encontraban los liberales exaltados o progresistas, que querían aplicar de forma íntegra la Constitución de 1812, ampliar las libertades políticas y reducir al máximo el poder del monarca. Algunos incluso simpatizaban con la idea de la república y el sistema de juntas. Esta división debilitó al liberalismo y dificultó la estabilidad del gobierno.


GUERRA DE LA INDEPENDENCIA 

El Levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra la ocupación francesa, reprimido por Joaquín Murat, inició la Guerra de la Independencia tras la salida de la familia real hacia Bayona. La resistencia se organizó mediante juntas locales y provinciales, destacando la de Móstoles, ante el vacío de poder provocado por la ausencia de Fernando VII. Se formaron dos bandos: afrancesados, que apoyaban a José Bonaparte, y patriotas, divididos entre absolutistas y liberales. La guerra combinó ejército regular y guerrillas populares. Tras la victoria inicial en la Batalla de Bailén, los franceses recuperaron el control hasta la intervención británica del duque de Arthur Wellesley. Finalmente, tras el Tratado de Valençay, Napoleón devolvió el trono a Fernando VII y terminó la guerra. Además, este conflicto provocó una grave destrucción del territorio español y un fuerte descenso de la producción económica. También supuso el inicio del pensamiento liberal moderno en España, que se reflejaría en futuras reformas políticas.


CORTES DE CÁDIZ 

El Tratado de Fontainebleau (1807) permitió la entrada de tropas francesas en España con el objetivo de invadir Portugal, lo que generó un fuerte rechazo hacia Godoy y provocó el Motín de Aranjuez (1808), donde Carlos IV abdicó en Fernando VII. Napoleón aprovechó la crisis y, tras las abdicaciones de Bayona, impuso a José Bonaparte como rey. La salida de la familia real desencadenó el Levantamiento del 2 de mayo de 1808, reprimido por Joaquín Murat, extendiéndose la guerra por toda España.

Ante la ocupación, se crearon juntas locales y provinciales que organizaron la resistencia, destacando la de Móstoles, y posteriormente la Junta Central y el Consejo de Regencia. En Cádiz, última ciudad no ocupada, se reunieron las Cortes con representantes de la nación y de América, predominando los liberales frente a absolutistas e ilustrados moderados. Allí se proclamó la soberanía nacional en 1810 y se elaboró la Constitución de 1812, que establecía derechos individuales, división de poderes, monarquía constitucional y fin del Antiguo Régimen.

Tras el regreso de Fernando VII en 1814, abolió la Constitución y restauró el absolutismo, persiguiendo a los liberales. Aun así, el texto gaditano se convirtió en un símbolo del liberalismo español y volvió a aplicarse en periodos posteriores del siglo XIX.

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