Autor del manifiesto la mano negra

 Cánovas del Castillo, diseñó el sistema político que existíó en España durante el período de la Restauración, que se inició con la subida al trono de Alfonso XII en 1874 y finalizó con la dictadura del general Miguel Primo de Rivera en 1923. Cánpovas implantó en España tres elementos típicos del sistema británico para configurar un régimen político estable: la Monarquía, el Parlamento y la alternancia pacífica en el poder de dos partidos políticos. Sus objetivos estaban orientados a apartar al ejército del poder político evitando los pronunciamientos militares que desestabilizaban el sistema y aplicar en España la doctrina de la balanza de poderes entre la Corona y el Parlamento elaborando un texto constitucional que regulase todo el sistema.
La Constitución de 1876 fue pilar básico del sistema de la Restauración. Los puntos más controvertidos de ésta son el derecho sufragio que quedó sin cerrar y la cuestión religiosa en la que se reconocía el catolicismo como religión oficial del Estado, asignando a la Iglesia el control de la educación, aunque se permitíó en el ámbito privado practicar otras religiones. Recogíó la división de poderes, el rey ejercía el poder ejecutivo a través del gobierno y compartía el legislativo (soberanía compartida Cortes-Corona). Las Cortes eran bicamerales y estaban formadas por Senado y Congreso de los Diputados. En resumen, la Constitución era lo suficientemente flexible para que permitiese gobernar a los partidos turnistas como freno frente a los radicalismos republicanos y los carlistas.
Dichos partidos turnistas eran el Partido Conservador, dirigido por el propio Antonio Cánovas del Castillo; y el Partido Liberal, liderado por Práxedes Mateo Sagasta y coincidían ideológicamente en lo fundamental: defendían la monarquía, la Constitución de 1876, la propiedad privada y la consolidación del Estado liberal, unitario y centralista.
Para el ejercicio del gobierno se contemplaba el turno pacífico (turnismo). Cuando el partido en el gobierno sufría un proceso de desgaste político y perdía la confianza de las Cortes, el monarca llamaba al jefe del partido de la oposición a formar gobierno y la convocatoria de elecciones, con el objetivo de construirse una mayoría parlamentaria suficiente para ejercer el poder de manera estable.
La alternancia en el gobierno se llevó a cabo a través del fraude electoral, un sistema electoral corrupto y manipulador en el que tenían especial importancia en la sociedad rural los caciques, intermediarios que conectaban el ámbito rural o local con el Estado e intercambian votos por favores (caciquismo). El control del proceso electoral se ejercía a partir de varias instituciones: el ministro de la Gobernación, los alcaldes y los mencionados caciques. El ministro elaboraba las listas de los candidatos que debían salir elegidos en las distintas provincias (encasillado). Los gobernadores civiles transmitían dichas listas a los alcaldes y caciques, y todo el aparato administrativo se ponía a su servicio para garantizar su elección a través del llamado pucherazo electoral: falsificación del censo, manipulación de las actas electorales, compra de votos, etc. La corrupción y el fraude generalizados restaban credibilidad al régimen, lo que favorecía la alta abstención en las elecciones.


Las dos corrientes ideológicas más destacadas en España entre el movimiento obrero y campesino fueron el anarquismo y el socialismo. El anarquismo llegó a España durante el Sexenio Democrático (1868-1874) y fue introducido por el italiano Giuseppe Fanelli, pero no inició su verdadero auge hasta 1881, cuando el Gobierno liberal aprobó la Ley de Asociaciones. Esta norma permitíó que los anarquistas salieran de la clandestinidad y consolidaran su presencia, fundamentalmente en Andalucía y Cataluña. El anarquismo usaba como instrumentos la acción terrorista o la producción cultural a través de la literatura o el periodismo. No obstante, en todos los casos se caracterizó por mostrar un claro componente revolucionario, colectivista, apolítico y contrario a cualquier autoridad impuesta (“No al Estado, no al ejército, no a la Iglesia”) a los que se le añadieron otros aspectos que hicieron establecer un vínculo con el republicanismo: populismo, anticlericalismo, Racionalismo y defensa de la idea de progreso. En 1881, nacíó la Federación de Trabajadores de la Regíón Española, que durante algunos años crecíó en afiliaciones e implantación mediante una política moderada pero la identificación establecida por el Gobierno entre el anarquismo y los violentos sucesos protagonizados en el campo andaluz por una presunta organización anarquista secreta y violenta (La Mano Negra), hizo que su peso fuera disminuyendo poco a poco y hasta acabar desapareciendo. La acción directa (huelgas y terrorismo) llevó al Gobierno a ejercer una dura represión que derrumbó el movimiento y no fue hasta 1911 cuando se fundó la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que el anarquismo evoluciónó hacia una corriente anarcosindicalista que obtuvo una gran fuerza entre los obreros agrícolas andaluces y los obreros industriales catalanes. El movimiento socialista fue más minoritario que el anarquista y su implantación se desarrolló especialmente en Madrid, el País Vasco y Asturias. En 1879, Pablo Iglesias fundó en Madrid el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), como partido de clase que defendía los derechos del proletariado. Los socialistas impulsaron la creación de un sindicato socialista, la Uníón General de Trabajadores (UGT), que respondía al modelo de sindicato de masas. Las duras condiciones de vida y de trabajo de la mayoría de la clases obreras hizo conveniente racionalizar y regular la moderna sociedad industrial. Entre los instrumentos de expresión de la corriente socialista podemos encontrar, además del sindicato UGT, el semanario El Socialista, que rápidamente se convirtió en periódico así como las Casas del Pueblo, que eran centros para la difusión de los ideales del socialismo y la Mutualidad Obrera de Madrid, primera cooperativa de carácter médico-farmacéutico, novedosa en la época porque proporcionaba asistencia sanitaria a los afiliados. Finalmente, la evolución del socialismo fue mucho más compleja que la del anarquismo. En sus comienzos no consiguió reunir a un gran número de trabajadores, y no sería hasta principios del Siglo XX cuando experimentaría un aumento en su afiliación y representatividad, tras el final de la Primera Guerra Mundial. Como antecedente cabe citar el escaño logrado en 1910 por Pablo Iglesias para el Congreso de los Diputados.

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