Fundamentos de la Revolución Francesa: Arqueología Política y Poder

1. Introducción: Las piedras de la Revolución Francesa

Tras excavar la ciudadela de la III República Francesa, la arqueología política del autor se adentra en el estrato más profundo: las piedras impresionantes de la Revolución Francesa. Este capítulo identifica los objetos y estructuras que sobresalen bajo el polvo de ese estrato fundacional, los elementos que van a configurar el mito democrático contemporáneo.

El capítulo parte de tres grandes factores visibles desde la primera aproximación:

  • La Ilustración: El concepto es vivido desde sus orígenes como expresión de una nueva forma de ver el mundo: una luz que permite salir de las tinieblas de un largo pasado de ignorancia y superstición. Sin embargo, el autor advierte que, al adentrarse en este estrato, junto a las luces se acumulan también sombras, y que el discurso ilustrado mantiene muchas de las formas del viejo discurso religioso.
  • La Revolución Industrial: Más desarrollada en Inglaterra que en Francia, la historiografía marxista ha cometido el error de equipararla en contenido con la Revolución política francesa. En realidad, la revolución industrial no tendrá eficacia social y política plena hasta bien entrado el siglo XIX. Sin embargo, ya a finales del XVIII el industrialismo empieza a redistribuir la riqueza y a generar un incipiente proletariado: nuevos pobres que, a diferencia de las viejas clases miserables, alcanzarán un alto grado de conciencia social.
  • El Liberalismo: Muy imbricado con las dos realidades anteriores, el liberalismo es la expresión política del pensamiento ilustrado. Pero el autor señala su profunda ambigüedad: el liberalismo termina siendo la expresión filosófica del poder burgués y no una voluntad social transformadora. Frente a la eficacia política, el liberalismo aporta ya una voluntad social de ilusión sin ser capaz de disolver la estructura eclesiástica y las nuevas ideologías.

2. Los tres grandes objetos del estrato revolucionario

El autor identifica tres estructuras de poder decisivas que afloran del Antiguo Régimen y condicionan la Revolución:

A) El Absolutismo

El absolutismo se define por la dependencia de la voluntad de todos de un solo rey. Pero en la práctica es un sistema extremadamente complejo: cortes, parlamentos, gremios, nobles, cámaras de corporaciones y la Iglesia. El poder del rey de Francia —como explican las Lettres de Cachet— es en la práctica casi nulo sin el concurso de esos poderes intermedios. El absolutismo como modelo de gobierno puro es, en el fondo, un fantasma: una idea que funciona en el imaginario político pero que se diluye pronto al chocar con la realidad. Sin embargo, resulta fundamental para comprender los acontecimientos revolucionarios porque es precisamente contra ese absolutismo, o mejor dicho, contra su símbolo, contra lo que va a construirse la gran narrativa. La imagen del monarca desaparece prácticamente en el siglo XIX, aunque sus formas medievales —vinculadas a la Supra-Jet sostenida por la monarquía británica— se mantienen hasta 1914-1945 en formas de poder nobiliar.

B) La Masonería y el Liberalismo Ilustrado

La masonería se consolida como uno de los instrumentos por los que se articula la potencia filosófica frente al ataque a la estructura eclesiástica. Es una institución anecdótica, pero que se presenta como un verdadero poder que convive con los poderes caducos del Antiguo Régimen. Su racionalidad no funciona como oposición, sino como disciplina masónica que canaliza instrumentos incorporados a las mismas entrañas del poder. En el caso de Francia, la cabeza de la oposición masónica es el mismísimo duque de Orléans, y no dejará de jugar fuertemente contra su primo, el rey Luis XVI, hasta su misma muerte. La masonería es así una oposición profundamente ambigua: social, es una oposición social que en muchos casos no es más que una oposición de clase nobiliaria, estructural y no ideológica.

C) El Jansenismo y la Iglesia Interna

El jansenismo —que sacude el catolicismo del siglo XVIII— es en parte expresión de un radicalismo cristiano, pero también un factor que contribuye, junto a la laicización, a la crisis de la Iglesia jerárquica. Ante una institución que no es solo aparato, sino también cultura y alma de la época, este antijesuitismo camina en la búsqueda de una independencia respecto a los males de la Iglesia. El jansenismo también se percibe en ese final de siglo en el nacimiento de un rizo de catolicismo de masas, definitivamente moderno: la revuelta queda liderada por grupos laicos, muchos de ellos en confrontación abierta con la jerarquía eclesiástica, es decir, de una forma u otra están ante la presencia directa del pueblo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *