Ritmo y grado de romanización de los diferentes territorios peninsulares
La conquista romana de la península Ibérica se llevó a cabo en diferentes momentos, por lo que la romanización fue de diferente intensidad según las zonas. A raíz de la II Guerra Púnica, en la que se enfrentaron cartagineses y romanos, se inicia la primera etapa (218 a.C. – 197 a.C.) de la conquista romana, en la que se incorpora el sur y el este peninsular.
En la segunda etapa (155 a.C. – 133 a.C.) se conquistó el centro y el oeste peninsular, en la que tuvieron lugar hechos como el del asedio de Numancia (Soria). Por último, en la tercera etapa (29 a.C. – 19 a.C.), se conquistó el norte peninsular donde Augusto, primer emperador romano, conquistó y dominó a galaicos, astures, cántabros y vascones, en las conocidas como guerras cántabras.
Un proceso discontinuo y desigual
Al igual que la conquista, la romanización fue un proceso discontinuo con resultados desiguales:
- En el área levantina (costas mediterráneas) y sur (valle del Guadalquivir), más urbanizada y con formas de organización similares a la romana, la asimilación a la civilización latina fue más fácil.
- En el centro y oeste, la romanización fue más complicada cuanto menor era el desarrollo previo de sus poblaciones.
- Por último, en el norte, la zona más atrasada y última en ser conquistada, la vida urbana era inexistente y no fue posible una romanización efectiva.
Características de la monarquía visigoda y el poder de la Iglesia y la nobleza
Como consecuencia de las invasiones bárbaras y la caída del Imperio Romano en el siglo V, los visigodos se asientan, a comienzos del siglo VI, en la península Ibérica, naciendo así el reino visigodo de Toledo (507-711). Durante este periodo, Leovigildo (512-586) consiguió la unificación territorial de la península, y su hijo Recaredo (586-601), la unificación religiosa (paso del arrianismo al catolicismo).
Instituciones de gobierno
Durante este período, la monarquía visigoda era electiva: el rey era elegido por la nobleza, que le asesoraba a través del Aula Regia, formada por altos militares y administradores. Más tarde se unirían los obispos, que legislaban en el ámbito civil y religioso a través de los Concilios de Toledo. La administración provincial era similar a la romana, a cargo de duques (duces o jefes militares) y condes (comes o compañeros del monarca).
El ascenso de los estamentos privilegiados
La Iglesia y la nobleza obtuvieron tanto poder debido a que:
- Acaparaban los puestos políticos y legislaban en los concilios.
- Detentaban el poder en la corte y en los núcleos urbanos.
- Poseían la mayor parte de la riqueza y eran propietarios de grandes latifundios.
- La Iglesia controlaba la cultura mediante escuelas episcopales y monásticas en las que se formaba la jerarquía eclesiástica.
Concepto de romanización y medios empleados para su difusión
La romanización es el proceso de aculturación que experimentaron las regiones conquistadas por Roma, incluida la península Ibérica, por el que dichos territorios incorporaron los modos de organización política y social, las costumbres y las formas culturales emanadas de Roma o adoptadas por ella.
Instrumentos de asimilación cultural
Para inculcar las características romanas a los diferentes pueblos de la Península Ibérica fue imprescindible:
- El uso del latín como elemento de cohesión lingüística.
- La creación de ciudades coloniales según el modelo romano (con un foro y dos calles principales, cardo y decumano).
- El establecimiento de una potente red de comunicaciones (vías).
- La implantación del derecho romano (la concepción del Estado y las leyes).
La concesión de estatutos jurídicos romanos fue fundamental: Vespasiano, en el año 74 d.C., extendió el Estatuto Latino a todas las ciudades de Hispania, reconociendo el derecho privado a sus ciudadanos. En el año 212 d.C., el emperador Caracalla concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio.
Organización territorial y religión
Hispania se dividió inicialmente (siglo II a.C.) en dos provincias (Ulterior y Citerior), hasta llegar finalmente a cinco (Lusitania, Bética, Gallaecia, Tarraconense y Cartaginense) a finales del siglo III d.C. En cuanto a la religión, se mantuvo el politeísmo inicial introduciendo los dioses del panteón romano (Júpiter, Saturno…) y el culto al emperador.
Desde el siglo I, el cristianismo se difundió por el Imperio, incluida Hispania. Esta religión pasó de estar perseguida hasta el Edicto de Milán (313 d.C.), que permitía la libertad religiosa, a convertirse en la religión oficial del Imperio tras el Edicto de Tesalónica (380 d.C.).
